Viernes, 16 de abril de 2010

Jueves Santo, Ciclo C

Ex 12,1-8.11-14; Sal 115,12-18; 1 Co 11,23-26; Jn 13,1-15.

 

 

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.

Estaban cenando (ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara) y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido…

… ¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis «El Maestro» y «El Señor», y decís bien porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis (Jn 13,1-15).

   “Un mandamiento nuevo os doy que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. En esto, reconocerán que sois mis discípulos” (Jn 13,34-35). 

JUEVES SANTO

            Hasta finales del siglo IV, el jueves de la Semana Santa no tenía celebración alguna, no era día litúrgico. En la Jerusalén del siglo V, se celebraba ya una misa, no en el Cenáculo, que sería de esperar, sino junto a la piedra del Calvario, en que Jesús expiró. Más tarde, la celebración de este día aparece vinculada a la institución de la eucaristía y del sacerdocio, aunque los antiguos textos utilizados apenas hacen referencia a tal asunto. Se comprueba una cierta incertidumbre en el enfoque de la celebración del Jueves Santo.

                El sentido de la celebración de hoy se enfoca a la donación que Jesús hace de su cuerpo y de su sangre. Realmente, Jesús, el Jueves Santo, víspera de su Pasión, viene a adelantar a nivel de símbolos rituales, la cena, lo que había de ocurrir al día siguiente. El pan partido y distribuido y el cáliz compartido por los discípulos son los símbolos sacramentales del sacrificio de Jesús, al entregar su vida en la Cruz, para salvar y dar vida abundante al mundo, por inmenso amor a los hombres, hasta el extremo. De modo que la cena del Jueves sólo tiene sentido en la medida en que conmemora y anticipa, en el misterio sacramental, su entrega incondicional, cruenta y dramática del Viernes. De ahí, que la liturgia vespertina del Jueves se presenta estrechamente vinculada a la liturgia del Viernes Santo. Este es, por tanto, el alcance que los nuevos textos litúrgicos expresan en la liturgia de este día.

 

LA PRIMERA LECTURA tomada del libro del Éxodo (12,1-8.11-14) relata la fiesta de la Pascua.

Los judíos de todas las épocas han celebrado la festividad de la Pascua del Señor", el día 14 del mes de Nisán. La Mishná ha recogido este texto por el que se aprecia el espíritu con el que los judíos de la época posterior a la Biblia celebraban la Pascua. En la época del N.T. esta fiesta era la más importante del mundo judío, pero tanto la etimología de la palabra "Pascua" como sus orígenes nos son desconocidos; es una palabra hebrea que la Vulgata traduce por "tránsito" o "paso" del Señor.

Este relato del Éxodo recoge elementos muy antiguos sobre ritual del sacrificio y comida de la víctima pascual, en la que ofrecían a Dios los primeras crías del rebaño; el rito pascual consistía en la inmolación de un cordero, cuya sangre era considerada como una salvaguarda contra epidemias y enfermedades. Con el tiempo se unió a esta fiesta la que celebraban los agricultores para ofrecer las primicias de la cosecha, los primeros panes de cebada, es la fiesta de los "Ácimos" o panes sin levadura; el banquete tiene lugar al anochecer y todo su ceremonial recuerda las comidas-sacrificios de los nómadas tras su jornada de trabajo. Por eso, el origen de la Pascua parece ser una fiesta de pastores en la que se celebraba la fuerza de la naturaleza que irrumpe en primavera con la nueva vegetación; pero Israel, al adoptarla, le da un nuevo sentido: es el memorial del acontecimiento histórico de la liberación de Egipto. La Pascua evoca el "paso" de Dios que es condena para los egipcios y salvación para los israelitas. El pueblo debe conmemorar todos los años estas gestas de Dios en su historia.

Nuestra celebración litúrgica de la Pascua está en la Pasión y Resurrección de Jesucristo; debemos venerar y recoger su sangre y estar prontos para nuestro éxodo y luego resucitar con Él. También nosotros, que reconocemos en Cristo al verdadero Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, somos liberados de toda esclavitud, del pecado y de la misma muerte, por la sangre de Cristo. Él es nuestra Pascua. Y el bautismo, por el que participamos de la sangre de Cristo, debe ser para nosotros el principio de la salida, del "éxodo", hacia la libertad de los hijos de Dios y hacia la tierra prometida en la que habite la justicia.

 

 

El SALMO RESPONSORIAL (115,12-18): El cáliz que bendecimos es la comunión de la sangre de Cristo. ¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? …. Te ofreceré un sacrificio de alabanza, invocando tu nombre, Señor.

 

La SEGUNDA LECTURA de la primera carta de San Pablo a los Corintios (1 Co 11,23-26) es la versión paulina de la Institución de la Eucaristía, que coincide con la versión de Lucas y se diferencia más de la de Mateo y Marcos, aunque, naturalmente, las cuatro contienen los elementos básicos de la Institución.

La unión entre los que comen el mismo pan y beben de la misma copa es la razón de hablar aquí de la Eucaristía. La unión con Cristo es también unión con los demás, que forman un solo cuerpo con él. El término eucaristía significa acción de gracias, indicando tanto el sentimiento interno de gratitud, como su expresión externa. Literalmente: buen comportamiento del agraciado. El término enlaza con la acción de gracias de Jesús, en la última cena; el concepto mismo exige, en nosotros, ese sentimiento de gratitud, conscientes de que Dios nos quiere.

         Por eso quiso instituir en la cena la Eucaristía y el Sacerdocio: “Haced esto en conmemoración mía”. Jesucristo está realmente presente en la Eucaristía: porque quiso estar con nosotros hasta el fin de los siglos, porque, voluntaria e incondicionalmente, se entregó para salvar al hombre pecador del abismo descomunal abierto entre Dios y la humanidad. Jesucristo invita y sigue invitando a acercarse a este sacramento, a sentarse con Él a la mesa, a comer su cuerpo y beber su sangre, a ser hombres de comunión y de fraternidad entre nuestros hermanos; su comida es fuente de la que brotan ríos de gracia, agua viva que salta hasta la vida eterna. La Eucaristía aparece en esta formulación como memorial de la nueva alianza, símbolo y presencia de Jesús; no es sólo un recuerdo, sino una presencia. Es difícil explicar la manera de esta presencia, pero el que comulga se une con Jesucristo de modo especial.

Es también importante la relación de la Cena con la Muerte y la Resurrección, unida con ella en la teología paulina, el Cuerpo y la Sangre del Señor son Él mismo, pero con una especial relación con su Muerte y todo lo que ella implica de amor a los hombres, entrega y unión con el destino humano, elevación de este destino con la Resurrección. La Eucaristía lanza hacia la transformación del mundo y de la historia, hacia la Parusía. No es sólo el recuerdo de un pasado, sino el refuerzo y viático para el futuro.

 

La lectura del santo Evangelio según San Juan (13,1-15) refiere el lavatorio de los pies practicado por Jesús después de cenar, como indica el versículo, "se levantó de la mesa".

En el Medio Oriente era costumbre lavar los pies antes de comer. Este acto del Señor es una lección de humildad; ante la discusión de los apóstoles sobre quién sería el mayor en el reino (Lc 22,24), Jesús les enseña la dignidad del servicio y del ministerio, “yo estoy en medio de vosotros como el que sirve". Según los textos fariseos el maestro tenía derecho a disponer del discípulo para todos los servicios propios de un esclavo, excepto "pedir ser descalzado". De ahí, que no resulte extraña la reacción de Pedro: "¿Lavarme tú a mí los pies?". Jesús, al lavar los pies de sus discípulos, invierte los moldes clásicos de la relación maestro-discípulo y ejecuta una acción de humildad sin precedentes para la mentalidad de entonces.

El "ceñirse" una toalla es un gesto simbólico de Jesús; en la antigüedad, el cinturón de lucha era un símbolo honorífico, simbolizaba el heroísmo, el arrojo, la dignidad del vencedor; "ceñirse" en el lavatorio de los pies tiene ya un sentido espiritual; el ceñirse para la lucha material se ha transformado en ceñirse para la lucha espiritual; tiene, pues, más sentido del que aparece a primera vista: significa que la fuerza espiritual ha reemplazado a la fuerza bruta. La humillación de Jesús al lavar los pies se une al propósito de combatir, de llevar a cabo victoriosamente su misión divina. El gesto de Jesús de ceñirse la toalla, una humilde toalla, ha sustituido al violento cinturón de lucha, una toalla que simboliza la disposición de Jesús a combatir; con el cambio de vestimenta y con la actitud de ceñirse quería simbolizar que se preparaba para morir.

En el lavatorio de la última cena resaltan dos cuestiones: La abnegación, la humillación radical de Jesús y su disposición a afrontar la lucha que se avecina: en lugar de evadir "su hora", se despoja del manto y se ciñe la toalla, se dispone al combate espiritual de su entrega, de su sacrificio. El héroe del espíritu se ciñe para la llegada de "su hora".

El evangelio de San Juan está lleno de símbolos, constantemente da a sus palabras un doble sentido. Aquella "hora" de Jesús, que "todavía no había llegado, es esta, ahora ha llegado. Y ya sabemos que consiste en "pasar de este mundo al Padre", en "amar hasta el extremo". Así se verá en las últimas palabras de Jesús antes de entregar el espíritu:"Todo esta cumplido". Es en la muerte de Jesús, en la donación total de su vida, en el amor hasta el extremo, donde se realiza "la hora" de Jesús: el paso de este mundo al Padre es su muerte y resurrección.

Los apóstoles son hechos sacerdotes de la Nueva Alianza: “Haced esto... La acción culminante de lavar los pies va dirigida a suscitar una idea, una concepción de la vida dentro de la comunidad cristiana, una actitud; y, en consecuencia, una actuación, un comportamiento. "Os he dado ejemplo para que vosotros hagáis lo mismo". El sacerdote fiel a la llamada que obra en el “ven y sígueme”, va, responde, lo deja todo con total entrega y sigue al Maestro de Nazaret en su ministerio. Predica y habla de la gravedad del pecado y, más aún, de la inmensa misericordia de Dios, del amor de Dios que no tiene fin. En la firmeza de su convencimiento, celebra y consagra cada día la Eucaristía, alegre y gozoso, al servicio de Dios y de los hombres; por eso, San Juan recoge en su evangelio, el lavatorio de los pies.

La significación de este sorprendente acto de Jesús viene a reforzar el significado mismo de la eucaristía. Los símbolos del pan y del vino, expresión de la donación amorosa que Jesús hace de sí mismo, se completan con este humilde gesto del Maestro, arrodillado a los pies de sus discípulos lavándoles los pies. Es un gesto de servicio, propio de esclavos y de entrega amorosa a los demás. Es la enseñanza de ofrenda y servicio que le da a sus apóstoles, sacerdotes de Cristo desde ese momento. “¿Entendéis lo que acabo de hacer?”, les dijo. “Os he dado ejemplo, para que hagáis vosotros lo mismo. Felices, si practicáis ya estas cosas que sabéis” (Jn 13,12-17). Felices los sacerdotes que, en el día a día, se inmolan con Cristo impartiendo el amor de Dios, porque "Deus Charitas est".

 

 

                                                                       Camilo Valverde Mudarra

        

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 11:57
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