Viernes, 16 de abril de 2010

Domingo Ramos, Semana Santa. Ciclo C
Is 50,4-7; Sal 21,2-9.17-24; Flp 2,6-11; Lc 22,14 - 23,56

 

 

Llegada la hora, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: He deseado enormemente comer esta comida pascual con vosotros antes de padecer, porque os digo que ya no la volveré a comer hasta que se cumpla en el Reino de Dios.

 Y tomando una copa, dio gracias y dijo: Tomadlo, repartidlo entre vosotros; porque os digo que no beberé desde ahora del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios. Y tomando pan, dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía. Después de cenar, hizo lo mismo con la copa diciendo: Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi sangre, que se derrama por vosotros…

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A la vuelta prepararon aromas y ungüentos. Y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento (Lc 22,14-23,56).

SEMANA SANTA

Estamos en Semana Santa, Santa, porque Jesús, Dios hecho Siervo de Yahvé, suceso único e irrepetible, cargando con nuestras dolencias y pecados, nos amó hasta el extremo. El misterio pascual se mueve entre la vida y la muerte, entre el fracaso y el triunfo; los ritos se estructuran entre la procesión aclamatoria de los ramos y la Pasión de Cristo.

La procesión, con cantos en honor de Cristo que empieza su subida a la Cruz, es ya la entrada de la "Misa". Hoy, se visualiza la entrada de Jesucristo en Jerusalén, dispuesto a cumplir su misión; se centra en Cristo, que se entrega a su Pasión, y se aclama su victoria, pues será resucitado por el Espíritu a una nueva existencia.

La celebración de la Palabra versa sobre la Pasión. Las tres lecturas muestran, en el modelo del camino pascual, el dolor de Cristo y su aceptación de la cruz: el Siervo de Yahvé, solidario con sus hermanos, que se entrega hasta la muerte y salva a la humanidad; en las tres, hay también un tono de esperanza.

Desde el siglo V se celebraba en Jerusalén, con una procesión, la entrada de Jesús en la ciudad santa, poco antes de ser crucificado. Por ello, se denomina «Domingo de Ramos», aspecto victorioso o «Domingo de Pasión», aspecto doloroso. Lo que importa no es el ramo bendito, sino la celebración del triunfo de Jesús. El rito comienza con la bendición de los ramos, después, se proclama el Evangelio. Por ser creyentes iniciados en la vida cristiana, pertenecemos al Señor y nos asociamos a su seguimiento. La Semana Santa empieza y acaba con la entrada triunfal de los redimidos en la Jerusalén Celestial, recinto iluminado por la antorcha del Cordero. El domingo de Ramos es inauguración de la Pascua o paso de las tinieblas a la luz, de la humillación a la gloria, del pecado a la gracia y de la muerte a la vida.

La Pasión de Cristo comienza bíblicamente con el prendimiento de Jesús; litúrgicamente, con la entrada en Jerusalén. Jesús no rehuye la muerte, pero tampoco la busca directamente. La misión de Jesús se comprende en referencia al Dios de la gracia y de la exigencia. Jesús viene a proclamar la inminencia del Reino y la buena noticia del Evangelio. El advenimiento del reino de Dios es el tema central del mensaje y de la praxis de Jesús

Acompañar a Cristo en la Semana Santa supone los dos aspectos: la muerte y la resurrección, el dolor y la alegría, la entrega y el premio. La Pascua -muerte y resurrección- de Cristo ha de ser también Pascua Nuestra: muerte a lo viejo, nueva vida, liberación profunda con Cristo. En la Gran Semana, vivimos el Misterio Salvador.

 

 

Primera lectura del Profeta Isaías:

 

Isaías, en los Cánticos del Siervo, profetiza la Pasión de Jesucristo; esta perícopa trae el tercer Cántico del Siervo de Yhavé: "Encarnándose", aceptó su horrible humillación y sufrimiento, especialmente hasta la muerte: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos” (Is 50,4-7). 

Se inicia la Semana Santa con este texto del tercer canto del Siervo. Los poemas del Siervo de Yahvé iluminan el misterio de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y explican por qué el Mesías tenía que sufrir. En todo el Antiguo Testamento, no hay páginas más sugestivas, para meditar la Pasión de Jesús que los poemas del Siervo de Yahvé. El Siervo es realmente un bellísimo trasunto de la figura del Mesías Paciente.

Aquí se presenta más como sabio que como profeta. Asegura que el Señor le está introduciendo en su Sabiduría, para poder llevar al abatido una palabra de aliento. Cada  mañana le abre el oído y, al tener el oído abierto a la Palabra, no se rebela ni se echa atrás; más bien afronta todos los sinsabores decidido, sabiendo que el Señor le ayuda y no quedará avergonzado. Es la sabiduría, escondida a inteligentes y poderosos, que se manifiesta a gente humilde.

Se anonadó, afrontó el fracaso y la angustia y sufrió el dolor y la muerte. "Vosotros, los que pasáis por el camino de la vida: mirad y ver si hay un dolor parecido a mi dolor" (Lm 1,12). Y, justamente, porque se sometió, lo exaltó Dios de tal modo, que todos pueden  clamar ante el Crucificado: "¡Jesús es el Señor!". El siervo escucha y predica el mensaje divino, porque el Señor le da "lengua de iniciado", le abre el oído para entender la misión. Proclama de parte del Señor un mensaje de esperanza.

El Siervo responde a su vocación con disposición en el dolor. Sabe que su tarea es amarga y así lo confiesa, como Jeremías en sus confesiones. Acepta y afronta los ultrajes con decisión, sin intentar vengarse; no responde al insulto, resiste con calma, sabe que este es su camino; cree con total firmeza en la ayuda del Señor y espera, que, al final, le dé el triunfo. El Siervo experimenta el dolor, comparte el sufrimiento de los hombres, carga sobre sí el fracaso del mundo. Varón de dolores. En sus espaldas lleva todo el peso, toda clase de golpes y en su rostro las vejaciones.

Este siervo podrá ser el consuelo del mundo, el que pueda alentar a los desvalidos y confortar a los que sufren, el que pueda extender la mano al abandonado, y decir a todos los marginados una palabra adecuada. El siervo saca toda su fuerza del Señor, vive de «mi Señor» y para «mi Señor», en una gozosa relación de dependencia filial. Y "el Señor le ayudaba" en todo. Esta es la misión que cumplió el siervo y la que realizará Jesús. Transmitió el mensaje de su Padre (Jn 8,28.40), de consuelo y esperanza a los angustiados y oprimidos (Mt 11,28) y lo apresaron, ultrajaron, flagelaron y crucificaron. Y el Padre lo glorificó en justicia (Jn 8,29.50).

Así, muchas veces nuestra palabra no es de consuelo; la ruta está marcada, hay que meditar y aprender del Siervo; leer el Evangelio, reflexionar y seguir los pasos de Jesús.

 Los poemas del Siervo de Yahvé iluminan el misterio de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo y explican, por qué el Mesías tenía que sufrir.

 

 

Salmo Responsorial:


Recuerda la llamada de dolor al Padre: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?"

Al verme se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: "Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere". Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía ven corriendo a ayudarme (Sal 21,2-24).

 

 

 

Lectura de la carta del San Pablo a los Filipenses:

 

            Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos… (Flp 2,6-11).

 

Este texto puede que no sea un fragmento de San Pablo; parece ser un himno litúrgico, que introdujera en esta carta, para sustentar su exhortación moral a la humildad, sencillez y a la renuncia del orgullo e interés y una motivación cristológica a los Filipenses, para que eviten las disensiones, se amen y conserven la unidad. Destaca la preocupación del Apóstol por la conducta y formas de vivir de los destinatarios; les inculca que han de llevar unas relaciones mutuas más en consonancia con el Evangelio, que miren "a Cristo arrostrando la muerte y muerte de cruz" y les presenta a Jesús como modelo en rechazar la gloria.

El hondo motivo que el Apóstol da a los filipenses, para que se dejen las discrepancias, que amenazan la vida de toda la comunidad, es "que Dios nos ha amado". Cristo, siendo de condición divina, descendió a la nuestra y se hizo hombre, se humilló, entró por el camino del amor humilde y fue obediente hasta la muerte. Obediente al Padre y a la humanidad. San Pablo les recomienda: "tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús". La vida de Jesús es asumir la situación de los otros y crear la relación filial con el Padre y fraternal con los hermanos. Imita a Jesús, ponte en la condición del otro y procura sentir desde dentro al otro y padecer desde su situación.

Es este, el himno de la liberación, el canto del partido que Dios toma por los pobres. Porque el himno no dice sólo que el Hijo se hace hombre, sino se hace esclavo, lo más pobre y pequeño que podía hacerse. Y muere no de viejo, sino en cruz, muerte condenada y de esclavo. Es el himno a la esperanza de los pequeños y oprimidos, porque el Hijo se ha puesto de su lado.

San Pablo pide muchas veces que nuestra caridad esté también impregnada de renuncia a uno mismo, de la que Cristo nos ha dado un ejemplo vivo (2 Cor 8-9; Gál 4,1-5; Heb 11,24-26).

 

 

EL Evangelio según San Lucas explica que tres poderes religiosopolíticos, el Sanedrín, Herodes y Pilato deciden dar muerte a Jesús, más la multitud, al calor que más calienta, que lo aclama al entrar en Jerusalén, y, luego, grita: ¡crucifícalo! ¡crucifícalo! Es la historia de un inocente, víctima de la injusticia de tres tribunales.

San Lucas sitúa el desarrollo de la Pasión bajo el signo de la misericordia y del amor del Padre hacia su Hijo y hacia los hombres; la cruz es, para el tercer evangelista, el sacramento de la misericordia divina; por eso, no recoge generalmente los cargos que pesan sobre los judíos y sobre los discípulos: no refiere el hecho de que por tres veces Jesús encuentra a sus discípulos dormidos (Mt 26,40-47); ni que huyeron en Getsemaní (Mt 26,56), ni las imprecaciones de Pedro contra los servidores del sumo sacerdote (Mt 26,74); incluso los enemigos de Jesús aparecen con tonos menos acentuados: no dice que los judíos escupieron a Jesús, ni que lo ataron al llevarlo a Pilato, que, por tres veces, lo declara inocente. Uno de los agresores de Jesús es incluso beneficiario de una curación después que un apóstol le había cortado una oreja. Las palabras de Jesús en la cruz son de perdón para todos los judíos (Lc 23,34). Es el único que habla del perdón concedido al ladrón y del arrepentimiento del centurión; es también el único que descubre la solicitud de Dios que consuela y da ánimos a Cristo en medio de su angustia (Lc 22,43). Y la muerte de Cristo no deriva de su diatriba contra el Templo, como en Mateo, sino de la confesión de su divinidad (Lc 22,71).

Pero muy especialmente el relato de la Pasión, es el evangelio del seguimiento de Jesús: hasta la cruz y hasta la gloria. No presenta únicamente un hombre que sufre, con la intención de excitar la compasión, Jesús es algo más que un héroe humano; la Pasión es, fundamentalmente, un combate escatológico, nótese la palabra de esperanza dirigida al buen ladrón, sobre el paraíso, propia de Lucas. El combate había empezado en el desierto, con las tentaciones (4,13); y ahora Satanás entra en el corazón de Judas, que lo entrega. La crucifixión y la Ascensión son culminación del "largo viaje" hacia Jerusalén, que es el gran rasgo original de la estructura dramática del tercer evangelio; en Getsemaní es menos la tentación de Jesús que la de sus discípulos; son ellos los que deben "orar para no entrar en tentación". Jesús ora y su oración es el modelo de la oración cristiana. Lucas, el único en referir la comparecencia ante Herodes, la aprovecha para hacer ver el sentido especial de la realeza de Jesús. Del cuadro pintado por Lucas surge una silueta de Jesús absolutamente sublime. Sublime, por la dulzura de una amistad que Jesús manifiesta hasta el final a quien quiere acogerlo; sublime, por la confianza obstinada que pone en su Padre; la misma que se respira en el curso de la cena eucarística y sustenta su muerte. Esta sublimidad es el reflejo, accesible al creyente, del reino celeste ya empezado.

Esta actitud de Jesús, única, signo de un misterio divino, atrae a los discípulos y les compromete a recorrer de la misma forma que Él el camino de su propia vida. Porque, a lo largo del relato, los cristianos están detrás de su figura: Pedro, las mujeres de Jerusalén, el ladrón, el centurión, José de Arimatea…, de suerte que, al meditar en la Pasión de Jesús, reflexionan en su propia existencia. Una reflexión que hay que renovar constantemente.

Por eso, en esta hora, clamamos paz y justicia; en la hora de la Semana Santa, pensamos en tantos que son condenados, tantos que sufren injustamente la sinrazón y la maldad de los Sanedrines, de los Herodes de turno. No podemos olvidar los entresijos del poder, las entretelas del odio y el fanatismo siempre presentes, y los recodos del miedo, que posibilitaron la Pasión de Jesús. Esta hora no admite lavarse las manos, eso es ceder al mal; hay que enfrentarse y tomar posición ante la opresión y la injusticia que rige en nosotros y en nuestro mundo. Aún estamos a tiempo, podemos adoptar la verdad, “yo soy, dijo, el camino la verdad y la vida” (Jn 14,6), marchar con el que sufre, acoger al débil, al oprimido, al vejado y apiñarnos con el pequeño resto de fieles que va con María y el discípulo.

La figura del Siervo introduce una de las cimas culminantes de la revelación y de la teología; la gran novedad estriba en su misión ignominiosa, expiatoria; el sufrimiento es un camino hacia Dios, no solamente una realidad de la cual hay que pedir la liberación, como se ve en los salmos. Y ese sufrimiento puede tener valor no solamente para quien sufre, sino también para otros; Dios está en el sufrimiento con el siervo; sus siervos son todos los que sufren y atienden su sentido; en ellos se redime el dolor. La Pasión, en la aceptación definitiva de la muerte, asegura el testimonio de solidaridad con todas las víctimas humanas del abuso del poder.

Dar la vida por los demás no es fácil. Cristo lucha entre el impulso de conservar su vida y el cumplimiento de los designios de Dios, que le lleva al acto supremo expiatorio por la humanidad irredenta y caída. Es la tensión que le provoca sudor de sangre. Jesús, sin embargo, acepta tan profundamente su entrega por el amor, que le hace excusar a los mismos verdugos que lo clavan y crucifican. Así dice San Pedro: “Padeció por vosotros dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas” (1 Pe 2,21). La cruz es el sacramento de la misericordia divina.

 

                                                                       Camilo Valverde Mudarra

        

 

 




Publicado por CamiloVMUDARRA @ 11:55
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