S?bado, 13 de marzo de 2010

Domingo IV del T. Ordinario. Ciclo C

Jr 1,4-5.17-19; Sal 70,1-6.15.17; 1Co 12,31-13,13; Lc 4,21-30 

 

 

En aquel tiempo, comenzó Jesús a decir en la sinagoga: Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír. Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios.

Y decían: ¿No es éste el hijo de José? Y Jesús les dijo: Sin duda me recitaréis aquel refrán: «Médico, cúrate a ti mismo»: haz también aquí en tu tierra lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaum. Y añadió: Os aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Os garantizo que en Israel había muchas viudas en tiempos de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías más que a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo; sin embargo, ninguno de ellos fue curado más que Naamán, el sirio.

Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte en donde se alzaba su pueblo, con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.

 

 

 

         La primera lectura del Profeta Jeremías expone su vocación y elección: “Antes de formarte en el vientre, te escogí, ponte en pie y diles lo que yo te mando”. El profeta es el que experimenta a Dios, acepta su palabra, cumple la misión confiada y no se descorazona ante las dificultades que experimenta incluso en la persecución. Es el caso de Jeremías: “Te nombré profeta de los gentiles”,

         Se vive el año 628 a. de C. En aquella época de decadencia del poder asirio, él va a ser más el profeta de juicio que de salvación. Como Moisés (Ex. 4,10), también Jeremías se asusta ante la tarea encomendada. Jeremías es hombre débil y ha de anunciar al pueblo, al que tanto ama, aquello que no le agrada. Por eso, se siente solitario, incluso forzado y violado por el Señor (cfr. 15,17; 20,7s.).Tiene que hablar y tiembla; es la violencia de esa lucha interior entre las exigencias de la fe y la debilidad humana; hasta Cristo sudó sangre. Así son los auténticos llamados, los genuinos profetas. Con la antítesis de construir y destruir, sabe que deberá enderezar todo camino torcido y profundizar en la revelación, incluso con nuevas revelaciones.

         El hombre mortal nunca logrará entender en qué consiste esta vocación, pero el profeta tiene conciencia de haber sido nombrado para este menester desde antes de su formación en el seno materno, si es fiel a la palabra, el Señor hará que su debilidad se convierta en "plaza fuerte y muralla de bronce", símbolos de fortaleza y resistencia en la lucha, y contra esta fortaleza se estrellarán todos los poderosos, porque Dios está con él; su palabra es potente al ser palabra de Dios, y, a la vez, impotente, ya que no puede forzar a nadie a la fe y a la obediencia. En la promesa del Señor sólo se le garantiza la asistencia y triunfo final; pero no se habla de triunfalismo y éxitos rotundos. Su camino es arduo y difícil, lleno de dolor y perseguido (cfr. 18,18; 20,2ss; 37,15; 38,4s). Esta será también la suerte de todo elegido y llamado hoy.

 

 

            El SALMO RESPONSORIAL (Sal 70,1-6.15.17) clama: “A ti, Señor, me acojo…, líbrame y ponme a salvo, inclina a mí tu oído y sálvame. Sé tú mi roca de refugio…”.

 

 

         La segunda lectura es de la primera carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (12,31-13,13). Existen diversidad de dones y un solo Espíritu.

         Carisma es una palabra cristiana y concretamente paulina. Etimológicamente procede de la raíz jaris = gracia y del sufijo ma que implica la idea de manifestación, acción. Así pues, carisma significa la actividad divina, en concreto, la acción del Espíritu Santo en el seno de la Iglesia. Son ciertos dones especiales concedidos por el Espíritu de Dios a determinadas personas o grupos en provecho de los hombres. Las primeras comunidades cristianas parece que gozaron de esta especial atención del Espíritu y particularmente la de Corinto.

         Y S. Pablo presenta la Iglesia como el cuerpo de Cristo. Es necesaria una pluralidad diversificada: varios miembros que se necesitan y se subvienen entre sí. En el origen del pluralismo carismático, está el Espíritu, garantía de participación y corresponsabilidad contra la dispersión y disgregación. Y concluye insinuando que no todos los carismas son iguales. Existe una jerarquía entre ellos, pero todos son funcionales y relativos, menos uno, único y excepcional: el ejercicio de la caridad.

         Este es el famoso "Himno al amor" (13,1-13), singular página paulina que alguien ha llamado el Cantar de los Cantares de la Nueva Alianza. Sólo hay un carisma absoluto: el amor. El Himno a la Caridad, brillante y perfecta pieza literaria de valor universal y de un profundo lirismo; es el canto más bello del amor al prójimo, que parangona con la fe y la esperanza, pero la caridad es la más grande, no pasa jamás; es superior a todos los carismas, pues se prolonga en un abrazo perpetuo de estrecha unión con Dios.

         Su mensaje se hace aquí imperecedero y atemporal porque es eterno. No es el amor pagano -el eros o la filia- con su carga de instintos carnales y de intereses materiales. Es el amor cristiano -el ágape- que ha sido derramado por el Espíritu en nuestros corazones (Rom 5, 5). Amor que se dirige a la vez a Dios y a los hombres, hermanos. Amor que es el motor de la tarea apostólica de Pablo. Sin amor, ningún carisma vale; hasta las mejores cosas se reducen a la nada: el conocimiento, la limosna, o la misma fe, desconectados del amor, se reducen a la nada. El amor es el manantial de todos los bienes. Quince cualidades del verdadero amor: siete en formulación positiva y ocho en negativa enumera S. Pablo, sencillas y cotidianas, al alcance de todos. Pero ser fieles a este amor supone un comportamiento heroico.

         Pablo describe el ideal cristiano de la caridad. La caridad es un amor que se manifiesta en pequeños detalles, en gestos muy concretos. Lo extraordinario del cristianismo no está en las manifestaciones prodigiosas o en el poder de hacer milagros, sino en que un hombre ordinario sea capaz de amar con sencillez, humildad y perseverancia. Un amor que se pone en actitud de servicio, un amor desinteresado y gratuito que renuncia a sus propios derechos, a tomarse la justicia por su mano y se dirige precisamente a aquellos que no le devolverán nada: los pobres y los enemigos. Un amor que evita las palabras y los gestos ofensivos; un amor que busca la verdad y la acepta, incluso si la encuentra en los propios enemigos. 

            El amor es ya aquí y ahora lo que será eternamente (1Cor 13,8-13). Este amor permanece para siempre, no cambia jamás; sólo el amor, que es capaz de transformarlo todo, de cambiarlo todo, no cambiará. El amor no cesa nunca, permanece siempre. Es eterno.

         Este amor es también caridad teológica, superior a todos los dones y virtudes, porque todos desaparecerán con la muerte, mientras que la caridad es eterna. Todos los prodigios, todas las magníficas obras humanas no son nada, nada valen, de nada sirven, si no se tiene caridad: Aunque yo hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles…

           

 

         El Santo Evangelio según San Lucas (4,21-30) cuenta que Jesús “no es enviado sólo a los judíos”. Jesucristo habla en su tierra de Nazaret, pero sus paisanos lo rechazan. “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron” (Jn 1,11). Así mismo, sigue sucediendo en muchos estamentos sociales y muchas partes del mundo, en que se desoye su mensaje y se persigue a sus seguidores. No se ha comprendido que su proyecto de vida, en cumplimiento de la voluntad del Padre, es traer la salvación a todo el que padece y sufre.

         San Lucas advierte que las palabras de Jesús, que eran de gracia e inspiradas, no llegaron al corazón de sus paisanos. En cierto modo, el conocimiento que tenían de él y de su familia era un inconveniente para escucharlo y aceptar su mensaje; los vecinos de Nazaret no podían comprender que el carpintero fuera un enviado de Dios, mucho menos el Mesías y, no digamos ya, el mismo Hijo de Dios hecho hombre: "Nadie es profeta en su tierra". Para mayor abundancia aclara el sentido de su respuesta con algunos ejemplos bíblicos; ya los profetas Elías y su discípulo Eliseo tuvieron que abandonar su pueblo recalcitrante que los rechazaba y se van a los gentiles, a los extranjeros; Dios da a los gentiles lo que no merecen, por su incredulidad, los hijos de Israel. Al comienzo, “todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de sus labios”, pero, luego, se produce una violenta reacción a sus palabras, desconcertante. Hoy se cumple este pasaje que acabáis de oír; el pasaje en cuestión habla de gracia para los judíos y de desquite para el opresor extranjero y que Jesús ha suprimido lo del desquite. Los asistentes no pueden dar crédito al corte operado por Jesús en el pasaje de Isaías y así se lo testimonian todos a una. Escandalizados por las palabras de Jesús y heridos en su amor propio, los nazaretanos atentan contra la vida del que se ha presentado ante ellos como enviado de Dios.

         El tiempo de Jesús se caracteriza, en efecto, por una tensa conciencia nacional, llena de odio y de rechazo de todo lo no judío. Para esta psicología política, cualquier toma de posición exenta de venganza aparece como sospechosa de antipatriotismo; esta es la acusación que le hacen a Jesús sus paisanos: es un traidor. En realidad, Jesús no hace más que desmontar el supuesto privilegio de Israel, a base de datos tomados de la propia historia judía; pone las cosas en su punto, haciéndoles ver a sus paisanos que Dios no excluye a los demás pueblos, los cuales pueden incluso ser más dignos que Israel. Jesús hace una lectura apatriótica de la historia de Israel; después lo de siempre, los furiosos nacionalistas pasan de la palabra a los hechos, que son, inevitablemente, violentos.

         Lucas sugiere que Jesús se sirvió de un acontecimiento religioso para dar resonancia a su llamada pública. Jesús propuso un modo nuevo de leer un texto de Isaías: no verlo como un sueño del pasado, sino ponerlo en práctica hoy mismo. Estableció un vehículo de relación entre un año «santo» que debía estarse celebrando por entonces y la palabra del profeta que anunciaba un año «de gracia, de favor» del Señor, un año de renovación. Normalmente cada cincuenta años el sumo sacerdote debía decretar en Jerusalén un año «santo» y proponer a todos la renovación que exigía la Ley de Moisés; se comprende perfectamente que la llamada de Jesús a entrar en un verdadero año «santo» era, simultáneamente, una interpelación a todo el pueblo, la propuesta de una transformación social y un desafío a la autoridad religiosa.

         Jesús no busca la aceptación, ni la alabanza; hace y dice lo que tiene mandado, lo que implica su misión. Jesucristo enseña a amar, y amar es dar y darse, ofrecerse y entregarse con humildad y gozo, desinterés y generosidad, sin exigir contrapartida. Es vivir la donación constante de sí mismo en oferta gratuita, como lámpara que arde sin mirar el aceite ni cuestionar a quién alumbra. El cristiano tiene que distinguirse por el amor a Dios y el amor al prójimo; el amor “todo lo excusa, lo cree todo, todo lo espera, todo lo tolera” (1 Cor 13,7). 

         El amor hace entender el rechazo y la resistencia; la negación y el desdén hacia el Evangelio se debe al desconocimiento, a la ignorancia, a la desconfianza, a la sospecha, al rencor y la duda: “¿No es éste el hijo de José?” Jesús no es sólo alguien bueno que pasó haciendo el bien: es el Hijo de Dios. Es la lucha entablada por el mal, que sostiene el relativismo, predica el laicismo e impulsa el materialismo. La sociedad actual admite la labor social del cristiano, la entrega por los oprimidos, pero, hablar del amor de Cristo, el Hijo de Dios que trae la liberación a los sometidos y desvalidos, eso ya, la exacerba, moviliza y hostiliza; no le encaja la idea de salvación y liberación, no ya de la injusticia humana, sino de todas las esclavitudes que degradan al hombre.

         El amor de Dios iluminará al mundo y vencerá toda negativa y repulsa.

 

        

                                                                  Camilo Valverde Mudarra

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 11:53
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