S?bado, 13 de marzo de 2010

Solemnidad del Bautismo del Señor. Ciclo C

Is 42,1-7; Sal 28,1-4.9-10; Hch 10,34-38; Mc 1,7-11

 

 

«En aquel tiempo proclamaba Juan: Detrás de mí viene el que puede más que yo, del que yo no soy digno ni de agacharme para desatarle las sandalias. Yo os bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo.

Por entonces llegó Jesús desde Nazaret de Galilea a que Juan lo bautizara en el Jordán. Cuando salía del agua, vio rasgarse el cielo y al Espíritu Santo bajar sobre Él, como una paloma; y se oyó una voz del cielo: Tú eres mi Hijo, muy Amado, en ti me complazco».

 

 

            Esta fiesta del Bautismo, en plena órbita de la Navidad-Epifania, subraya ante todo la manifestación de Jesucristo. Destaca el inicio de su misión profética, que después continuará en la Iglesia de sus discípulos. Es preciso indicar también la importancia que la primera comunidad cristiana daba al hecho del bautismo de Jesús, como inicio de la realización eficaz de su función salvífica.

         El bautismo de Jesús expresa una toma de conciencia del hombre Jesús del designio que el Padre le encomienda. Así, el bautismo realizado en la Iglesia afirma y reconoce el don del amor de Dios que continuo cae sobre el hombre. Inicia un camino que empieza por la iniciativa de Dios; así, la actuación del hombre debe dar respuesta coherente a ese amor de Dios.

         El relato del bautismo en los evangelios no es una descripción de lo que acaeció, sino una versión teológica, dirigida a los creyentes. La fiesta del Bautismo del Señor es una festividad que cierra el ciclo de Navidad e inaugura a la vez la primera semana del tiempo ordinario. Presenta a Jesús en su ministerio público. La escena epifánica, certifica su divinidad, es la manifestación absoluta, en plenitud, del ser divino de Cristo. La escena presenta un gran contenido teológico y trinitario: el Padre revela que Jesús es su Hijo y lo unge con el don del Espíritu. Jesús ya puede llevar a cabo la labor encomendada por el Padre en medio de los hombres; emprender su camino ministerial de proclamación de la Buena Nueva, que le llevará a la cruz y resurrección. Es el Espíritu Santo el que, desde el Bautismo, le irá conduciendo cual nuevo Isaac (Gen 22,1-2), desde el Jordán camina hacia el sacrificio de su vida y la glorificación.

         Es una fiesta nueva, que aún no tiene tradición y pasa desapercibida por el pueblo. Para la gente, las fiestas de Navidad han concluido. Pero litúrgicamente se prolongan hoy y el domingo próximo. El Evangelio da el tono, porque incluye el hecho del bautismo, que es, según los estudiosos, uno de los datos históricos más seguros de la vida de Jesús. Los evangelistas están interesados en subrayar que, aun siendo bautizado, Jesús es superior a Juan: éste es el sentido de la contraposición verbal, que Marcos hace, al hablar de bautizar sólo con agua y bautizar en el Espíritu Santo y fuego.

 

         Lectura del Profeta Isaías: «Esto dice el Señor: Mirad a mi siervo, a quien sostengo; mi elegido, a quien prefiero. Sobre él he puesto mi espíritu, para que traiga el derecho a las naciones. No gritará, no clamará, no voceará por las calles… ».

            La Liturgia trae aquí el primer Cántico del “Siervo de Yahveh”. Su ambientación histórica son los años siguientes al destierro. Sin embargo, para comprender mejor cómo el profeta veía este personaje, que la historia y la revelación posterior han identificado con Jesús de Nazaret, es imprescindible leer conjuntamente los cuatro cánticos: cf 49,1-6; 50,4-9ª; 52,13-53,12. Son un ciclo de profecías en las que, avanzando progresivamente en hondura y extensión, se presenta la figura del discípulo sufriente, que fue elegido para enseñar “el derecho” a las naciones, la religión legítima, y, fortalecido, aguanta las penas, cumple su misión y, después de expiar con su dolor los pecados del pueblo, será glorificado por Dios. La Iglesia ha visto en estos cantos la descripción profética de la pasión y muerte de Jesús; sin embargo, resulta exegéticamente imposible determinar quién sea el siervo de Yahvé. Frecuentemente se llama “siervo” a personas físicas, a Abraham, a Moisés, a David…, llamados en la Biblia “siervos de Yahveh”, y también, al pueblo de Israel.

         Dios elige al Siervo y lo presenta a Israel y a las naciones. Lo elige soberanamente, porque quiere, porque se complace en él. La misión del siervo de Yahveh es traer la justicia y llevar el derecho a las naciones; será la fortaleza de todos los oprimidos. El Siervo actuará en silencio, sin el ruido y la pompa de los conquistadores de este mundo. El siervo proclamará la misericordia de Dios a todos los pueblos y realizará su misión con firmeza, fidelidad y verdad. No se apagará ni quebrará, hasta que haya cumplido su encargo. El siervo es mediador carismático, y posee además prerrogativas reales. Su misión es hermosa, pero muy dura; machaconamente, el Tritoisaías repite este idea: traer, promover, implantar la justicia; sufrirá, pero no vacilará ni se quebrará. La postura del siervo es firme, inquebrantable en el cumplimiento de su deber.

         Hoy, en este mundo de vacío y farándula, abundan los “voceros” que pregonan, sin contención, sus puntos de vista políticos o religiosos. Luchan, sin desmayo, para apoderarse de los medios de comunicación y poder incidir en un mayor número de adeptos, discípulos, electores… Son dueños de púlpitos y tribunas desde las que hablan “ex átedra”. No admiten vacilación alguna de opción en los demás; gritan, vocean, insultan y hasta anatematizan. Ofrecen servicio público y esfuerzo por el bien común, y, conseguido su objetivo y su prebenda, se comprueba que sólo buscaban el provecho propio y el bien personal. Existen también otros que hablan de liberación, de redención… de ortodoxia o heterodoxia de una determinada doctrina, pero no se implican, no entregan su vida, no les impulsa el compromiso firme, no llevan la verdad, su única verdad es la idolatría del poder y el dinero. No sanan, no liberan a nadie, tienen y reparten esclavitud y densas tinieblas. Los evangelistas, Mc 1,11 y Mt 3,13-17, en sus textos presentan a Jesús, quien es el verdadero liberador, que, sin voces ni alardes, pasó por este mundo haciendo el bien, sanando a los enfermos, acogiendo a los pobres y oprimidos, impartiendo la verdad. Fue incomprendido, pero nunca retrocedió.

         El siervo de Dios obra por voluntad de Dios; actúa por encargo del Señor, en su nombre, guiado por su Espíritu y, en definitiva, como Dios actúa y quiere. El siervo no pronuncia grandes discursos ni palabras altisonantes: “No grita, ni clama, ni vocea por las calles”. Su meta, la justicia; su lenguaje son los hechos, sufrir, darse e inmolarse por los demás. Es el personaje misterioso, el ungido de Yahveh, que encarna los rasgos más característicos del pueblo elegido. El Siervo comienza un Nuevo Mundo, una Nueva Creación, un nuevo orden a través de la Nueva Alianza realizada con su pueblo.  “Los ciegos” o paganos abrirán sus ojos a la revelación; “los presos” o israelitas serán liberados de las tinieblas en que viven desterrados. Y todo lo hará el que todo lo hizo con el soplo de su palabra, el creador de cielos y tierra.

 

 

         Lectura de los Hechos de los Apóstoles: «En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea. Envió su palabra a los israelitas anunciando la paz que traería Jesucristo, el Señor de todos…».

 

         Los Hechos, como los evangelios, tienen más de catequesis que de crónica. Este texto, reflejando el kerigma primitivo, es uno de los cinco discursos misioneros de Hechos. San Pedro, abierto a la novedad del Espíritu, afirma la universalidad del mensaje del Evangelio y la personalidad de Jesús, ungido por el Espíritu en el bautismo, que comienza su misión.

         Pedro proclama la universalidad de la salvación que realiza Dios en Cristo. Todos los hombres son iguales ante la salvación de Dios. Confiesa lo que dicen las Escrituras, que Dios no hace distinciones (Dt 10,17; Rm 2,11; Gal 2,6) y que el Evangelio no conoce fronteras de pueblo, raza o nación. La igualdad de los hombres ante Dios era comúnmente aceptada por los helenistas, que son cristianos procedentes de la gentilidad que habían sido mentalizados por la filosofía estoica. Sin embargo, para Pedro y los cristianos procedentes del judaísmo se trataba de un cambio radical en su concepción de la historia de salvación. Entendiéndolo así, asegura que el Evangelio es para todo el mundo, porque Jesús es el Señor de todos los hombres (Mt 28,18-20; Jn 1,1ss; Fl 2,5-11).

         Después habla del Evangelio de Jesucristo. Su predicación sobre la actividad pública de Jesús a partir del Jordán y comenzando en Galilea recuerda el Evangelio según San Marcos, que recoge precisamente la tradición de San Pedro. En atención a sus oyentes gentiles, Pedro destaca particularmente el poder de hacer milagros y la fuerza con la que Jesús libera a los oprimidos por el diablo.

         Jesús es el Cristo o Mesías. Sobre Él descendió el Espíritu Santo y fue consagrado con toda la plenitud de Dios. Su dignidad mesiánica está inseparablemente unida a su misión salvadora. Jesús, con la fuerza del Espíritu Santo, pasó por el mundo haciendo bien y curando a los oprimidos. Esta expresión sugiere el título de Salvador. Los cristianos de la naciente Iglesia, confiesan su fe en Cristo, el Señor, que vino a servir y no a ser servido, como el Siervo Doliente que se entrega por amor, por eso Jesús es el Señor. Con Jesús llegó el “fuerte” que despoja al enemigo. Las enfermedades que Jesús cura tienen una incidencia que va más allá del cuerpo. Jesús, con su obra, ha abierto el camino de la libertad, es el salvador, liberador. 

 

       El Evangelio según San Marcos, hoy, narra el Bautismo de Jesucristo. Jesús abandona Nazaret y su vida oculta para iniciar, a partir de su bautismo en el Jordán, la vida pública. La actividad de Jesús en el mundo, es sin duda, el punto más importante y decisivo en la historia de la salvación, es lo que propiamente interesa a sus testigos y a los creyentes. Los discípulos de Jesús darán testimonio de cuanto vieron y oyeron a partir del Bautismo, hasta la Ascensión. Y, a la hora de buscar un sustituto para Judas, tendrán muy en cuenta que se trate de un testigo ocular de la vida pública de Jesús (Hech 1,21-22). Marcos y Juan comienzan su texto con la predicación del Bautista y del bautismo de Jesús en el Jordán.

                Jesús, libre de todo pecado, no tenía por qué bautizarse, pero lo hace, como cabeza de una humanidad pecadora con la que se ha hecho solidario (cfr. 2 Cor 5,21). Jesús es el “siervo de Yahveh” que quita el pecado del mundo y está dispuesto a padecer por todos los hombres (cfr. Is 53,10-12; Mt 20,28). Esta es la voluntad del Padre, a la que ambos, Jesús y Juan, deben atenerse (cfr. Lc 3,2ss).

         Precisamente, los primeros cristianos se preguntaban, cómo es que Jesús, en quien no hay ni sombra de pecado, va a Juan a recibir el bautismo. El bautismo les planteó muy pronto un grave problema teológico. Jesús, en efecto, se bautizó. Pero, no porque fuera pecador, sino que como cualquier ser humano estuvo sujeto al ordenamiento jurídico de la sociedad concreta que vivió. Y el bautismo de Juan formaba parte del orden social judío de principios del siglo primero; el que Jesús se bautizara es la consecuencia lógica y natural del hecho humano de Jesús. «Conviene que se cumpla así toda justicia», lo cual es cumplir el designio de la voluntad de Dios.

         Toda la atención del Bautista se dirige al que viene detrás de él, le interesa no el hecho del bautismo de Jesús, sino la revelación sobre Jesús que va unida a este hecho. Se abre el cielo, desciende el Espíritu sobre Jesús y lo designa como el Salvador prometido, aquel que puede bautizar con Espíritu Santo. Es el Mesías-Siervo a quien Isaías había descrito como totalmente lleno del Espíritu de Yahvé. Dios ha bajado porque en Jesús se da la plenitud de su Espíritu. Y, al mismo tiempo, va a ser el Espíritu quien guíe a Jesús a lo largo de su misión. Todo esto, lo confirma la voz del Padre, Jesús es el Hijo amado, elegido, en quien el Padre se complace.

         Al decir Juan que él no es digno de desatar las sandalias del que está para llegar, está declarando su sumisión y dependencia a Jesús que es más poderoso, y ya está llegando. Quiere ofrecer la realidad de un Jesús Mesías e Hijo de Dios, realidad que responde en parte a las expectativas judías y hasta las supera. Esta realidad divina da sentido a todo lo que Jesús es y significa.

         Los “cielos se abren”, no para mostrar lo que esconden (cfr Ez 1,1), sino para manifestar el Espíritu que desciende en forma de paloma. Marcos dice que el cielo se “rasgó” (1,10). Isaías rogó fervorosamente a Yahveh “nuestro Padre” y “nuestro Salvador” (63,16), para que rompiera ya su prolongado silencio y dirigiera su rostro y su palabra al pueblo: “¡Ah, si rasgases los cielos y descendieses….!” En el relato evangélico, tenemos la respuesta de Dios a la petición de Isaías: Ha llegado el tiempo de la gracia y los cielos se rasgan para dar paso al Espíritu de Dios, que actuará por las palabras y obras de Jesús, salvando a los hombres. Jesús, la Palabra de Dios, sale al encuentro del hombre. La aparición de Jesús adulto da inicio a su misión con la predicación evangélica. Lo anterior es Juan, su mensaje, su urgencia, sus invectivas. Lo que sigue es Jesús, Dios con nosotros (Mt 1,23), el que salva a su pueblo de sus pecados (Mt 1,21). ¡Jesús ya está entre nosotros!

 

        

                                                                                Camilo Valverde Mudarra

Publicado por CamiloVMUDARRA @ 11:50
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