Domingo, 07 de marzo de 2010

SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE NUESTRO SEÑOR JESÚS

 

Día de Navidad. Ciclo C

Is 9,1-6; Sal 95,1-13; Tit 2,11-14; Lc 2,1-14

 

 

“Por aquellos días, salió un edicto de César Augusto, para que se empadronara todo el mundo… Subió José a la ciudad de Belén … y estando allí se cumplió el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre.

Había en la región unos pastores acampados al raso. Se les presentó un ángel… : Os ha nacido un Salvador que es el Cristo Señor en la ciudad de David”

 

 

            En la primera lectura el profeta Isaías anuncia que “un hijo se nos ha dado”. Es la profecía de la salvación a su pueblo, porque ha nacido un niño, príncipe de la paz. Este texto se encuentra en el llamado "libro del Emmanuel".

         La luz, signo de nueva creación y de vida, señala la liberación y la restauración; es motivo de gozo, como una buena cosecha y de fecundidad para el pueblo de Israel; la luz es sinónimo de salvación, de vida.

         Aparentemente el profeta se mueve en terreno de una historia concreta: la continuidad de la dinastía de David; pero la profecía se abre a un sentido que trasciende lo concreto; cuatro nombres definen al niño: consejero, guerrero, padre, príncipe, que lo sitúan en un ámbito y en una amplitud que superan las realidades humanas; llega "... con una paz sin límites sobre el trono de David...": la profecía de Isaías desborda las posibilidades históricas: "por siempre". Su fundamento es el mismo Dios: el celo de Dios, se manifestará "desde ahora y por siempre" en el amor por su pueblo a través del Mesías.

         Isaías ha sido llamado, desde el tiempo de San Jerónimo, el "evangelista". El trasfondo del anuncio de salvación de Is 9,1-6 es un tiempo de dificultad, de inseguridad; el peligro y la insatisfacción hacían que el pueblo estuviera dispuesto a acoger el anuncio de paz que Dios le ofrecía. El oráculo es un canto de esperanza; Dios no abandona para siempre a su pueblo al capricho de los enemigos. El motivo de la paz y el hecho de la liberación es el nacimiento del nuevo rey; y al soberano, al niño que ha nacido, se le imponen nombres nuevos, que tienen un significado teológico, expresan el poder y la plenitud del rey teocrático de Jerusalén. En este príncipe, se cerrará la historia y se realizarán todas las promesas hechas a la casa de David desde Natán.

         Celebramos su venida, pero su obra no ha llegado a plenitud. El reino de paz se está haciendo realidad mientras vivimos. Este niño asegurará la fidelidad a la voluntad de Dios, es decir, será verdaderamente Dios mismo quien reinará: la paz es la consecuencia de este reinado; el derecho y la justicia son su fundamento.

 

         El salmista repite: Hoy nos ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor.

        

         En la segunda lectura, el Apóstol San Pablo, (Tit 2,11-14) aleccionando y exhortando a su amigo Tito, a quien llama hijo, le asegura que ha aparecido la gracia de Dios para todos los hombres. Entre dos exhortaciones éticas (2,1-10 y 3,1-7) se halla una motivación teológica de mucha profundidad.

         La vida cristiana tiene su fuente en la aparición y realidad de la salvación entre nosotros, porque Jesús nos ha salvado y traído la "gracia de Dios", que se ha manifestado ya en JC, pero no se hará plenitud hasta que vuelva glorioso al fin del mundo. Esta revelación histórica del plan de Dios en la persona de Jesús tiene siempre en el pensamiento de Pablo una finalidad: la salvación de todos los hombres. Cristo con su muerte sacrificial reúne un nuevo pueblo, liberado del pecado y "dedicado a las buenas obras.

         Para Pablo, la moral cristiana se deja "enseñar" a través de esas manifestaciones de bondad y de gloria, siendo ella misma manifestación de la salvación en el mundo. Depende, pues, del comportamiento cristiano que el mundo crea en la salvación y espere la revelación final de Dios. En la medida en que la vida cristiana sea pura pondrá de manifiesto, que está liberada del pecado por la Sangre de Cristo y que pertenece realmente a la soberanía de Cristo (Tt 2,14).

         Apareció Dios hecho gracia; toda la justicia, todo el poder y toda la gloria de Dios son manifestaciones de su amor, porque Dios es amor, Dios es gracia; la dicha es Jesucristo, que está con nosotros, en la noche de Navidad; el autor de la carta a Tito nos recuerda el destino de este Niño que nace: su entrega a la muerte. El destino de Jesús es humanamente duro y comienza con su aparición en el mundo, no tanto por sus circunstancias históricas, sino por el camino que emprende hasta la Cruz. Por otro lado, todo esto nos compromete a llevar una práctica cristiana y real; toda la vida cristiana tiene su comienzo en esta aparición del Señor y Salvador que celebramos ahora. 

 

 

         El evangelista San Lucas (Lc 2,1-14), en esta perícopa, narra el gran acontecimiento del nacimiento de Jesús en Belén, que, reclinado en un pesebre, recibe la visita de los pastores: “Gloria a Dios en las alturas y paz a los hombres que ama el Señor”.

         Galilea era una región, entonces, mistificada de razas dedicadas al comercio. La frase de Isaías «Galilea de los gentiles» (Is 8,23) tenía valor en este tiempo. Los judíos de la provincia de Judea los despreciaban, como a judíos no puros, por su mixtificación de razas y costumbres, y, allí, se vino a dar la Encarnación. La Nazaret actual (en-Nasira) no da idea de lo que fue en tiempos de Cristo. Su nombre probablemente significa «re­toño» o «vigía» y no se le cita nunca en los documentos extrabíbli­cos, hasta el siglo VIII d. C.

         El nacimiento de Cristo en Belén tiene una circunstancia hu­mana inmediata. César Augusto dio un edicto de empadronamiento el 746 de Roma, siendo rey Herodes el Grande, que corresponde a unos seis años antes de la fecha que actualmente fija el nacimiento de Jesús. Como Roma solía respetar las costumbres locales, este empa­dronamiento se hace al modo judío, yendo a censarse al lugar de origen. Por eso, José, que era de la casa de David, sube a Belén, a unos 140 kms., a «empadronarse con María, su esposa», ya que las mujeres casadas tenían que presentarse también en su lugar de origen, y María era también de la casa de David.

         En la fecha, hay un error en el cálculo del monje escita Dionisio el Exiguo que lo fijó el año 754 de la fundación de Roma; pero, por Josefo y los datos históricos, se sabe que Cristo debió nacer entre el 747 y 749, unos seis años antes de la fecha actualmente fijada. En Oriente se establecía esta fecha el 20 de mayo, el 20 de abril o 17 de noviembre; el porqué Roma decidió el 25 de diciembre, aún no se sabe. Es muy probable, que la pedagogía de la Iglesia Primitiva, para desarraigar los restos paganos, la tomase porque, en esa fecha se celebraba la fiesta del «Natalis Invicti», del Sol que nace. Son los cultos de Mitra, que tanto influjo tuvie­ron en aquella época. Así se sustituiría esta festividad pagana del Sol, por la de Cristo, como «luz del mundo».

         Y, estando en Belén (Bhelhem: casa de pan, por su fertilidad agrícola), nació el Niño. Es notable la sobriedad con que lo describe el Evangelista:«Dio a luz a su hijo primogénito»; poner «primogénito» nada dice en relación a la perpetua virginidad de María; es término legal, que prepara la escena de la presentación en el Templo. En una estela sepulcral descu­bierta en Egipto el año 5 a. C., se dice que una judía de la Diáspora, Arsi­noe, murió entre los dolores maternos al dar a luz a su hijo «pri­mogénito»; el término, pues, como se ve, tiene el sentido de expre­sión «legal».

         Lo «fajó» y lo acostó en un pesebre, como los que se utilizan en las grutas de Belén, unas pie­dras apiladas junto a la pared, con un recipiente para el forraje. El fajarlo prepara el «signo» de la escena de los pastores. La frase «no había lugar para ellos» debe de tener un valor enfático; eran razones de pureza exquisita; María se aísla para evitar en su parto las posibles asistencias de otras mujeres, y así procura la re­serva que imponía su parto que iba a ser virginal. La localización del lugar del nacimiento de Cristo está arqueo­lógicamente bien lograda; se señala una «cueva» en la que el emperador Adriano, para profanarlo, instaló un «bosquecillo» sacrílego. Cristo debió de nacer por la «noche», se ve por el anuncio del ángel a los pastores.

          “Hoy nos ha nacido un Salvador”. Dios se manifiesta en un niño que nace en Belén, ciudad de David y trae la salvación para todos los hombres. El nacimiento de Jesús supone la reconciliación, firma y sella la alianza de Dios con la humanidad. En sus designios, Dios había formulado la promesa; una promesa mantenida en la fidelidad. Tal alianza nace de la voluntad divina por su infinita misericordia, que confirma el ser y el actuar de Dios: Deus Charitas est (1 Jn 4,8). Como Padre y Madre, amante y solícito, cuida y atiende al hombre, sin abandonarlo ni olvidarlo jamás. Es su iniciativa personal y un compromiso suyo de vivir en comunión constante con la humanidad, aun cuando ella le sea infiel. La alianza de Dios con el pueblo es tratada por los profetas, bajo el símbolo de la unión marital; no es un contrato, ni una ley, sino un compromiso opcional del Señor. La historia bíblica del pueblo escogido es el relato de esas relaciones amorosas, tejidas de infidelidades por parte del hombre y de la paciencia y fidelidad sin límites de Dios Nuestro Padre.

         La Natividad es la expresión significativa de la entrega y el compromiso de Dios con los hombres, simbolizados por la alianza. Se cumple aquella promesa de fecundidad hecha a Abrahán y la de descendencia hecha a David. Es el amor de Dios al hombre; de las nupcias del cielo con la tierra nace el rocío y la vida del Niño-Dios; de las raíces y ramas profundas de generaciones y generaciones mantenidas por Dios en la esperanza brota el retoño de Jesús, primogénito de una humanidad nueva.

         La Navidad es la gran hora: Os ha nacido un Niño, el Mesías. Se celebra la venida del Hijo Unigénito del Padre, a los suyos y como suyos lo recibimos con júbilo, en el alma. Viene Jesús a traer a todos los hombres de esta tierra, martirizada por tantas miserias, una Inmensa y Buena Nueva que es y seguirá siendo motivo de mucha alegría, para todos los pueblos: Nace y sigue naciendo en la ciudad de David, en el corazón del hombre. Es el Príncipe de la paz, que, una vez más, trae la paz, da la paz y deja su paz. No la paz que el mundo da, sino la paz verdadera, profunda e íntima del alma, Él, que es “camino, verdad y vida”, nos llena y conduce. Esta paz de Jesucristo hay que anidarla en el corazón, incrustarla en toda la vida y relaciones, para propagarla por doquier, en la sociedad entera.

         El Niño que nace es el «Cristo», el «Ungido», el Mesías. Y este Cristo es «el Señor». Se duda si la unión de estos nombres, Cristo y Señor, es original o una posible glosa cristiana, por ser la primera vez que aparecen unidos en el N.T. En la época helenística, se ponía este nombre delante de los emperadores divinizados. San Pablo lo usa frecuentemente como expresión de la divinidad de Cristo. Era la palabra con que en el N.T. se traducía el nombre de Yahvé. Su aplicación ahora a Cristo por el procedimiento de «traslación» hace ver su divinidad. San Pablo, en Filipenses, después de decir que Cristo es Dios, lo proclama, en síntesis, como el Kúrios (2,11). Es la expresión con la que la primitiva comunidad cristiana profesaba la divinidad de Cristo. San Pedro, después de decir de El que está sentado en los cielos a «la diestra de Dios», dice que Dios lo hizo «Señor y Cristo» (Act 2,34-36).

         Había allí unos pastores. Belén es un oasis en aquella región desértica; unos pastores «acampados» «estaban velando las vigilias de la noche sobre sus rebaños». Al modo militar, los judíos dividían la noche en cuatro vigilias. Eran pastores trashumantes. Los pastores no gozaban de buena fama, se los tenía por «ladro­nes». De improviso, se les apareció «un ángel, la gloria del Señor» los rodeó iluminándolos». Es una teo­fanía; sensibili­za la presencia de Dios en forma de una nube (Ex 16,10-20; Núm 14,10) Ellos «temieron grandemente»; es ese temor que hiela ante la presencia de Dios. El anuncio del ángel es el Evangelio: la Buena Nueva Mesiánica, «para todo el pueblo». «Hoy os ha nacido en la ciudad de David», Belén, donde se­gún Miqueas (5,2), había de nacer el Mesías, al que reconoceréis, en que lo hallaréis envuelto en pobres pañales y recostado en el pesebre de un establo; no en un palacio, no envuelto en riquezas, no en la ostentación y el poder.          La señal es la pobreza y la paz. Este ha de ser el distintivo del cristiano: irradiar la gloria a Dios y la paz en la tierra a los hombres todos, llevando el amor a Dios y al prójimo.

        

 

                                                        Camilo Valverde Mudarra

                                              

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:15
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