Mi?rcoles, 11 de noviembre de 2009

Mi reino no es de este mundo



Domingo XXXIV. T. Ordinario. Ciclo B
Dn 7,13-14; Sal 92,1-5; Ap 1,5-8; Jn 18,33-37

 

En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús: ¿Eres tú el rey de los judíos? Jesús le contestó: ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí? Pilato replicó: ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí: ¿Qué has hecho? Jesús le contestó: Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.

Pilato le dijo: Conque, ¿tú eres rey? Jesús le contestó: Tú lo dices: Soy Rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz.

 

LA FIESTA DE CRISTO REY

          Fue Pío XI quien instituyó, en el año 1925, esta solemnidad como recuerdo de aquel Año Santo y con la voluntad explícita de que fuera una ayuda catequética para la pedagogía de la fe. Con la misma intención la reforma litúrgica situó esta solemnidad en el último domingo del ciclo litúrgico anual. Así, en efecto, se subraya más la naturaleza, la universalidad y el fundamento de la realeza de Cristo.

          El día primitivo de la solemnidad de Cristo Rey era el domingo entre el Domund y Todos los Santos; la predicación de la fe por todo el mundo preparaba este "reino", y la gloria de los santos era su culminación. Este año, en el ciclo B, el evangelio es el primitivo de la fiesta, precisamente el texto más propio de la solemnidad, el diálogo entre Jesús y Pilato. Es la afirmación de Jesús lo que decide esta elección: "Tú lo dices: soy rey"; Cristo se proclama Rey, Señor de todo, "Pantocrator", instaurador y plenitud de un Reino.  

          Ahora sabemos cuál es la verdad de la que Jesús ha venido a dar testimonio, y el modo cómo lo ha dado: la verdad del amor, la verdad de la liberación del hombre en su totalidad personal, la verdad de la transformación del hombre por la comunión con Cristo; y el modo cómo ha dado testimonio: "por su sangre".

Como último domingo del ciclo, es adecuado para hoy subrayar uno de los grandes temas del evangelio de Marcos: "el Evangelio, que es Jesús el Mesías, Hijo de Dios". En el fondo, la afirmación de Jesús ante Pilato coincide con este inicio de Marcos. La realeza de Jesús no le viene de una elección popular, ni de una sucesión dinástica, sino de su condición de Hijo de Dios, hecho hombre y salvador de los hombres, llamados a ser, en el Espíritu, hijos en el Hijo.




          La primera lectura del libro del libro de Daniel
expone otra de las visiones fantásticas de este Profeta; es la que mayor trascendencia ha tenido en la historia de salvación. Para entender el relato litúrgico de hoy conviene leer íntegramente la visión de las cuatro fieras (67,1-28).

          La visión de Dn 7 quiere infundir al pueblo, en plena persecución, una esperanza de salvación, no ya en la línea del mesianismo davídico, sino en un plano trascendente. Se trata de una reflexión teológica de altos vuelos sobre la historia. Las cuatro bestias que Daniel ha contemplado en su sueño representan los cuatro grandes imperios que hasta entonces se han sucedido en la hegemonía mundial: babilonios, medos, persas y griegos. La visión presenta un claro paralelismo con la de la estatua que vio Nabucodonosor (Dn 2), formada con cuatro materiales distintos. En ambas visiones hay una fuerte crítica de los poderes temporales. Los judíos piadosos se encuentran oprimidos por un soberano despótico, que no teme a Dios ni a los hombres.

          Los poderes políticos se presentan en esta visión bajo la forma de cuatro bestias que ascienden del abismo de los mares. Todas ellas son juzgadas y condenadas por el Anciano que está sentado en un trono "con ruedas de fuego ardiente" y, acto seguido, aniquiladas. Después aparece viniendo sobre las nubes, algo así como la figura de un hombre (o "hijo del hombre"), que recibe del Anciano el poder y el honor, el reino sobre todas las naciones. El Anciano es el Dios, Señor de la historia; el "hijo del Hombre" es el "pueblo de los santos del Altísimo". Sin embargo, de la misma manera que cada una de las bestias representa un imperio o su monarca, así también el "hijo del hombre" puede representar al rey del "pueblo de los santos", de ahí que "Hijo del Hombre" se entienda más tarde como un título del Mesías Prometido. Así, Jesús interpreta el símbolo en este sentido y se llama a sí mismo el "Hijo del Hombre" que está sentado a la diestra de Dios y ha de venir sobre las nubes del cielo (Mt 26,64; Hech 7,56; Ap 1,7; etc.).

          Los relatos apocalípticos pretenden des-velar o revelar (=apocalipsis) el sentido profundo de los acontecimientos históricos mundiales de forma esquematizada y ficticia; esos esquemas, no forman cuadros históricos completos  y la ficción es recurso del autor para ocultarse y salvar su integridad en momentos difíciles y por eso, usa diversas alegorías que debemos conocer para captar el mensaje.

          El libro de Daniel fue escrito durante la persecución de Antioco Epifanes y la insurrección de los Macabeos. La intención de su autor es levantar la esperanza y mantener la fe de un pueblo que lucha contra el tirano; por eso interpreta los acontecimientos pasados y presentes a la luz del reinado de Dios que viene: los grandes imperios se desmoronan y los poderosos comparecen ante el trono de Dios para ser juzgados y Dios establece su reinado sobre todos los pueblos. He aquí el sentido profundo y principal del sueño de la estatua con los pies de barro (2,31-45) y de la visión nocturna de las cuatro bestias (c.7), de donde ha sido tomado el presente texto.

          Aunque el texto no es mesiánico, autores posteriores vieron un símbolo del  el Mesías y del Anticristo en el pueblo de los santos y en el cuerno; igual que el Mesías concentra en sí el pueblo elegido, de la misma manera el cuerno es símbolo de toda violencia y brutalidad humana; así dice San Pedro explícitamente:«Sois linaje elegido, sacerdocio real, nación consagrada» (1 Pe 2,9), pues es Jesús, Hijo de hombre, quien sintetiza y causa la santidad del pueblo escogido.

 

 

          La segunda lectura del libro del Apocalipsis (1,5-8), centrada hoy en los primeros versículos, trata de la victoria final tras la persecución de los judíos y la de "todos los pueblos de la tierra", fundamentada en Jesucristo, que es "el Príncipe de los reyes de la tierra" y aquél que cumple la profecía de Dan 7 (cf.1 lectura) y "viene en las nubes". La visión de Dn 7 encuentra su plena interpretación cristiana en Ap 13: el Imperio Romano es presentado bajo el simbolismo de una bestia que al propio tiempo recapitula las cuatro que viera Daniel.

          El Apocalipsis es una "epístola" o "encíclica", dirigida a las siete iglesias del Asia Menor, y a las iglesias cristianas de todos los tiempos, ya que la cifra siete es el símbolo de la plenitud, que comienza invocando sobre ellas el nombre de Dios, Padre, el Espíritu y Jesucristo. El Apocalipsis va dirigido a cristianos que empiezan a sufrir por su fe. Cristo es "el servidor y el testigo de Dios y del Padre". No hay que olvidar que mártir significa testigo y equivalente a "Señor".

          El saludo une dos deseos profundos: la gracia (griego) y la paz (hebreo). Los dos son dones de Dios, llamado aquí "el que es, era y viene". Los "siete espíritus" designan al espíritu perfecto, el Espíritu Santo. Jesucristo es la tercera persona nombrada. Es presentado como "testigo fiel" de los misterios de Dios, pues selló con su sangre el Evangelio que había predicado; el resucitado, el rey todopoderoso; "primogénito", o primer nacido de entre los muertos (1 Cor 15,20; Col 1,18), que resucita para no volver a morir (Rm 6,9), y "Príncipe" (Rey de reyes) que está sentado a la diestra del Padre y vendrá a juzgar sobre las nubes y otros tantos dones que nos vienen de Dios por Jesucristo: el amor que se ha manifestado en Jesucristo a todos los hombres (cfr. Gàl 2,20), la redención en la que el amor llega a su plenitud (5,9; Gál 3,13) y la gran dignidad de reyes y sacerdotes que concede a los que ha redimido. Ya Israel había sido llamado para constituir un pueblo de reyes y sacerdotes (Ex 19,6), pero es por obra y gracia de Jesucristo como se cumple esta vocación en el nuevo pueblo de Dios (5,10; 20,6; 22,5; 1 Pe 2,5.9).          Como todos estos dones vienen en definitiva de Dios, el autor concluye con una doxología al Padre. Una proclamación solemne cierra este saludo de parte de Dios Padre, del Espíritu y de Cristo. La memoria de la obra salvadora de Dios en Jesucristo levanta la esperanza y abre los ojos hacia la venturosa venida del Señor al fin de los tiempos, como Juez y Señor y sus propios enemigos lo verán y se lamentarán sin remedio (cfr. Mt 24,30). se manifestará en Jesucristo, Señor, el misterio de Dios y todo quedará patente y descifrado. Entonces veremos que Dios es todo en todos.

 

 

              La lectura del santo Evangelio, según San Juan (18,33-37), contiene la conversación de una grandeza patética, de Pilato con Jesús; la proclamación del sentido del reino y la realeza de Jesucristo.

          Las tres lecturas de esta fiesta coinciden en distinguir netamente el Reino de Dios de todo proyecto político; es un Reino de otro orden y no se puede confundir con ningún proyecto temporal. Los judíos, enemigos de Jesús en el lenguaje de Juan, han resuelto acabar con el Nazareno; sabiendo que a Pilato sólo le interesaba lo político, tergiversan el sentido de la realeza mesiánica tal y como la entendía Jesús y le obligan a intervenir. Muchos acusaron ante Pilato a Jesús de lo que no era, un rey político, y muchos lo hicieron por despecho, pues eso era lo que deseaban que fuera efectivamente y Jesús se resistió, decepcionando al pueblo. La pregunta inicial de Pilato se refiere a la acusación con que los judíos lo habían presentado: se dice "rey de los judíos", es un caudillo nacionalista contrario a la opresión romana; la respuesta de Jesús, al afirmar que su realeza "no es de este mundo", no sólo niega todo afán de gobierno nacionalista, sino que niega también todo planteamiento de dominio espiritual a partir de la fe de Israel: su realeza "no es de aquí", pertenece radicalmente a otro orden, diferente de todo lo que se podría deducir del puro análisis de la realidad israelita y humana en general. Pilato que se ve envuelto en la causa, lo somete a interrogatorio, su pregunta supone la acusación, expresamente mencionada por Lucas (Lc 23,2), de que este Jesús se hacía llamar "Cristo Rey" (o Rey Mesías) y soliviantaba al pueblo. Con la sola excepción del pasaje de la adoración de los Magos (Mt 2,2), el título de "Rey de los judíos" aplicado a Jesús aparece únicamente en conexión con su proceso.          Obsérvese que "Rey de los judíos" es propiamente la versión política del título mesiánico "Rey de Israel". Y fue necesario que Jesús muriera por esa falsa acusación para que se mostrara al mundo su verdad: que es rey pero no como los reyes de este mundo. El proceso de Jesús y el motivo formal de su condena se puede resumir en que fue declarado por la autoridad romana como reo de un delito político: por haberse hecho rey de los judíos; y que tanto los acusadores como el juez de este proceso sabían perfectamente que esta acusación era falsa, porque la realeza que Jesús proclamaba no se interfería con la del César.

          La principal diferencia entre Jesús y Barrabás no es que el primero fuese un ciudadano honrado y el segundo un facineroso, sino que aquel proclamaba un reino de paz y éste quería imponer el suyo por medio de la violencia. Barrabás no es un delincuente común, sino un guerrillero (un zelote); por eso Pilato habría preferido retenerlo, como políticamente peligroso, y liberar a Jesús, inofensivo para el Imperio, y por eso el pueblo pide la amnistía de Barrabás y la crucifixión de Jesús, porque prefiere el líder nacionalista al maestro religioso.

          La perícopa se concreta en las últimas palabras de Jesús: Él es rey, y esto significa que él es testigo de la verdad, y ser testigo de la verdad quiere decir presentar totalmente, con su palabra y su acción, lo que realmente es la verdad absoluta; es decir, revelar con su presencia en el mundo, en qué consiste el plan de Dios, la voluntad de Dios a propósito de la vida de los hombres; en definitiva, significa presentarse a sí mismo, vivir plenamente su fidelidad al Amor hasta la muerte; y, de este modo, ser rey es convertirse para los hombres en la imagen que hay que seguir, ser "la voz que hay que escuchar" por parte de "todos los que son de la verdad".

          El cuarto evangelio da por hecho que el proceso judío de Jesús ha empezado con su vida pública; en cambio, en el proceso romano iniciado con el diálogo entre Jesús y Pilato sobre la realeza, queda claro que, si Pilato, oportunista, lo condena, no es por haberlo encontrado convicto ni confeso del delito, porque la realeza en el sentido judío bíblico era algo distinto de la realeza en sentido romano político. Su fuerza consistirá, en ser testigo de la verdad con su propia sangre y sus súbditos "los que son de la verdad" y "escuchan su voz".

          El evangelista Juan es consciente de la ironía que envuelve todo el proceso de Jesús, de la tremenda verdad que se manifiesta en la farsa; pero este rey escarnecido por los romanos y rechazado por los judíos es, para Juan y para los creyentes, el verdadero rey que ha sido "exaltado" en la cruz y glorificado por el Padre. Jesús es rey y el "Testigo fiel", el que sirve la verdad por eso es rey e incluso la Verdad misma. "¿Qué es la verdad?", y deja a Jesús sin esperar respuesta. Pilato renuncia a la verdad, después se lava las manos y afirma que es inocente (Mt 27,24). Es el Reino del amor y de la verdad, Reino de amor a Dios y a los hermanos.

                                                                                                           Camilo Valverde Mudarra



Publicado por CamiloVMUDARRA @ 20:12
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