Mi?rcoles, 11 de noviembre de 2009

Domingo XXXIII. T. Ordinario. Ciclo B
Dn 12,1-3; Sal 15,5.8-11; Hb 10,11-14; Mc 13,24-32

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: En aquellos días, después de una gran tribulación, el sol se hará tinieblas, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo, los ejércitos celestes temblarán. Entonces verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo.

Aprended lo que os enseña la higuera: Cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, sabéis que la primavera está cerca; pues cuando veáis vosotros suceder esto, sabed que él está cerca, a la puerta. Os aseguro que no pasará esta generación antes que todo se cumpla. El cielo y la tierra pasarán, mis palabras no pasarán. El día y la hora nadie lo sabe, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, sólo el Padre.

 

 

          La primera lectura del libro del Profeta Daniel (12,1-3), refleja un texto escrito seguramente en tiempos difíciles para Israel, tiempos de persecución y resistencia, concretamente los comentaristas actuales sitúan su redacción entre los años 167 y 164 a C., durante la dominación de Antíoco Epífanes y antes de la victoria de los Macabeos. ; sobre los hechos inmediatos, el autor interpreta la historia como una lucha en la que Dios toma parte en favor de su pueblo y en contra de los dominadores de turno. Con esto trata de levantar la esperanza de los justos y abrir una brecha a través de los gruesos muros de la angustiosa realidad presente. Por el género utilizado y el objetivo que persigue, se trata de un libro en cierta manera parecido el Apocalipsis del NT.

          En los dos capítulos anteriores se han descrito los acontecimientos históricos desde la perspectiva escatológica, esto es, teniendo en cuenta el desenlace final; así, los versículos de hoy constituyen la conclusión del relato y de su interpretación, anuncian cómo todo llegará a un nuevo punto culminante y decisivo, en el que Israel será protagonista y vencedor, y se cumplirán los planes de Dios, que es lo que indica, al aludir a la victoria del arcángel San Miguel, que es el ángel custodio del pueblo de Dios y la personificación de la especial providencia divina en favor de Israel. El profeta ve en los mártires de su tiempo la señal de la victoria, descubre la situación extrema que precede a la salvación del pueblo que ha resistido en la fe. Este es "el libro de la vida" (Ex 32, 32; Sal 69, 29; Flp 4, 3; Ap 3, 5). Se trata de una imagen utilizada para expresar que Dios conoce a los suyos y los protege hasta el final.

          No hay en todo el Antiguo Testamento, si exceptuamos el texto de Is 26, 19, ningún otro lugar en el que se hable tan claramente de la resurrección de los muertos que "duermen en el polvo". Aunque se dice que "despertarán" (esto es, resucitarán) "muchos", esta palabra quiere decir con frecuencia "todos", y éste parece aquí su sentido. Se trata de una resurrección individual, no universal: Daniel parece mencionar sólo a los caídos durante la última persecución. La resurrección es para nuestro autor un postulado de la justicia divina, que no puede dejar sin premio a los mártires y sin castigo a sus verdugos (cfr. 2 Mac 7, 14). La fe en la resurrección de los muertos aparece tardíamente en el credo de Israel. Con todo, el autor del Génesis intuye esa verdad de fe el plantear la pregunta: "¿Acaso el juez de toda la tierra no va a hacer justicia?" (Gn 18, 25), a la que responde claramente Daniel en este pasaje.los resucitados, participantes del reino mesiánico eterno, gozando de la futura felicidad, serán los "sabios", no quienes se lo creyeron con la sabiduría de este mundo  y los compara con las estrellas del firmamento. A la misma comparación estelar acudirá Pablo para contrastar la diferencia entre los escogidos, lo que nos lleva a las puertas del Apocalipsis o Revelación plena en Cristo.

          No falta una palabra de esperanza y una promesa para los "sabios", esto es, para los que enseñan a practicar y no sólo a conocer lo que es justo a los ojos de Dios. Hay para ellos reservada una gloria especial e imperecedera; se instaura el nuevo reino de Dios de paz y felicidad, para los que se han convertido y predican con éxito la conversión... Convertir es en hebreo devolver al estado de justicia.

 

              La segunda lectura de la carta a los Hebreos (9,24-28), versa sobre el  tema general de que el sacrificio de Cristo es causa de una salvación eterna. En este texto, se aborda globalmente, que la obra de Jesús es definitiva y perpetua; después de haber ofrecido su sacrificio, conduce a su perfección a los que ha santificado (Heb 1O,11-18)

          Las consideraciones sobre el ministerio de Jesús como sumo sacerdote se acercan rápidamente a su fin y cada vez aparece más claro adonde quiere llegar la carta. La Muerte y Resurrección de Jesús han cambiado radicalmente el posible destino humano de cómo habría sido sin esta intervención de Dios. El texto habla de la muerte y de la exaltación de Cristo, o sea, la Resurrección y sus consecuencias. El perdón es independiente de una ofrenda cúltica, ritual, es obra del amor gratuito de Dios, es aceptación y exaltación de la condición humana. Cristo está sentado para siempre, seguro de su triunfo sobre todo mal, el perdón ha sido obtenido una vez por todas y para todos los pecados, y Dios nos atestigua que después de la muerte de Cristo ya no se acuerda más de nuestros pecados, donde abunda el pecado, sobreabunda el amor. El Señor nos introduce en la religión interior, fundada en la confianza filial y no en el temor, no debemos, pues, considerar nuestra miseria como una carga implacable. Un cristiano no cree en el pecado, sino en la victoria de Cristo sobre el pecado.

          Jesucristo, con su muerte en la cruz, procuró a todos los suyos la salvación definitiva y Él mismo llegó a su meta celestial y ahora, compartiendo el trono con el Padre, sólo tiene que aguardar en paz a que, como lo expresa el autor con una cita del salmo, 110, 1 "sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies" -la tarima cubierta con alfombra sobre la cual se coloca el trono real.

          La carta no da tanta importancia a los acontecimientos dramáticos que se irán sucediendo hasta el final de los tiempos. El acontecimiento decisivo ha tenido ya lugar; la muerte de Cristo y su entronización en el santuario celeste a la derecha del Padre. Todo lo que pueda venir después en nuestra vida y en la vida del mundo, debemos aguardarlo los cristianos con la mayor tranquilidad y sosiego, porque también nosotros hemos alcanzado con Cristo la "consumación" o perfección. Ya tenemos abierto el camino que conduce al lugar santísimo de Dios. Cierto que todavía no hemos ocupado un puesto, como ya lo ha hecho Cristo, y todavía corremos peligro de recaer en el pecado y en la infidelidad. Porque el tiempo, nuestra vida, es el lugar de la siembra en la que debe ir creciendo la Palabra salvadora hasta la cosecha final.

 

 

          Lectura del santo Evangelio según San Marcos 13,24-32, cuyo contenido, más allá del lenguaje de las imágenes, lo constituyen estos elementos: El triunfo del Hijo del Hombre, que parece ahora ser desmentido por la historia, será visible a todos; será inesperado; el juicio; la reunión de todos los elegidos en la gran familia de Dios, que, en efecto, tiene un plan de hermandad universal.

El significado más obvio de "escatología" es el de un discurso sobre las realidades últimas y definitivas; se trata de realidades que están más allá de la historia, pero que se van preparando dentro de la historia; la escatología bíblica, pues, es un discurso sobre la historia, un modo de leerla y de asumirla.

          La mirada del creyente, animado por la fe evangélica, lejos de encerrarse en el futuro divisa simultáneamente el presente y el porvenir. En la sorprendente perspectiva bíblica, el futuro, la revelación, ofreciendo un criterio de opción y de valorización, hace importante el "presente", la atención se dirige al presente; el futuro ofrece un criterio de orientación en el presente, pero es en el tiempo presente donde se juega el futuro. Esta es la posición frente a Jesús: él es el Hijo del Hombre que habrá de volver, pero lo decisivo es la actitud que hoy asumimos frente a su anuncio.

          El punto más original del mensaje bíblico y del profético en particular es el concepto de que la historia va caminando hacia un último término bajo la dirección de Dios; la concepción griega, por el contrario, es sustancialmente cíclica; la convicción de que Dios conduce la historia hacia una salvación indestructible está ya presente en los orígenes de la fe hebrea, ahí, arraigan los gérmenes de su desarrollo sucesivo, incluida la exigencia de que esta salvación se halla más allá de la historia, en la comunión con Dios. Así, la esperanza que acompañó a Israel y más tarde a la comunidad cristiana es el encuentro entre la promesa de Dios y la situación actual, siempre llena de desilusiones, que continuamente parece desmentir la promesa y retrasarla.

          Esto que hemos dicho corresponde sustancialmente a la visión escatológica de los profetas, una visión grandiosa y sobria al mismo tiempo, sin intento alguno de penetrar en los secretos de Dios y sin ceder a la curiosidad del "cuándo" y del "cómo"; pero esta "sobriedad" parece que cambió en el último período postexílico, cuando se desarrolló en el judaísmo una vasta literatura llamada "apocalíptica"; son tiempos difíciles, de persecución, y parece inútil la fidelidad de los buenos; se necesita un consuelo, que se encuentra en la confianza inquebrantable de que al final de los tiempos se realizará el juicio de Dios y cambiará la situación gracias a una intervención de Dios. El lenguaje de esta literatura es típico: describe los últimos tiempos, inmersos en guerras y divisiones, terremotos y carestía, catástrofes cósmicas (el sol y la luna se oscurecerán y las estrellas caerán), todo ello bajo el signo de una tremenda imprevisión por parte de los hombres, lo mismo que se presentan de pronto los dolores de parto en la mujer; y así, este lenguaje se ve ampliamente presente en el discurso de San Marcos, que no es más que el medio expresivo que utiliza para comunicárnoslo, y, por supuesto, no se pueden entender de ninguna forma estas expresiones al pie de la letra.

          Se debe aclarar todavía un punto: la vuelta del Hijo del hombre en poder y majestad no significa, de ningún modo, que Dios, al final, abandona el camino del amor para sustituirlo por el de la fuerza; si así fuera, la cruz dejaría de ser el centro del plan de la salvación y el mismo comportamiento de Dios acabaría dándoles la razón a todos los que afirman que el amor es inútil, incapaz de conseguir su finalidad; ¡sólo la fuerza es eficaz! Pero se equivocan; la vuelta del Hijo del Hombre será el triunfo del Crucificado (Mc 14,61-62), la demostración de que el amor es poderoso, victorioso.

          En el texto de hoy, Jesús responde a los Apóstoles sobre cuándo sucederá esa "gran tribulación". Jesús invitándoles más bien a tomar conciencia del difícil futuro que como discípulos les espera, señala, y ésta es la peculiar aportación del texto, que esta situación de dificultad, que no va a durar indefinidamente, dará lugar a la reunión de los elegidos dispersos por el mundo, con la que terminan las penalidades de los elegidos, este es el punto culminante y razón de ser de los fenómenos cósmicos y de la llegada del Hijo del hombre.

          En una obra literaria el espacio y el tiempo son creados por el autor; también este texto hay que verlo a la luz de la muerte-resurrección de Jesús, que representan para Marcos el final de un mundo y el comienzo de otro nuevo y bueno. En la literatura judía anterior y contemporánea de Marcos la esperanza en un futuro mejor había adquirido relevancia especial revestida de tintes apocalípticos, es decir, de imágenes sombrías y grandes cataclismos de la naturaleza cargadas de sentido metafórico, es decir, que la verdad no está en lo que afirman sino en lo que traslucen: la esperanza en un futuro mejor. Así, San Marcos usa este lenguaje metafórico, no para anunciar la crónica de un futuro, sino para formular una esperanza de novedad y de bondad, esperanza que se realiza en la resurrección de Jesús, que pone fin a la dificultad y a la tribulación, representadas por la muerte de Jesús. Con este esquema, modelo o paradigma es con el que Marcos habla del fin del mundo y de la llegada gloriosa del Hijo del Hombre, a fin de que los discípulos tengan la certeza de que la penalidad que tendrán que padecer será pasajera. La resurrección de Jesús es la garantía del final de sus penalidades y de su dispersión.

                                                                       Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 20:04
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios