Mi?rcoles, 21 de octubre de 2009

Domingo XXXII T. Ordinario. Ciclo B
1Re 17,10-16; Sal 145,7-10; Hb 9,24-28; Mc 12, 38-44

 

En aquel tiempo Jesús a la multitud le decía: ¡Cuidado con los letrados! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en la plaza, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas con pretexto de largos rezos. Esos recibirán una sentencia más rigurosa.

Estando Jesús sentado enfrente del cepillo del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban en cantidad; se acercó una viuda pobre y echó dos reales. Llamando a sus discípulos les dijo: Os aseguro que esa pobre viuda ha echado en el cepillo más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero ésta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir.

 

La primera lectura del libro del libro de Reyes presenta, durante la crisis del siglo sexto a. C., a Elías como enviado de Dios para amonestar al pueblo; en este capítulo 17, no sintiéndose seguro en su propia patria, tiene que tomar el camino del exilio. No hay nadie de su pueblo que le ayude, sólo una viuda, pagana y pobre, comparte con él lo poco que le queda. El texto subraya que Dios, presente en la historia humana, puede salvar en las ocasiones más difíciles por medio de instrumentos débiles e inesperados. Cuando Israel no responde, Yahvé acude a los paganos.

En la historia del libro de los Reyes el reinado de Acab o Ajab representa un paso adelante en la perversión de los soberanos que acumulaban la indignación del Señor sobre el pueblo de Israel. Ajab, rey de Israel (875-854), se casó con Jezabel, hija de Ittobal, rey de Tiro y Sidón y sacerdote de Astarté (1 Re 16, 31). Y así vino a caer Israel bajo la influencia cultural y religiosa de los fenicios. La realeza de Israel del Norte tenía su origen en la oposición al reinado paganizante de Salomón, organizado sobre modelos de inspiración fenicia y egipcia, no sorprende que tome el poder la dinastía de Omrí, más paganizante todavía que Salomón. Los profetas de Yahvé fueron sus víctimas incómodas por ser incorruptibles, por la fidelidad a su Dios y por su respeto a los derechos del pueblo. Frente a este poder, Elías se levanta solo, humanamente indefenso, pero con toda la fuerza de la palabra de Dios y de la fe. Los episodios de su vida, adornados por la leyenda popular, están llenos de sentido. El rey lo persigue, y, en este duelo, tras sufrimiento y desamparo, el profeta triunfará. Así lo decía Jesús cuando veía en los sufrimientos de Elías un anuncio de los de Juan Bautista y de sí mismo (Mt 17,11-13). Esta es también la condición de los cristianos frente a los poderes paganos de todos los tiempos.

Los relatos sobre Elías vienen a suscitar la conciencia de los que viven un tiempo de crisis y, a la vez, afirmar que Dios actúa en la historia. La viuda de Sarepta, una pequeña población situada al sur de Sidón (Fenicia), pertenece al Señor de Israel; su situación económica y la de su hijo es extrema: se preparan para la última comida antes de recibir la muerte. El profeta exige un acto de fe radical y un acto de caridad extrema; ellos le dan lo único que tienen. La reacción humana lógica sería el despedir a Elías. La fe de esta mujer y el don de lo poco que tiene obran el milagro: la viuda y su hijo encontrarán el alimento diario a pesar de la gran sequía. Elías es el profeta de Dios y su palabra se cumple: “la orza de harina no se vaciará, la alcuza de aceite no se agotará...” Esta actitud heroica será recordada por Jesús en Lc. 4, 24. La mujer acepta, hace la apuesta y arriesga todo lo que tiene; cree en la palabra de Dios y recibe al profeta que la anuncia. Dios premia la hospitalidad de esta pobre viuda y manifiesta que es el único Dios que puede salvar precisamente en el país de donde había salido el paganismo que imperaba en Israel. Siglos más tarde, Jesús recordará con amor el gesto de esta mujer extranjera que fue preferida por Dios por encima de todas las viudas de Israel (Lc 4, 25 s).

 

Tras la figura del profeta, actúa el propio Dios. El hombre de hoy ve en el mundo, de manera clara, no la huella de Dios, sino la impronta del hombre; los éxitos técnicos le fascinan y ante su fracaso no se siente llamado a orar y pedir la ayuda de Dios, sino a redoblar su compromiso y esfuerzo con los ídolos. Esta problemática teológica no es algo pasajero, sino fruto de la actitud fundamental del pensamiento moderno. Se habla de ausencia de Dios, pero, fundamentalmente, Dios es el Señor de la historia, que permanece en el misterio y con frecuencia es difícil descubrir sus huellas, porque, además de la historia, hay otros factores: la libertad del hombre y el poder del mal que esconden los rasgos de Dios, pero no por eso deja de actuar en la historia.

El gran defensor de la fe en el Dios de Israel es el profeta Elías, para Elías sólo el Dios de Israel puede cuidar y salvar al hombre; sólo a Dios se le debe rendir culto y adoración, sólo en la obediencia a la palabra profética será posible la continuidad de la verdadera historia del pueblo.

 

La segunda lectura de la carta a los Hebreos (9,24-28), versa sobre el sacerdocio de Cristo como algo distinto y superior al sacerdocio del A.T. La obra de los hombres es muy diferente a la de Dios; el templo de Jerusalén, construido por los hombres, es una pálida imagen del verdadero templo de Dios; el sacerdocio de Cristo es distinto y muy superior a cualquier otro sacerdocio. Pues sólo Cristo penetra en el cielo y oficia delante del mismo Dios. Cristo, mediador de la Nueva Alianza, es el camino eficaz para hacer que el hombre tenga acceso a Dios y alcance la verdadera comunión con Dios.

Y si Dios recibe a Cristo en su propia casa y Cristo intercede por nosotros, es claro que Dios no es ya para los hombres inaccesible. Por Cristo, que es nuestro mediador, tenemos abierto el acceso a la casa del Padre.

Con todas estas imágenes tomadas del culto y de la vida religiosa, el autor indica, que, por medio de Jesucristo, Dios se reconcilia con los hombres y los hombres entran en una nueva relación con Dios. El Altísimo es ahora Nuestro Padre, Dios se acerca a los hombres y los hombres son hijos de Dios por Jesucristo. La Nueva Alianza de la que Cristo es mediador es una alianza eterna, no solo por interminable, sino porque pertenece a la eternidad del santuario celestial, única realidad. El que se ofrece a sí mismo no puede ofrecerse más que una sola vez, pues lo da todo de una vez por todas; en cambio, el que ofrece "sangre ajena" no acaba nunca de hacer sacrificios. Por otra parte, el que ofrece sangre ajena no compromete su persona inmediatamente en el sacrificio y puede caer con facilidad en un ritualismo vacío. Este fue el caso del sacerdote antiguo.

Cristo se ofrece a sí mismo, una sola vez y de verdad. "Cristo se ha ofrecido una sola vez para quitar los pecados de todos. La segunda vez aparecerá sin ninguna relación al pecado, para salvar definitivamente a los que lo esperan". Cristo vendrá otra vez a introducir a su pueblo en el gozo definitivo y eterno de los bienes que su sacrificio nos proporciona. Por eso el sacrificio de Cristo es más que suficiente para acabar con el pecado y constituye el momento culminante de toda la historia; él confirma y ratifica la voluntad de Dios con su propia muerte; es el testador y el ejecutor del testamento; es también la víctima sacrificial que era necesaria en toda alianza en orden a confirmarla. Víctima sacrificial de la alianza, mediador y garante de la misma.

Así pues, la misa no es una repetición del único sacrificio de Cristo, sino más bien su actualización, su representación; es el mismo sacrificio de Cristo hecho presente en la fe y para la fe de la Iglesia; de modo que los cristianos podemos asociarnos al sacrificio de Cristo, de comprometernos con él en su entrega a Dios por todos los hombres. Esta ofrenda única y de valor infinito del sacrificio de Cristo no significa que la celebración eucarística no sea un verdadero sacrificio. La voluntad del propio Cristo es que lo ofrezcamos "en memoria suya", cosa que no quiere decir "como un recuerdo espiritual", sino actualizando el único sacrificio que él ofreció.

Dios ha establecido que el hombre muera una sola vez. Esto da seriedad a nuestras vidas y nos carga de responsabilidad. El que hace de su vida una entrega a Dios y a los hijos de Dios, un sacrificio, no puede dar más de sí y no se le va a pedir más. Pero el que no entrega su vida la pierde sin que pueda recuperarla. También Cristo murió una sola vez, como todos los hombres, y Cristo cumplió de una vez por todas, haciendo de su vida un único sacrificio válido para siempre. Y así alcanzó el perdón para todos los hombres que creen en él; creer en Jesucristo es vivir y morir como Jesucristo. En nuestra vida, hemos de ir venciendo todo pecado y egoísmo en nuestro corazón; desechar todo lo que pertenece al tiempo, lo caduco y pasajero, lo que queda aún del hombre viejo en cada cristiano. Jesús no volverá para comenzar de nuevo, esto es, para volver a morir y alcanzar otra vez el perdón. Jesús volverá, para salvar definitivamente a cuantos han creído en el perdón que ya nos ha sido concedido.

 

La lectura del Santo Evangelio según San Marcos (12,38-44) relata dos escenas de los últimos días de la vida de Jesús, en Jerusalén, que, aquí presentadas unidas y haciendo referencia a las viudas, tienen un cierto sentido de resumen de aspectos importantes de la enseñanza y de la actuación de Jesús.

La primera escena refleja la conocida tensión que hubo entre Jesús y los escribas, probablemente amplificada en las polémicas y los duros enfrentamientos entre la primera comunidad cristiana y el judaísmo. Jesús desaprueba y rechaza en la actuación de los escribas y letrados, el que exhiban su conocimiento de la voluntad de Dios y su piedad; son hombres de muchas leyes y largos rezos, pero, explotadores sin escrúpulo de las pobres viudas; haciendo ostentación de su saber y de su piedad, con sus ropajes y asientos en las sinagogas, deslumbran a la gente sencilla de la que se lucran, estafan y enorgullecen y desprecian a los demás, porque, en definitiva, el extremo peor de todo esto es que algunos se aprovechan de ello y actúan contra aquellos que Dios más ama, los pobres. Por eso Jesús denuncia el engaño y abre los ojos a los incautos.

La segunda escena viene a resumir lo que Dios valora de la conducta humana. Acabada su enseñanza, el Maestro se marcha al atrio de las mujeres, en una de cuyas salas, la "sala del tesoro", había trece cepillos en donde se recogían las limosnas para el culto. Jesús observa en silencio el comportamiento de la gente, ve que algunos ricos echan grandes cantidades haciendo ostentación, Jesús no se deja impresionar. En cambio, se conmueve al ver pasar a una pobre viuda que sólo echa dos reales. Jesús observa y valora lo que da la viuda pobre; sobre todo, por el hecho de que aquella viuda "ha echado más que nadie", porque ha dado algo que era muy importante para ella, a diferencia de los ricos que daban de lo que les sobraba. Entonces llama a sus discípulos y comenta elogiosamente la conducta de la pobre viuda, pues ella ha echado todo lo que tenía para vivir, mientras los otros han tirado en el cepillo de lo que les sobra. Los que dan aquello que les sobra dan sólo dinero, incluso hacen a veces negocio con sus limosnas, pero, si uno da lo que le hace falta, da su medio de vida, esto es, da la vida. El verdadero sacrificio agradable a Dios no consiste en dar lo que tenemos, sino en dar nuestras propias vidas.

Actuando de esta manera y a semejanza de lo que hizo la viuda de la primera lectura, aquella mujer ha mostrado confiar absolutamente en Dios y ponerse totalmente en sus manos. Es lo mismo que Jesús hará en Getsemaní: aceptar la voluntad de Dios, confiando absolutamente en Él y poniéndose totalmente en sus manos. La ofrenda de la viuda es el cumplimiento del primer mandamiento; la viuda deja a Dios la preocupación de la vida; hace una elección clara entre Dios y la riqueza, porque confiar en Dios y amar a los hermanos es más importante que todas las cuestiones de dinero. Es el criterio fundamental para la vida de los discípulos de Jesús; es llegar a vivir libre en el reino de Dios. La viuda no pide ni espera ningún milagro, ni se contenta con recitar el primer mandamiento, sino que lo vive y lo practica; no sólo está cerca del reino (Mc 12,34), sino que está dentro; lo importante no es dar mucho o poco, sino darse a sí mismo. Jesús es el que lo da todo y se da a sí mismo; se ha entregado a sí mismo por los hombres.

La importancia de esta perícopa está en la toma de posición de Jesús frente a los representantes de la teología oficial de la sinagoga de Jerusalén. La parábola ataca la vanidad, la ambición y la descarada explotación que los escribas hacen de los socialmente débiles. Se hacen pagar las enseñanzas y oraciones. Marcos ofrece un cuadro a base de los contrastes entre Jesús y los escribas y fariseos; a la actuación interesada de los fariseos opone la actitud de la viuda que da todo lo que tiene y demuestra su total confianza en Dios.

 

 

                                                                  Camilo Valverde Mudarra

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 12:06
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