Domingo, 27 de septiembre de 2009

Domingo XXIV T. Ordinario. Ciclo B
Is 50,5-10; Sal 114,1-9; St 2,14-18; Mc 8,27-35

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de Cesarea de Felipe; por el camino preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que soy yo? Ellos le contestaron: Unos, Juan Bautista; otros, Elías, y otros, uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy? Pedro le contestó: Tú eres el Mesías. El les prohibió terminantemente decírselo a nadie.

Y empezó a instruirlos: El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días. Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo. Jesús se volvió y de cara a los discípulos increpó a Pedro: ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios! Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo: El que quiera venir conmigo, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Mirad, el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por el Evangelio, la salvará.

 

 

La primera lectura del profeta Isaías trae aquí el tercero de los Cantos del Siervo Paciente (50,4-11).

El “LIBRO DE LA CONSOLACIÓN” atribuido al Segundo Isaías, forma la segunda parte del libro de Isaías; las primeras palabras: Consolad, consolad a mi pueblo, han dado título a esta parte del Deuteroisaías. El fin del destierro es considerado, como la reconciliación de Yahvé con su pueblo, al que castigó sumergiéndolo en la noche de la oscura cautividad; la liberación aparece como la manifestación de la luz plena y alegre; la idea de consuelo domina y penetra estas profecías anuncio de restauración. La repetición enfática de consolad indica la certeza de la liberación en la mente del profeta, que intenta levantar los ánimos de los pusilánimes y apesadumbrados por tantas calamidades. Mensaje de perdón. La consolación del pueblo desterrado y la de Jerusalén, cuya suerte debía cambiar con la caída de Babilonia, es el objetivo de la actividad profética y el tema del libro.

         El gran "tema" del Segundo Isaías es justamente el del Siervo del Señor, que se encuentra en los cuatro cantos sobre este personaje misterioso, que padece y sufre vocacionado por Yahvé; esto representa una perspectiva completamente nueva en el Antiguo Testamento y en el mundo religioso. El sufrimiento es un camino hacia Dios, no solamente una realidad de la cual hay que pedir la liberación (como en los salmos). Los cuatro cánticos líricos, reseñando una línea teológica y doctrinal de gran profundidad y horizontes, introducen en una de las cimas culminantes de la revelación y de la teología del Antiguo Testamento; su gran novedad estriba en la misión ignominiosa, expiatoria del misterioso personaje, el Siervo de Yahvé, sin igual en todo el Antiguo Testamento, por la que alcanzará una recompensa gloriosa. El Siervo, es un personaje individual, que oye e ilumina, es justo y tiene una fe decidida y fuerte, su misión se extiende por igual a todas las naciones sin ningún matiz nacionalista. Es una salvación puramente espiritual y desprovista de todo matiz político. Viene a convertir al verdadero Dios las almas de buena voluntad, cualquiera que sea su nacionalidad.

El tercer cántico, que habla del sufrimiento y confianza del siervo, es, por su forma y fondo, una confesión al estilo de las de Jeremías; en concreto, se trata de un salmo profético de confianza. La misión del Siervo es descrita como una tarea profética. Is 50,4-9 es una declaración en primera persona de un personaje anónimo, que habla él, de sí y de su misión; aunque no se le llama Siervo su situación y destino coinciden, sin embargo, en diferentes aspectos con los del misterioso personaje que se entreveía en Is 42,1-7; 42,18-23 y 43,8-13.

         Este texto pone de relieve, más que los anteriores, que este personaje es plenamente consciente de su misión y de su destino, por ello, la insistencia sobre el "aprender", y "abrir el oído"; la suya es una lengua obediente, cuya actividad principal es animar a los desfallecidos; su oído está en permanente actitud de escucha de la revelación, que recibe de modo continuo. Está en constante diálogo con Dios, lo que le distingue de las experiencias de los profetas anteriores. Este profeta es presentado como víctima de expiación, mártir voluntario con entera obediencia a la voluntad de Dios y plena confianza en Él. La predicación del Siervo de Yahvé lleva el sello de la persecución y el sufrimiento.

         El Siervo sabe que debe enfrentarse, en un juicio, con sus enemigos; así lo sugiere el vocabulario judicial de Is 50,8-9a: defensor, denunciar, comparecer, domar, condenar, sabe que dispone de los medios necesarios para hacer frente a la situación y salir victorioso; pero sabe también, que no tendrá necesidad de utilizar esos medios (véase Is 54,17 y Mt 10,19-20). El señor mismo tomará a su cargo su defensa y él no se rebela a su destino.

         La imagen de Is 50,4-9 sugiere la de un prisionero que después de haber sido maltratado (Is 50,6) espera el momento del juicio. Por la mañana muy temprano (Is 50,4), se ha despertado con la seguridad de que Dios le ayuda y de que, por ello, será capaz de derrotar a sus enemigos. Espera ese momento con alegría, como un momento de triunfo propio y de glorificación de Dios. Le falta, sin embargo, todavía la experiencia final de los tribunales corrompidos, del triunfo de la injusticia, del silencio de Dios.

El pueblo de Sión ha de confiar en el Señor, como el Siervo confiaba y no ha sido defraudado. Is 50,10 puede tener el sentido de una exhortación: “temed, obedeced” y también de una proposición condicional normativa: “el que teme al Señor … aunque camine en tinieblas”… Es esta la actitud del Siervo. El versículo Is 50,11 se refiere a los enemigos de Sión o del Señor, que son víctimas de la violencia e injusticia que ellos han promovido.

 

 

La segunda lectura de la carta del Apóstol Santiago (2,14-18), intenta mostrar la íntima y necesaria vinculación entre la verdadera fe y las obras. Esta perícopa es una de las más importantes de la carta de Santiago, porque en el problema de la relación entre la fe y las obras, parece representar el contrapunto de la doctrina de San Pablo.

 Parece que entre sus lectores había quienes se gloriaban de su ortodoxia y descuidaban, en cambio, la buena conducta (la ortopraxis); eran cristianos que se contentaban con una fe teórica, que confesaban la fe con la boca, pero no la tenían en la vida práctica (cf. 1,22); a esos, les indica el autor con toda fuerza, que la fe manifiesta su efectividad en las obras de cada día. El autor propone la enseñanza de Jesús en Mt 7,21-27. Se trata de aprender aquí que la adhesión al mensaje de Jesús, a la fe, exige la colaboración efectiva con Dios en su designio de solucionar los problemas del hombre. Esta colaboración no se hace cumpliendo las obras de la ley, sino amando al prójimo como "hermano" (cf. 2,8s; Mt 25,34-36; Gál 6,6.13-26; 1 Cor 13,1-3; Col 3,14).

La fe es oír a Dios; el que cree, escucha a Dios, que quiere decir, para Santiago, hacer lo que Dios dice; creer es obedecer, según la etimología latina de la palabra "obediencia"; creer es andar con la verdad, según San Juan, y, en concreto, es cumplir, ante todo, el mandamiento del amor. Al acentuar la necesidad de la ortopraxis, el autor no hace otra cosa que recordar las palabras de Jesús: "No todo el que dice ¡Señor, Señor!, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre" (Mt 7,21). En esta misma carta, dice Santiago, que la religión verdadera, la auténtica fe, consiste en "visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos en este mundo" (1,27).

San Pablo, al criticar la doctrina de los fariseos sobre la salvación por la obras de la Ley, y al afirmar que la salvación está en la fe en Jesucristo (Gál 2,16), no se refiere a una fe de los labios, porque, para Pablo, creer es hacer la verdad que viene de Dios en Jesucristo para los hombres. Santiago ilustra lo que entiende por verdadera fe y muestra lo poco que sirve una fe sin obras, con un ejemplo sencillo y tremendamente realista; si las buenas palabras no resuelven nunca los problemas del prójimo, tampoco resuelve nada la fe sin obras; la fe es un principio de vida; la fe debe abarcar la vida y transformarla (v. 14; Gál 5,6); si la fe carece de obras no tiene vida, es una fe muerta; la fe exige obras, acción, amor realizador, auténtico; no pensemos que obras y fe son dos cosas distintas y autónomas; la fe no es algo fundamentalmente intelectual, ni simple adhesión teórica a unas verdades prácticas. El que sólo cree con la cabeza, no cree; es muy cómodo decir que se tiene fe cuando no se practica; las obras son las únicas señales que acreditan la fe ante los hombres, obras de amor al prójimo y de entrega. Una fe viva y dinámica significa una vida tan radical y profundamente solidaria con los otros, como lo fue la de Cristo, que es el sujeto de nuestra fe.

Es este un mensaje que nos toca de cerca. El tema es hoy tan actual, como en los tiempos de Santiago; también hoy se da la fe sin obras o la fe que no se encarna en la vida. Una fe simplemente intelectual, que no es capaz de cambiar la vida, que no es compromiso y entrega a los hombres, es una fe muerta que no salva ni da vida.

 

 

 La lectura del santo Evangelio según San Marcos 8,27-35 relata que Jesús pregunta a sus discípulos por la opinión que tiene la gente y ellos mismos de Él. La escena se sitúa en la parte más septentrional judía, en el nacimiento del río Jordán. San Marcos ve a Jesús, planteando e interrogando aquello que se han formulado todos los que lo conocen.

De la encuesta que hace Jesús se desprende que el pueblo andaba dividido en múltiples opiniones; después de unos siglos de opresión y dominación extranjera, el pueblo de Israel había puesto todas sus esperanzas en el Mesías anunciado por los profetas; la expectación era grande y la mayoría esperara un Mesías que librara a Israel de la dominación extranjera. Nadie, pensaba en un Salvador que librara a los hombres de la esclavitud del pecado y de la muerte y, menos aún, se esperaba que el Mesías cumpliera su misión padeciendo y muriendo en una cruz. Pedro, al confesar decididamente que Jesús es el Mesías, sobrepasa el parecer general de la gente, pero su fe es todavía imperfecta: sólo después de la experiencia pascual, creerá que Jesús es el Hijo de Dios; sólo teniendo en cuenta la imperfección de la fe de Pedro en este momento, se entiende que, acto seguido, trate de disuadir a Jesús de morir en la cruz.

Aunque Jesús acepta la confesión de Pedro, prohíbe a sus discípulos que lo vayan diciendo por ahí; quiere evitar el peligro de un malentendido en un pueblo, que se había formado una idea muy distinta del Mesías. A partir de este momento, Jesús quiere hablar sin rodeos de lo que le espera y de su afrenta en la cruz; esto, que había sido anunciado por Isaías en los cantos del Siervo de Yahvé, era, sin embargo, lo que no podían entender los discípulos en aquella ocasión. Pedro y sus compañeros, piensan de Jesús lo mismo que los demás hombres, más aún, Pedro se comporta aquí lo mismo que Satanás en las tentaciones de Jesús en el desierto, por lo que Jesús lo rechaza de la misma manera (cfr. Mt 4,10).

La respuesta de Pedro en nombre del grupo va seguida de un tajante mandato de Jesús instando a sus discípulos a guardar silencio. La actividad curativa y la personalidad de Jesús las recubre Marcos con el mismo velo de silencio; tras mandarles callar, les descubre su misión y su camino futuro; Marcos subraya que se trata de una revelación a las claras, de un hablar abiertamente, sin esconder ni velar nada, que resume con cuatro verbos: padecer, ser condenado, ser ejecutado, volver a la vida. Pero ni Pedro ni nadie puede detener a Jesús en su camino y en el cumplimiento de su misión; Jesús exige a sus discípulos que lo sigan, pues sólo aquel que carga con la cruz y se niega a sí mismo, puede ser su discípulo. "Cargar con la cruz" no era para los oyentes una expresión simbólica; los romanos obligaban al reo a llevar sobre los hombros su propia cruz para ser crucificado. Cargar con la cruz significa renunciar voluntariamente a las cosas de la vida, que pueden quebrantar la voluntad de Dios; y la cruz, que es la más alta expresión del sacrificio, no es masoquismo: el cristiano no se sacrifica por amor al dolor, sino por amor a Cristo y a los hombres y por hacer la voluntad de Dios.

La expresión padecer mucho no se refiere a un momento concreto, sino que recoge el conjunto de tribulaciones que sufre Jesús en su vida terrena. Pedro impulsivo cuestiona la revelación de Jesús, así la reprensión subsiguiente de Jesús se suma a las cuatro ocasiones anteriores en que Marcos lo presenta reprendiendo a sus discípulos por su falta de comprensión: Mc. 4,40; 6,52; 7,18 y 8,17-21, es otro rasgo peculiar de la intención teológica de Marcos. El texto concluye con una solemnidad especial, en que anuncia el comienzo de un camino difícil, que exige cumplir dos condiciones para emprenderlo: negación de sí mismo y disposición a cargar con la cruz.

San Marcos, que ha desvelado que el misterio del Reino de Dios es una realidad abierta absolutamente a todos los hombres y que el Enviado, el Hijo de Dios, trae la misión trágica del sufrimiento, recoge las palabras de Pedro como afirmación válida, como auténtica confesión de la persona de Jesús. El mandato de silencio no se debe a que la afirmación de Pedro fuese incorrecta, que no lo es de ningún modo; la razón de la prohibición está en el v. 32, que indica que a Jesús no se le debe disuadir, porque, en el misterio del Reino de Dios, abierto a todos, se halla el necesario sufrimiento del Enviado de Dios. En la concepción de Marcos, la fe en Jesús exige creer en Él, muerto y resucitado; es el escándalo y la provocación humanos de la muerte y de la resurrección de Jesús, porque es realmente provocativo decir que el Hijo de Dios tiene que morir y resucitar; esto señala el fascinante realismo del Reino de Dios.

La perícopa de hoy termina transfiriendo al creyente el camino de Jesús, la vía dolorosa, su muerte y su vida. Ser discípulo de Jesús, según Marcos, es reconocer y aceptar el camino de Jesús y asumirlo como único camino personal. El discípulo tiene que "negarse" a sí mismo, esto es, tiene que entroncarse -a diferencia de Pedro- en el proyecto mesiánico de Jesucristo; es una conversión que llega hasta la raíz y alcanza hasta el centro de la propia mentalidad, desconcertando los criterios de fondo e indiscutibles de las propias valoraciones, por ello, se puede hablar muy bien de "negarse a sí mismo". El discípulo (8, 35) tiene que proyectar su existencia en términos de entrega, no de posesión: "El que quiera asegurar su vida la perderá; en cambio, el que pierda su vida por mí y por el Evangelio se salvará". Jesús afirma que la vida entera, material y espiritual, se posee únicamente en la entrega de sí mismo. Jesús no nos pide que renunciemos a la vida, a esta vida, sino que exige que cambiemos el proyecto, el modo de vivir en la línea del amor.

En definitiva, ¿de qué sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde su propia vida? (8,36-37). La oposición está entre el proyecto del hombre y el proyecto de Dios, entre dos modos posibles de conducir la existencia. Está en juego toda la existencia; la elección hay que hacerla entre una vida "llena" y una vida "vacía". Se puede llevar la existencia apostando por la posesión, dentro de la lógica de tener cada vez más; o se puede apostar por la solidaridad, la dádiva, la caridad y amor al prójimo, según la lógica del Evangelio. La primera elección, a pesar de su fascinación inicial, contiene la negación de la vida, porque en su esencia más profunda el hombre está hecho de amor, no de soledad, la segunda, a pesar de su fracaso aparente, contiene la plenitud de la vida.

 

                                                                                          Camilo Valverde Mudarra

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 12:50
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