Domingo, 23 de agosto de 2009

Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo B

Jos 24,1-2.15-18; Sal 33,2-3.16-23; Ef 5,21-32; Jn 6,61-70

 

 

 

En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso? Adivinando Jesús que sus discípulos lo criticaban les dijo: ¿Esto os hace vacilar?, ¿y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes? El espíritu es quien da vida; la carne no sirve de nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Y con todo, algunos de vosotros no creen.

Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar. Y dijo: Por eso, os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede. Desde entonces muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él. Entonces Jesús les dijo a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos? Simón Pedro le contestó: Señor; ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos; y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios.

 

La primera lectura del libro de Josué refiere en este capítulo 24, que Josué, tras recordar al pueblo la historia de su salvación desde Abraham hasta aquel momento presente, exhorta a las tribus reunidas en Siquem: "Escoged hoy a quién queréis servir"; y la consecuente respuesta de Israel en profesión de fe: “Nosotros serviremos al Señor, porque él es nuestro Dios”.

         Josué les dice que servir a Yahvé no es cosa fácil porque es un Dios justo y celoso, que no perdonará sus transgresiones; la religión no es cosa cómoda, una fachada o simple título, o algo a nuestro servicio; la religión es algo profundo, que implica la vida entera en  fidelidad y correspondencia total orientada hacia Dios y su voluntad.

Estos clanes, al llegar a Palestina, se encontraron con otros, también semitas, que habían ido ocupando poco a poco aquel territorio. Josué 24 es el recuerdo del pacto o alianza que Josué y los suyos establecieron con los otros clanes, comprometiéndose éstos últimos a abandonar a sus dioses y servir sólo al Dios del Sinaí. Así, en Siquén, el Señor, que se manifestó en el Sinaí, es acogido como el Dios de todas las tribus; todas aceptan su ley y nace y crece la conciencia del pueblo de Dios. Siquén era ya famoso por su santuario, cuyos orígenes se remontan a los tiempos de los patriarcas de Israel (cfr. Gn 12, 6; 33, 18, 20; 35, 2-4). Josué reúne en este lugar las doce tribus del pueblo en asamblea general. Se trata de un asunto de capital importancia: asentado ya en tierras de Canaán, este pueblo ha de decidir ahora si quiere servir a Yahvé o prefiere someterse a los dioses falsos del territorio en el que ha de vivir en adelante. El pasaje tiene la forma habitual de los tratados de alianza: recuerdo de los beneficios concedidos; fidelidad que se exige y se promete; rito que sella el mutuo compromiso. Dios mantiene su promesa: tierra y libertad. El pueblo se compromete a obedecer y servir sólo a este Dios. La alianza del Sinaí debe ser aceptada por todas las tribus y renovada por las nuevas generaciones. En cierto sentido, se trata de una asamblea constituyente del pueblo de Dios. La alianza es una relación con Dios que está siempre naciendo en la respuesta de cada una de las generaciones y de cada uno de los miembros del pueblo de Israel.

En este mismo lugar, en Siquén, Jesús revelará a la Samaritana, cuál es el verdadero culto, el que se da a Dios en espíritu y en verdad (Jn 4). El asentamiento de los pueblos primitivos en lugares fijos dio lugar al florecimiento de la cultura agraria y a la aparición de cultos territoriales. Los habitantes construían su ciudad a partir del templo o "casa de dios" y ordenaban religiosamente el espacio y la convivencia que en éste se desarrollaba. Cada pueblo o nación y cada territorio tenía sus dioses y la religión, que había dado origen a la cultura, actuaba con sus ritos y sus mitos consolidando el orden que ella misma había establecido. De acuerdo con esta concepción religiosa, los antepasados de Israel sirvieron a los dioses caldeos hasta que Abrahán dejó su tierra y su parentela, para seguir la llamada del Dios vivo, que no se ata a ningún lugar y abre caminos para la historia de la salvación universal. Pero, cuando los descendientes de Abrahán, los hebreos, se asentaron a las orillas del Nilo, aceptaron el culto a los dioses territoriales y terminaron sirviendo a los egipcios como esclavos. Por eso la salida de Egipto, el éxodo, fue una liberación tanto de la idolatría como de la esclavitud. Durante la larga marcha a través del desierto Yahvé se muestra a su pueblo como Señor de la historia, como Aquel que camina, delante de Israel. Por fin llegan los israelitas al país de los amorreos y se disponen a tomar tierra. Su identidad como pueblo y su libertad futura depende ahora de que sigan fieles a Yahvé y no se sometan a los dioses de los amorreos. Es la hora de la gran decisión, y para ello convoca Josué la gran asamblea. El pueblo responde ratificando la alianza del Sinaí: Yahvé, el que lo sacó de la esclavitud de Egipto, será su Dios. Elegir a Yahvé es también elegir un modo de existencia desarraigada, orientada hacia el futuro, en el que se cumplirán las promesas. Yahvé es el futuro y la verdadera Tierra Prometida hacia la que siempre se está en camino.

Los profetas alzarán su voz para mantener la pureza de la fe en Yahvé contra toda idolatría, pero también contra toda desviación del culto que pretenda domesticar a Yahvé, encerrarlo y convertir la religión en elemento estabilizador de un orden y cultura. Esta página es una de las más claras y fundamentales para la fe bíblica. Nos muestra a qué obliga la fe verdadera y cómo servir a Dios supone un acto continuo de generosidad y amor. Esta línea profética llegará a su plenitud en Jesucristo. El pueblo opta por el Señor. El cristiano también es interpelado por la misma pregunta de Josué; nuestra fe y nuestro cristianismo implica toda la vida y la persona en un compromiso responsable de fidelidad y seguimiento del Evangelio, que es la «nueva alianza» sellada por Cristo.

 

 

La segunda lectura de la carta del Apóstol San Pablo a los Efesios (5,21-32) describe la vida nueva "en Cristo" presente en la institución del matrimonio, pues, en el amor de los esposos cristianos, se hace realidad el amor de Cristo.

San Pablo señala, a cada miembro del hogar, su posición y sus obligaciones correspondientes. Sus exhortaciones, llamadas "reglas de preceptos domésticos" que proceden de los ambientes éticos de su tiempo, reflejan muy bien las influencias culturales. A través de la historia, han existido catálogos de las obligaciones de los miembros familiares; ya se hicieron en la antigüedad cristiana, como se refleja en Col 3,18-41, o, de diferente manera, en 1 Pe 2 13-3,17, así como en el siglo XVI, con igual contenido, aunque mucho más breve, y los hubo también en la estoa o el judaísmo helenístico...

El Apóstol habla de los deberes mutuos de la mujer y el hombre en profundidad. Considerando tácitamente el matrimonio institución divina, asegura que sus correspondientes obligaciones son expresión de la voluntad de Dios (cf. 1 Cor 7). Pablo establece que la unión conyugal es reflejo de la unión de Cristo con su iglesia, su esposa mística; sabe derramar tanta luz sobre el matrimonio desde este enfoque, que plasma una imagen sublime y especialmente personal. El amor entre esposos es una parábola del otro amor, el de Cristo a su comunidad. Lo cual hace ver la importancia de este amor y su valor. Es quizás, el texto más elevado del Nuevo Testamento, sobre el amor y las relaciones sexuales. No se puede decir más y mejor. Para entender los textos antiguos, hay que considerar las circunstancias culturales de su tiempo y ambiente; aquí, es preciso tener presente la sensibilidad machista del momento, consagrada por la propia legislación romana y judía. No obstante, el texto aparece con carácter muy moderno, al conceder la básica igualdad en las relaciones hombre-mujer; en ello, hay una de las semillas de la posterior igualdad de los sexos; y moderno es también el valor simbólico de la unión conyugal.

San Pablo, antes de tratar los deberes de uno y otro cónyuge, exhorta a los casados a ser, en sus relaciones mutuas, "sumisos unos a otros con respeto cristiano", pues son miembros del mismo cuerpo de Cristo (la iglesia); se dirige a las esposas y después a los maridos; pide a la mujer sumisión respetuosa a su marido y a éste, el amor que ha de tener a su mujer; trasmite un sentido profundo a la relación conyugal, al compararla con la relación existente entre Cristo y la Iglesia, comparación esta que, de acuerdo con la mentalidad patriarcal, confirma la visión jerárquica del matrimonio. El marido es la cabeza de la mujer, ella, su cuerpo y ambos unidos forman una sola carne, igual que Cristo es la cabeza de la iglesia y ésta su cuerpo (1,22s); según el Génesis (2,24), el marido y su mujer forman una sola carne, lo cual significa tanto como ser ambos una misma realidad. Por lo tanto, -amonesta Pablo-, las mujeres deben someterse a su marido como al Señor; y esto requiere que el marido actúe con sus mujer, como Cristo se comporta con la iglesia, a la que ama hasta el extremo de dar su vida por ella. El amor de Cristo que se entrega hasta la muerte por la humanidad purifica a la iglesia de toda mancha y la engalana como esposa, de tal suerte, que el marido puede y debe amar a su mujer como a sí mismo. También Cristo, como esposo y cabeza de la iglesia, se hace con ella una misma carne, un cuerpo total en el que los fieles son igualmente miembros unidos en Cristo y por Cristo; esa unión subraya que es en Cristo en quien alcanza su plenitud el amor unificante de Dios hacia la Humanidad, una plenitud decisiva para la historia del mundo. Esta unidad con Cristo, en la que ya no hay hombre ni mujer, ni señores ni esclavos, constituye una prioridad evangélica que elimina cualquier discriminación. Lo que tiene que repetirse en el amor conyugal es el amor de Cristo y la Iglesia que anima y vivifica el de los esposos.

El matrimonio cristiano es un gran misterio, es decir, un sacramento y representa "in nuce" toda la historia del amor de Dios al hombre.

 

 

La lectura del santo Evangelio según San Juan (6,61-70), continúa refiriéndose a la perplejidad producida por las palabras de Jesús en estos domingos anteriores. Ese modo de hablar resulta inaceptable, hasta para los propios discípulos, ellos también muestran la reacción de la razón, como antes lo han hecho los judíos; la tal perplejidad parece configurarse como reacción inevitable, por lo que Jesús les argumenta: "¿Y si vierais al hijo del hombre subir a donde estaba antes?" Ante la pregunta, pensaríamos que ese lugar es el cielo, junto al Padre, o que su sitio natural es el amor; aunque ciertamente la cruz es donde Jesús manifiesta su máximo amor: "El amor supremo consiste en dar la vida por los amigos" (Jn 15,13).

La perícopa refiere la crisis final del ministerio de Jesucristo en Galilea, que la tradición sinóptica también recuerda, y el paso a una dedicación más plena al grupo de los Doce. En efecto, un buen número de seguidores, ante el mensaje que Juan ha concentrado en este discurso, perdió su interés y abandonó al Maestro y el motivo no fue sólo, el malentendido sobre el comer la carne y el beber la sangre. Lo "inaceptable" es todo el proceso que Cristo les ha marcado: aceptar que lo que importa no es el pan material que Jesús da (milagros, bienestar, fuerza política), sino algo más permanente, el pan que da la vida eterna es el mismo Jesucristo, el hijo del hombre que dice que ha bajado del cielo; creer y aceptar, finalmente, que, comiendo su carne y bebiendo su sangre, se participa realmente en la vida de Cristo. Muchos seguidores, por este mensaje, "vacilan" y en respuesta Jesús les anuncia una nueva vacilación, un nuevo escándalo, aún más incisivo: el de la cruz, en que será glorificado por Dios. Por eso, hay que aceptar la guía del Espíritu, porque el hombre no puede, por sí mismo, creer e ir hacia Jesús: es un don del Padre que otorga al hombre.

San Juan insiste en la necesidad de la experiencia mística para poder descubrir, entender y aceptar esto: "Por eso os he dicho que nadie puede venir a mi si el Padre no se lo concede". Misterio de la gracia y la libertad: ir a Jesús, o sea creer en él, es fundamentalmente un don del Padre, pero al propio tiempo es un acto libre; sin esta noción de libertad y responsabilidad personales no tendría ningún sentido el final del episodio, que contrapone la retirada de la mayoría de los discípulos a la fidelidad de Pedro y los doce. Ante las defecciones, Jesús impele a los que siguen a su lado, apela a su libertad y los exhorta a optar libremente, pero con exigencia radical. La confesión de Pedro equivale sensiblemente a la confesión de Cesarea de Filipo (Mt 16,16), que expresan la fe pospascual, reflejada también en la pregunta: "¿Y si vierais al Hijo del Hombre subir adonde estaba antes?". Se han escandalizado, al decirles Jesús, que ha bajado del cielo; más aún van a escandalizarse luego los que oigan predicar a los apóstoles que el crucificado ha subido glorioso al cielo. También, los sinópticos, a causa de las vacilaciones, insertan aquella escena de Cesarea en que Jesucristo se dirige a los doce con un tono que deja adivinar su amargura, después de constatar que la gente no ha comprendido quien es Él, quiere comprobar si los discípulos lo entienden, quiere saber si hay alguien que desee emprender el camino que él ha venido a traer. Y Pedro respondiendo de un modo emotivo, expresa una viva adhesión personal y vital: "¿A quién vamos a acudir?", afirma que tiene palabras (la revelación) de vida eterna, y profesa finalmente la fe en su mesianidad.

Este lenguaje de Jesús lo consideran "duro", difícil para la razón humana, Jesús se mueve en el terreno sapiencial y sacramental; se ha propuesto a sí mismo, como lo único válido que existe en este mundo: es el único que puede dar vida; sus contemporáneos no comprenden que un hombre se coloque como núcleo de todo el universo; es también algo similar a la situación de nuestros días: el Evangelio es un mensaje bonito y hasta interesante, pero el hombre moderno no lo ve como el único proyecto de vida válido dentro del pluralismo social actual.

En este texto, el término "carne" se emplea en contraposición a "espíritu" y, consiguientemente con un matiz de cuerpo, frente al que tenía el domingo pasado. Carne, en efecto, no designa aquí tanto lo sensible y perceptible del ser humano, cuanto su dimensión perecedera y corruptible; por contraposición, espíritu designa lo imperecedero, lo incorruptible. Así, desde el diálogo con Nicodemo, el lector sabe que "Dios es espíritu" (Jn 4,24). Una palabra o un hecho son escandalosos en la medida en que rompen los esquemas, hábitos o comportamientos de los individuos; de unos individuos que se sienten más seguros siendo observantes que creyentes; prefieren el estilo de vida carnal al estilo de vida espiritual. Aquí, hombre carnal es alguien meticulosamente observante, a diferencia de hombre espiritual es el que se entiende a sí mismo desde una relación con el Dios manifestado por Jesús.

Este texto, con el que se cierran las reflexiones sobre el signo de la multiplicación de los panes y los peces, formula la única actitud capaz de entender ese signo. Se trata de una actitud a la que hay que calificar de espiritual, por cuanto que es capaz de descubrir el espíritu de Jesús, es decir, lo consistente y esencial que hay en él. Este descubrimiento lleva a relativizar lo perecedero y emerge Jesús, su persona, su palabra, iluminándolo todo con una luz nueva. La sed de búsqueda de lo absoluto se sacia y lo relativo pierde la premura dada.

Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 21:43
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