Domingo, 16 de agosto de 2009

Domingo XX T. Ordinario. Ciclo B

Pr 9,1-6; Sal 33,2-3.10-15; Ef 5,15-20; Jn 6,51-59

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan, vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Disputaban entonces los judíos entre sí: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?

Entonces Jesús les dijo: Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, habita en mí y yo en él. El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come, vivirá por mí. Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron: el que come este pan vive para siempre.

 

La primera lectura del libro de los Proverbios, perteneciente a la literatura bíblica sapiencial, narra que la Sabiduría Divina, personificada en la mujer ideal (cf. Pr 31,10-31), se muestra ávida por entablar comunicación con los hombres; en su trascendencia, Dios está continuamente animando a todos los seres y cosas desde dentro y preparando así su encarnación, pero, para poder recibirla, el hombre tiene que ser pobre de espíritu y reconocer su ignorancia (cf. Lc 6,21; 1 Re 17,1-15; Is 55,1-3). La sabiduría inmanente en el mundo y en el hombre no sólo se limita a interpelar al hombre, sino que también lo ama; ese deseo de hallar el arranque donde todo se comprende bajo la óptica del amor es la pregunta que el hombre se hace a diario y para el creyente habrá una respuesta en Jesucristo.

Esta perícopa forma parte de los textos que tradicionalmente se emplean en las lecturas litúrgicas con referencia eucarística; por eso, figura aquí hoy, atraída por el discurso de Jn 6, del que está tomado el Evangelio. La parábola del banquete de Mt 22,1-14 recuerda algunas motivaciones de este texto, como la Divina Sabiduría y el Mesías (cfr. 1 Cor 1,24), su casa y la Iglesia, la mesa del altar, los banquetes litúrgicos.

La Sabiduría o Sensatez decide con el saber del artesano construirse una casa, amplia, sólida sobre siete columnas que aseguran su estabilidad, y sugieren su gran capacidad, tamaño y belleza. Ella, buena ama de casa (Gn 18,6), prepara el banquete con el sustento del pan y el gozo del vino, abundante, para los muchos invitados (Is 25,6), pan y vino que son la cordura y la prudencia, alimento de cuantos tienen hambre del auténtico saber; los inexpertos hambrientos, al ingerirlos, se asimilan y apropian la sabiduría, porque, en el pan y el vino, la Sabiduría se da a sí misma, en un doble acto, en que es a la vez la que invita al banquete y el propio banquete ofrecido. El banquete, especialmente en el mundo oriental antiguo significaba esplendidez y gratuidad, comunicación y participación; el asistente se identificaba con el que lo ofrecía, entraba en la misma atmósfera y compartía su mesa, y, a la vez, su conversación, pensamiento, alegría.

Un pregonero anuncia el feliz acontecimiento, al que todos están invitados, especialmente los más necesitados, los hambrientos y los necios sabios que se consideran sin hambre, satisfechos; las criadas de la Sabiduría, en tono profético de acusación, pretenden que los oyentes reconozcan su realidad menesterosa; su cometido es invitar, ellas no enseñan, no dan de comer, sino que conducen a la sala del banquete; la sabiduría que se sirve en la mesa es enjundiosa y sabrosa, el aprendizaje, un gusto y asimilar, una delicia; al final del banquete, se puede emprender "el camino de la prudencia". Es el símbolo de la comunión, así es nuestra eucaristía, altar, mesa, escuela sabrosa del camino cristiano, banquete gozoso en que Cristo, Sabiduría de Dios, se da y ofrece a todos sus ciudadanos.

La sabiduría llama al hombre y lo llama de una manera pública, incluso "mediante criados", en los sitios públicos más profanos. La última pregunta del hombre se responde desde lo hondo de la vida misma; desde esa vida aceptada y amada es desde donde Jesús ha tratado de esbozar una respuesta para el que lo busca y acepta

El contexto eucarístico de estos domingos nos mueve a fijarnos en el banquete de la Sabiduría como prototipo del banquete cristiano: el pan y el vino que nos presenta Cristo contienen la Vida y la Sabiduría de Dios, siempre y cuando nos comprometamos en nuestro proyecto de vida. La imagen del banquete como la del vino apuntan a ese ámbito del amor desde el que la sabiduría, el saber, alcanza toda su plenitud; de ahí que en Proverbios, se haga una ferviente llamada a amar la sabiduría y a dejarse amar por ella (Pr 4,8; 7,9), pues ese será dichoso (Pr 9, 34). La persona viva de Jesús es el fundamento que hace efectiva esta aspiración del hombre, es quien da vida, “el que come este pan vive para siempre”.

 

La segunda lectura de la carta de San Pablo a los Efesios (5,15-20) indica que, quienes han despertado de sus torpezas por la luz de Cristo no pueden llevar una vida de disipación y alejamiento, sino esforzarse por detectar y descifrar las llamadas que cada día Dios les manda.

Esta carta hace una síntesis de la vida cristiana, desde el principio de que, en Jesucristo, todo ha adquirido un nuevo y definitivo sentido, lo que obliga al creyente a celebrar la fe y a adoptar un modo nuevo de vida; construir el triunfo de Jesús en nuestro vivir exige practicar con generosidad, las decisiones y posiciones precisas del Evangelio. La fe cristiana no consiste en extrañezas, sino en vivir la vida desde dentro con la fuerza del Espíritu y con alegría de amar la verdad. La vida cristiana se celebra y se lleva en el marco del gozo que produce el saber que se cumple lo esencial del mensaje. La celebración de la gracia de Dios es una de las características principales de toda la carta

San Pablo insta al deber ser, "caminad como hijos de la Luz"(Ef 5,8), "fijaos bien como andáis..."; id ya que podéis, a plena luz del día; no tenéis nada que esconder, vigilad y vivid atentos al momento. Exhorta a descubrir la importancia de cada día: lo que el Señor quiere de nosotros en cada instante, porque no basta con saber lo que se debe hacer en general, sino que es preciso conocer la voluntad de Dios en cada situación concreta; La sabiduría de la vida tiene otra fuente de inspiración: el Espíritu Santo; es el que inspira los himnos y provoca con su gozo la Acción de Gracias al Padre en nombre de Nuestro Señor Jesucristo.

La vida tiene sus peligros, porque los tiempos son malos. Los nuevos cristianos tenían que vivir en ambientes paganos con el consiguiente peligro de volver a caer insensiblemente en el paganismo. Es también nuestra situación actual, muchos cristianos viven de modo pagano, sin tener un mínimo de la sabiduría y penetración cristianas y sin intentar tenerlas. Hay fuerzas internas y externas, que operan para oscurecer la luz, turbar la mirada e impedir o dificultar la recta opción; pero ellos no han de vivir como "necios", puesto que han dejado de serlo al recibir la riqueza de la gracia de Dios, como suma de toda sabiduría e inteligencia a través de la revelación del misterio de la voluntad de Dios (1,8s); deben estar atentos a esta vida, ya que en ella está la verdadera sabiduría; la voluntad de Dios es decisiva para cumplir todo lo que hay que hacer, permitir o padecer.

Se debe orar y dar gracias; cuando después de haber escuchado la Palabra de Dios cantamos un salmo, establecemos con el Señor un diálogo de inspiración doctrinal y religiosa; cantar los salmos es sumergirse en una corriente de plegaria que recorre el mundo desde hace más de tres mil años, es orar con las mismas fórmulas que empleó Jesús y María, y todos los grandes creyentes del A. y del N.T., pero, sobre todo, es hablar con Dios mediante los mismos términos que Dios nos ha proporcionado. El cristiano debe hacer de su vida una incesante acción de gracias; la Eucaristía, cuyo nombre indica que nos une a la acción de gracias de Cristo, será a la vez la expresión, signo y el alimento de nuestra vida, que tenderá cada vez más a la eficaz acción de gracias (Col 3,16-17; 1 Cor 10,31).

 

 La lectura del santo Evangelio según San Juan (6,41-52), siguiendo hoy el debate con los judíos, recoge las afirmaciones finales del domingo pasado, en que los rabinos repiten que una persona física no puede ser alimento para los demás. Jesús reafirma que Él, el Hijo del Hombre, enviado por el Padre, es el alimento de vida eterna; Él es el alimento y bebida verdaderos por la comunión de vida que tiene con el Padre y en la que entra todo el que se alimenta de Jesús.

Puesto que la Ley procede y deriva de Dios, los maestros de Israel podían atribuirle las cualidades y virtualidades que se reflejan, por ejemplo, en el Salmo 19, 8-11: es perfecta, genera sosiego, instruye, ilumina, es más preciosa que el oro, más dulce que la miel. La consideraban fuente de libertad, bienestar y vida. Era sinónimo de sabiduría y amor. El texto de hoy, no obstante, fundamenta la supremacía de Jesús sobre la Ley en algo que ésta no podía en absoluto poseer: la capacidad de comunión personal. Jesús es alguien, no algo; alguien distinto del Padre y en comunión con El. Alguien que vive la misma vida del Padre y que la puede transmitir a otros, haciéndoles hijos del Padre.

"El que coma mi carne"… Los judíos entienden estas palabras literalmente, como verdadera comida de la carne de Jesús, y les parece un disparate, una locura. No obstante, Jesús no mitiga el escándalo que han producido sus palabras; ahora, confirmando de nuevo el sentido, realista, añade que es también preciso beber su sangre, lo cual resultaba especialmente escandaloso para los judíos, a quienes les estaba prohibido el alimentarse de sangre (Lev 17,10 s.; Hech 15,20). Los creyentes vivimos la increíble sorpresa de poder comer el cuerpo de Cristo y beber su sangre, entrenándonos para la vida de Dios. De la misma suerte que el alimento natural se une orgánicamente al hombre, así también el que come la carne y bebe la sangre de Cristo entra en una unión de vida con él; esta unión es comparada a la que Jesús tiene con el Padre que le ha enviado al mundo. Igual que el Hijo tiene vida por el Padre (cfr. 5,26), así, el que coma la carne de Cristo tendrá vida por el Hijo, esto es, participará en aquella misma vida que el Hijo recibe del Padre. Hasta ahora había hablado Jesús del pan de vida que baja del cielo, del pan con el que regala el Padre a los hombres enviándoles a su propio Hijo; este es el pan de vida, como es también la luz del mundo (8,12) y da vida a los que creen en Él; el pan que él mismo les dará se refiere a su carne y sangre, los dones eucarísticos.

La expresión "para la vida del mundo" es una alusión clara al sacrificio de su muerte en la cruz. Por lo tanto, el pan que da la vida es precisamente el cuerpo de Cristo entregado a la muerte, para salvar al mundo. (cfr. Luc 22,19). Las palabras, "vida del mundo", se encuentran también en las que pronuncia Cristo sobre el pan en la Cena y precisamente en la forma que recoge la tradición paulina en 1 Cor 11,24. Estas "vivirá por mí" son equivalentes a "vivirá por mi carne y sangre", es decir, por todo lo que Jesús es; el verdadero pan de vida bajado del cielo no es el "maná", sino el que da Cristo, que es el que viene verdaderamente del Padre y conduce a la vida eterna a todos los que lo reciben con fe y se unen de este modo a Cristo que se entrega para vida del mundo. Comulgar es entrar en unión de vida con Cristo, para entregarse con él a todos los hombres y alcanzar así vida eterna.

El texto de hoy está inmerso en el marco eucarístico, igual que lo entendía y vivía la comunidad joánica. "Mi carne para la vida del mundo", en el fondo de esta expresión hay una fórmula aramea en la que "carne" sustituye a "cuerpo", para designar la realidad creatural de la persona humana. "Para la vida" denota el carácter sacrificial y expiatorio de la muerte de Cristo. "Mundo" acentúa el sentido universalista de la salvación. La Eucaristía proporciona una comunión real de vida y de destino con la persona de Jesús; nos hace participar en la resurrección, vivir "por Cristo", que es vida "para siempre". Es la comunión en clave típica de la teología joánica: comunión de Cristo con el Padre (cf. 10,38; 14,10-11), del discípulo con Cristo (cf. 15,4-10) y del creyente con el Padre y con Cristo (cf. 17,21-23).

En Jesucristo, se realizan las expectativas del Antiguo Testamento: es el auténtico Moisés que ofrece el maná de la Eucaristía, es la verdadera Sabiduría que regala el pan y el vino de su Palabra y de su Persona presente en el Sacramento. Es la vida de Cristo que, como indica San Pablo, nos impele a ponerla en práctica todos los días.

Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 21:44
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