Martes, 07 de julio de 2009

Domingo XIV T. Ordinario. Ciclo B
Ex 2,2-5; Sal 122,1-4; 2Co 12,7-10; Mc 6,1-6

En aquel tiempo, fue Jesús a su tierra en compañía de sus discípulos, cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la gente que lo oía se preguntaba asombrada: ¿De donde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le han enseñado? Y esos milagros de sus manos?¿No es éste el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? ¿Y sus hermanos no viven con nosotros aquí? Y desconfiaban de él.

Jesús les decía: Sólo desprecian a un profeta en su tierra, entre sus parientes y en su casa. No hizo allí ningún milagro, curó algunos enfermos imponiéndoles las manos y se extrañó de su falta de fe. Y fue a los pueblos de alrededor enseñando.

 

 

La primera lectura del profeta Ezequiel cuenta su propia vocación: “En aquellos días, el espíritu entró en mí, me puso en pie y oí que me decía: Hijo de Adán, yo te envío a los israelitas, a un pueblo rebelde que se ha rebelado contra mí”.

El texto se refiere a la primera visión de Ezequiel, conocida como la "visión del libro", que fue llamado por Dios al servicio profético hacia el año 593. En aquella situación de diáspora, lejos del templo y en medio de un mundo pagano, en que el culto resultaba imposible, el sacerdote Ezequiel es investido de la gran responsabilidad de predicar la palabra de Dios a un pueblo de dura cerviz que no quiere escucharla. Y fue precisamente aquel escenario impresionante, casi, diríamos, terrorífico de la tempestad con truenos, relámpagos, huracán... con todas las fuerzas cósmicas reflejadas en los cuatro animales, el medio de que Dios se sirvió para hacerle sentir dolorosamente la pequeñez del hombre ante Dios, de la criatura ante su Creador. No obstante, Dios escoge lo humilde de este mundo y, por eso, "Yo te envío"; es su vocación de aspecto carismático; el profeta no es el que va, sino el que es enviado. Era la diferencia radical con el sacerdocio hereditario. La experiencia de la presencia de Dios fue para Ezequiel tan fuerte que cayó en tierra, pero el espíritu lo levanta, lo mantiene de pie y lo lanza a la acción.

Ezequiel perteneciente a una familia sacerdotal ilustre, recibe su nombramiento como profeta. El espíritu del Señor lo invade, pero necesitará el espíritu fuerte, para ir a anunciar el mensaje a sus paisanos desterrados. Es enviado a un pueblo rebelde, que lo fue en el pasado y continúa siéndolo en el presente; la traición actual consiste en forjarse falsas esperanzas; el profeta debe encauzarlas. La misión es dura en extremo ya que el rechazo va a ser feroz: "no tengas miedo a lo que digan". El anuncio debe ser su alimento; predicará desgracias: elegías, lamentos y ayes, pero al hacer suya la palabra de Dios la amargura de la misión se le hará dulce como la miel. Ezequiel sabe que su misión está restringida al pueblo de Israel, con su historia de defecciones e infidelidades, desde sus orígenes patriarcales; nunca podrán acusar a Dios de injusto, son ellos los obstinados cuya libertad Dios respeta.

Ezequiel, cuyo nombre significa "Dios es fuerte", recibe toda la fortaleza divina para cumplir su difícil misión; el éxito se lo garantiza Dios; nadie puede reducir al silencio la palabra de Dios. Quien habla no es el sacerdote, sino el "hijo de hombre" movido por la fuerza del espíritu, que lo penetra y lo levanta; “no soy yo, dirá San Pablo, es Cristo que mora en mí”. El poder de Dios se realiza en la debilidad de la palabra profética. San Pablo dirá que todo lo puede en aquel que lo conforta; así, en la voz de un débil cristiano, discípulo de Jesús resplandece la fuerza de Dios; está en un "hijo de Adán", un hombre cualquiera, no es necesario el sacerdote o el intelectual, como dijo Juan: el Espíritu sopla donde quiere, como quiere y cuando quiere; mediante la pobre palabra humana, Dios continúa viniendo.

 

La segunda lectura procede de la segunda carta del Apóstol San Pablo a los Corintios (12,7-10) en que afirma que Jesucristo es su energía: “"Te basta mi gracia: la fuerza se realiza en la debilidad". Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo… cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

San Pablo, al  término de su carta a los de Corinto, se ve obligado a recordar sus limitaciones humanas; su intención profunda es mostrar que toda la grandeza de su misión tiene su origen en la gracia de Dios y no en sus propios méritos; no es que quiera minimizar la gloria de la misión apostólica, que sería falsa humildad, pero al mismo tiempo es plenamente consciente de su debilidad personal, la humildad como verdad.

A qué se referiría con lo de la "espina en la carne" de Pablo quedó en la memoria de las primeras generaciones cristianas; por su natural pudor, el Apóstol no especifica su contenido. Los Padres de la Iglesia occidental, a raíz de la expresión latina de la Vulgata "stimulus carnis", pensaron en tentaciones contra la castidad, otros lo interpretaron como persecuciones u obstáculos graves de sus adversarios y otros lo refirieron a alguna enfermedad; esta última es la interpretación más aceptada en la actualidad; aunque algunos lo refieren a enfermedades de los ojos o a fiebres maláricas, típicas de la región, el texto no nos permite especificar qué tipo de enfermedad. En aquella época las debilidades nerviosas y otras muchas enfermedades eran consideradas como obra del demonio. Efectivamente, S. Pablo agradece a los Gálatas que no hayan "escupido" sobre él, gesto que se usaba para exorcizar al que estaba enfermo o ciego y supuestamente dominado por el demonio (Ga 4,14).

El Señor no quiere librar a S. Pablo de esta "espina" que le hace partícipe de la cruz de Cristo, humillándolo, y dándole a la vez fuerzas en su debilidad. Es el poder de Cristo lo que habita en él, en su propia debilidad. Es por tanto, fuerte, siendo débil, y así queda todo el sitio libre para el poder de Dios que habita en él. El Cristo humillado y en cruz tenía en sí mismo toda la fuerza del Espíritu y cuando estaba sumido en el sufrimiento y parecía débil, arrancaba al mundo del pecado y lo elevaba con él a la vida de Dios.

El atribuirle tal mal a "un ángel de Satanás" es normal en la mentalidad hebrea de la época, que desconocía las causas segundas y todo lo refería a causas trascendentes. Resalta la interpretación creyente que Pablo hace de su enfermedad: "para que no tenga soberbia", para él es una invitación a la abnegación de sí mismo y a no confiar en las propias fuerzas; como cristiano, entiende toda su vida como participación en el Misterio Pascual de Cristo y es que, en la debilidad de la existencia humana, se manifiesta la fuerza de la cruz y de la resurrección de Cristo.

Es de notar el difícil equilibrio que muestra entre el orgullo de su misión sin vanagloria y el reconocimiento de su debilidad sin pusilanimidad; esta actitud debe ser el ejemplo permanente a seguir por los cristianos, que siendo seres débiles, hemos recibido la fuerza de Dios; hemos de ser, por tanto, atrevidos en la proclamación del Evangelio, a pesar de nuestras propias infidelidades, cuanto más clara sea la conciencia de nuestra debilidad, más eficaz será la fuerza de Dios y más alejados nos encontraremos del estúpido triunfalismo.

La vida de persecución, de dificultad, de sufrimientos de todo tipo, no es para el cristiano fuente de desesperanza y de desánimo, sino que es una vida que toma toda su fuerza en el Señor que vive en él. La debilidad y los sufrimientos permiten al cristiano vaciarse de sí mismo, para habilitar en su vida la fuerza de Cristo.

 

 

EL EVANGELIO, según San Marcos, narra hoy el rechazo de Jesús por sus paisanos, hecho de una gran importancia cristológica, que constituye una etapa en el camino hacia el abandono y la cruz; como se lee en el prólogo de Juan: "Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron." El episodio va mucho más allá de la repulsa de una oscura aldea de Galilea, prefigura la repulsa de todo Israel.

La extrañeza y el posterior rechazo de sus paisanos basándose en el origen humilde y conocido de Jesús tiene diversos acentos según el evangelista que lo narra. San Lucas añade detalles del contenido de la predicación de Jesús y que sus paisanos intentaron despeñarlo. San Juan recalca la extrañeza ante el saber que muestra sin haber estudiado y el que rechacen que pueda ser el Mesías, puesto que el origen de tal personaje será desconocido y el de Jesús lo conocen todos sus convecinos. La reacción que presenta San Marcos tiene un cierto tono de insulto; cuando un semita recuerda sólo a la madre de un hombre y no al padre, intenta ofenderlo, como un hombre insignificante sin pasado ni porvenir (Nolli).

El fragmento de hoy cierra la primera etapa del ministerio de Jesús; es la de la popularidad en Galilea, de las multitudes que se acercan a él, para escucharlo y para que cure a los enfermos, la que muestra que por Jesús llega el Reino de Dios que transforma los corazones y libera del mal; resalta la reacción de la gente ante la palabra de Jesús en contraste con las reacciones del inicio de la vida pública: allí la gente decía que "enseñaba con autoridad", y quedaban admirados (1,21s); aquí no importa cómo enseña, sino que de entrada no aceptan que tenga autoridad alguien conocido y normal. Marcos cierra esta etapa en Nazaret, su pueblo, pero nadie es profeta en su tierra; a pesar del éxito inicial y la popularidad, el conjunto del pueblo no puede aceptar que Dios manifieste su Reino a través de alguien que es un hombre como otro cualquiera, con una familia y un oficio como la demás gente. Jesús pretendía cambiar la vida de su pueblo, y de hecho, parecía que quedaban cautivados por lo que decía y hacía, pero poco a poco su pretensión les fue pareciendo excesiva.

Dicen que es el carpintero, que ellos han conocido. La profesión de carpintero era bastante honorable y eran muchos los rabinos que tenían este oficio. En Israel, la actividad manual no tenía el tinte casi deshonroso que tiene en nuestra sociedad. La palabra griega que pone Marcos es "tekton", de la que viene arquitecto, significa propiamente "artesano", sin especificar el tipo de actividad concreta. San Justino afirma que Jesús construía yugos y arados de madera, San Hilario, sin embargo, sostiene que era herrero. Otros autores lo aplican a quienes construyen casas. Todos estos oficios caben en la palabra griega, sin excluir de ello una fuerte intención simbólica. Tras este percance, Jesús se va a centrar en sus discípulos; sigue predicando y curando enfermos, pero pone su interés en que el grupo escogido comprenda el sentido de su misión.

El episodio termina con la observación del propio evangelista: "No pudo hacer ningún milagro allí", porque no había fe, como en el domingo pasado, la fe-confianza llevaba a la curación; por eso, "su tierra" queda fuera de la liberación. El "desconfiar de él" de la traducción litúrgica, es más contundente en el original: "se escandalizaban de él", es decir, Jesús era piedra de escándalo para sus paisanos, daba lugar a que éstos se escandalizaran. Lo esencial es la falta de fe en Jesús; sus vecinos parten del conocimiento que tienen de Él, pero se cierran, no salen de ahí, son incapaces de ver más allá, por ello, la fe se siente escandalizada y sometida a prueba; y esta vez el escándalo no está entre los escribas y los fariseos, sino entre los discípulos, entre los pequeños que ven en el profeta una esperanza fallida. Jesús no puede hacer ningún milagro, donde tropieza con la incredulidad obstinada; sus milagros son la respuesta a la sinceridad del hombre que busca la verdad, no un intento de forzar el corazón del hombre; al contrario del hombre, Dios no utiliza la violencia para imponer sus propios derechos, ni tampoco hace milagros entre los hombres que pretenden sustraerse al riesgo de la fe o explotarlos en su propio provecho.

La "extrañeza" de Jesús ante "su falta de fe" se convertirá, al final de la vida pública, en lamento sobre Jerusalén, que no ha querido recibir a su salvador. Añade el evangelista que "solamente sanó a unos pocos enfermos"; también en Nazaret Jesús buscó a los enfermos y a los pobres; Dios los busca en todas partes.

Jesús será siempre el más allá de nuestros esquemas y modos de pensar sobre él. Si no damos el salto a Jesús, porque nos encerramos y empeñamos en nuestros modos y hábitos de ser religiosos, Jesús siempre será motivo de escándalo para nosotros. Lo malo está en encerrarse y negarse, si nos cerramos y no abrimos el pensamiento a Jesús, jamás acontecerá en nosotros lo asombroso, el milagro.

Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 12:32
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