Lunes, 23 de marzo de 2009

Domingo IV Cuaresma. Ciclo B
2 Cro 36,14-16.19-23; Sal 136; Ef 2,4-10; Jn 3,14-21

 En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea en él tenga vida eterna. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vicia eterna. Porque Dios no mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no será condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

 

 

LA PRIMERA LECTURA del segundo libro de Crónicas, expone hoy una perícopa sobre las infidelidades del pueblo a la alianza, concretada en una ley, que confería al pacto un carácter de compromiso bilateral entre Dios e Israel.

A la luz de la especial visión providencialista de la historia, propia del AT, la deportación de los judíos a Babilonia resulta un castigo por sus infidelidades religiosas; sin embargo, se resalta con insistencia, que, pese a la culpa y castigo, Dios se mantiene fiel a sus promesas; y el destierro fruto del pecado del pueblo pasa a ser purificación religiosa y causa de mayor libertad; a la vuelta del exilio por favor de Ciro, los judíos intentan una restauración del sentido religioso de su vocación como pueblo de Dios.

Los dos libros de las Crónicas fueron escritos hacia el año 400. Se dice que complementan el relato de los dos libros de Samuel y de los dos de los Reyes. El cronista describe el estado de corrupción en Judá, que precedió a la cautividad de Babilonia; la aristocracia, el clero y el pueblo se dedicaron a la imitación de costumbres paganas y profanación del templo que Yahvé había santificado; así lo testifica el profeta Jeremías en el cap. 7, en que denuncia que el verdadero enemigo de Israel no era el invasor extranjero, sino la corrupción interior y la explotación de los pobres llevaba a cabo vergonzosamente por los hombres "religiosos". En Jeremías tenemos una valiente diatriba del profeta contra la falsa religiosidad de sus conciudadanos. El Cronista inserta su juicio teológico (36,12-16.21) sobre el final del reino del Sur; la vida y el futuro de la nación elegida, dice, depende de la actitud que adopten ante el Señor.

Esta lección de la historia de Israel puede tener un doble sentido. El nuevo pueblo de Dios, que es la Iglesia, está continuamente expuesto a apartarse del amor y de la alianza de Dios a través de las múltiples infidelidades individuales y colectivas que cometemos los cristianos. Hay que reconocer este hecho con sinceridad y realismo. Pero, al mismo tiempo, hay que tener una visión esperanzada y optimista, porque estamos seguros de que la fidelidad de Dios es más fuerte que nuestras faltas y que su amor supera todos nuestros egoísmos. Y, en segundo lugar, la purificación religiosa del pueblo de Israel se debió a los acontecimientos que surgieron por ingerencias extranjeras y por una evolución interior y pacífica. Así también, la Iglesia normalmente es purificada no siempre por medio de hechos planificados por ella, sino que provienen del exterior, a veces con toda la potencia adversa del odio y la persecución. La comunidad cristiana debe vivir atenta a los aconteceres del "mundo", tanto si le parecen favorables, como si le parecen adversos, sólo de este contacto real con la historia vendrá la purificación necesaria para la salvación. Vistas desde este ángulo, las llamadas "crisis" actuales de la Iglesia son absolutamente necesarias para su crecimiento.

Los sacerdotes y los poderosos, año 608 a.C., expolian a los pobres y confían vanamente en el Templo, que han convertido en un refugio de bandoleros. El fracaso de Senaquerib en el 701, frente a las murallas de Jerusalén, clarificó la protección de Yahvé dispensada a la Ciudad Santa, y les mostró que la única seguridad de Judá sólo estaba en cumplir los mandatos del Señor. Las palabras de Jeremías provocaron un alboroto en el pueblo, que trató de asesinarlo por amenazar el Templo; pero, pocos años después, el Templo fue destruido y los habitantes de Jerusalén deportados a Babilonia. En este pasaje se ve hasta dónde había llegado la corrupción moral y religiosa y qué profunda era la obcecación de Judá ante las advertencias de los profetas. Yahvé obligó a caminar hacia el destierro a un pueblo que no quiso andar por los caminos de la Ley.

Por eso, la tierra descansaría después necesariamente y no podrían cultivarla durante setenta años, cumpliéndose lo que había anunciado Jeremías (25,11) y la pena establecida en estos casos por el Levítico (26,34s).

 

 

LA SEGUNDA LECTURA, tomada de la carta de San Pablo a los efesios, refiriéndose a la situación del hombre en un mundo de egoísmo, instintos y sin perspectiva, expone un asunto fundamental en la teología paulina que es el cambio operado en el hombre al abrazar a la fe.

Dios no nos ama, porque seamos amables, sino que somos amables, porque Dios nos ama. Este es el núcleo del texto, la GRACIA, esto es, la generosidad, favor, iniciativa de Dios. Dios nos ha dado su gracia y la fe; al caminar hemos de realizar la salvación que graciosamente hemos recibido. La salvación no viene de nosotros, es don de Dios, no somos acreedores a ella por nuestras obras, sino que procede de Dios. A reconocer esto, Pablo lo denomina FE; creer no significa propiamente hacer algo, sino recibir, aceptar lo que Dios da. A creer se contrapone gloriarse; y el gloriarse, que hay que excluir siempre, consiste en la postura íntima del hombre que quiere afirmarse a sí mismo, vivir no de la gracia que recibe de otro, sino de lo que él mismo crea, sabe y es; ese es el hombre que tiende a la propia gloria.

Los corintios andaban confundidos; se habían puesto a vivir como si ya estuvieran en el Reino de Dios, se habían constituido ya en reyes, pero sin los apóstoles, lo cual es imposible, por eso les dice: "¡Y ojalá reinaseis, para que también nosotros (los apóstoles) reináramos con vosotros!". San Pablo trata de hacerles volver los ojos a la realidad cristiana, que no es más que la cruz. El necio entusiasmo de los corintios y su triunfalismo exaltado no encaja bien con los sufrimientos que soporta el Apóstol. Con la muerte de Cristo, el Hijo de Dios, todos hemos sido ya salvados, pero es prematuro aún celebrar la victoria.

El judío educado en la escuela de los escribas y fariseos cree que, por cumplir meticulosamente la ley, gana la salvación, y puede presentarse ante Dios y hacer valer sus propios derechos. San Pablo, que lo ha vivido, arremete, con gran pasión, contra este gloriarse del hombre y afirma que Dios, rico en misericordia, nos hace vivir con Cristo y nos salva por pura gracia, incluso nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado en el cielo con Él.

El hombre participa del destino de Jesús, tiene su vida en él y eso llega hasta el fundamento del mismo ser humano; tal cambio se produce por la comunión con el Señor; el creyente corre la misma suerte que Jesucristo, porque la fe establece esa comunión, porque hemos sido salvados en Cristo, que es nuestra cabeza, al que estamos unidos por la fe, por la esperanza y por la caridad, y si Dios corona nuestra Cabeza, todos en ella hemos sido coronados; la fe, precisamente, es abrirse a Cristo, fiarse de él, tomarlo como único punto de referencia. Esta transformación ya se ha producido, no hay que esperar que se de en el mundo futuro, habiéndose dado en la Cabeza, ha de darse en los miembros unidos a ella. Por tanto, no se puede vivir de cualquier modo, sino con una existencia externa coherente con el ser íntimo descrito; de modo que, aunque las obras no salvan, son el fruto maduro e inevitable de quien vive esta realidad; es una necesidad ontológica, no moral.

 

 

El Evangelio según San Juan ofrece hoy el diálogo de Jesús con Nicodemo, una autoridad religiosa, que se mostraba propenso a Jesús.

Este tipo de diálogo, por su expresión y temática, es característico del cuarto evangelio; en los evangelios sinópticos Jesús habla de una manera muy diferente; son distintos niveles, los sinópticos, usan el lenguaje real y San Juan, el del significado. Los sinópticos reflejan mejor cómo era Jesús; Juan, lo que era Jesús. En Juan hay una mediación interpretativa que, mediante la forma hablada, pone en labios de Jesús lo que Jesús nunca dijo, pero que en realidad era. Por eso, al comentar un diálogo de Juan, es más exacto hablar de significado de Jesús que de palabras de Jesús.

Este diálogo de hoy presupone el texto de Nm 21,9: "Moisés hizo una serpiente de bronce y la colocó en un estandarte". Fue una medida salvadora; cuando una serpiente mordía a uno, ese miraba a la serpiente de bronce y quedaba curado. En ese contexto, se hace el correlativo con Jesús en la cruz; el correlativo de mirar es creer. Jesús tiene que ser levantado en alto, para que al levantar la vista hacia esa altura quedemos salvados. El autor habla en perspectiva de presente. “Vida eterna” no significa vida después de la muerte; en la expresión de Juan, eterno no se contrapone a temporal; vida eterna es sinónimo de calidad de vida, designa plenitud, totalidad; vida eterna es la vida propia de una existencia feliz, de un tiempo y un mundo nuevo; Jesús levantado en alto hace posible este tipo de existencia, para todo el que levanta sus ojos hacia él, para todo el que cree en él. El designio del Padre, dice Juan, su voluntad es que tengamos una existencia salva en Dios, no una existencia irreal y efímera, que es lo contrario de vida eterna. Hay que eliminar esa idea de Dios exigente y juez castigador; sólo esta página de Juan basta para mostrarnos a Dios, amor, perdón y misericordia.

Se debe reflexionar en que mirar a la serpiente levantada en alto suponía la curación, y que, igualmente, dejar de mirarla suponía no curarse, esto es, autoexcluirse uno mismo de ser curado. Esto es exactamente lo que dice Juan cuando escribe que los hombres han preferido las tinieblas a la luz; lo cual significa que el hombre es el único responsable de su destino y que Dios no es ni su contrincante ni su juez. Dios es sencillamente un padre, cuyo hijo único ha sido levantado en lo alto de una cruz y, para fortuna nuestra, al mirar al Hijo quedamos salvados. "Tanto amó Dios al mundo", esta es su credencial y con ella se presenta desde la primera página de la Biblia; por amor, Dios va  por los caminos del mundo, en busca del hombre. El autor del texto, insiste hoy, con especial interés, en presentar a Dios, como el Dios del Amor y Bondad, muy lejos del juez rencoroso y buscador de muerte. Es cierto, Dios no dicta sentencia contra nadie; eso es algo que cada uno hace contra sí mismo con su incredulidad, un modo paradójico de ser, más hondo y complejo de lo que nosotros calificamos como malas obras. Pero de ello podemos ser suficientemente conscientes y salir. Ceguera, exaltación, intolerancia, esto es lo realmente preocupante y grave.

El camino de los hombres andaba desencajado, alejado de Dios, incapaz de romper el círculo de pecado, sólo el propio Dios podía romper ese círculo infernal. Así, por puro amor, “tanto amó Dios al mundo…” el propio Dios, encarnado en el Hijo se hace hombre y viene a vivir esa débil y confusa situación humana y la vive del modo como Dios vive las cosas, en un acto absoluto, constante, pleno de amor; vivir así, en este mundo nuestro lleno de mal y de pecado, significa acabar perdiendo; y Dios pierde, Dios muere. Pero el circulo se ha roto, la fuerza del pecado no ha podido con la fuerza del amor, aunque el precio que el hijo de Dios ha tenido que pagar haya sido el precio mas alto, el de su vida, su sangre. Es la redención, la entrega absoluta del Hijo de Dios ha hecho que el pecado sea vencido y no domine ya definitivamente. El que cree en él, el que se acerca a la luz, ya no es reo de la condena por el pecado; el que cree en él, el que se acerca a la luz, después de la muerte hallará vida. Jesús, pues, no es juicio sino salvación, Dios no es el que juzga, sino el que salva; la salvación surge por la fe. En cambio, "el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo Único de Dios". La luz se le da a todos, ilumina a todos los hombres: Jn 1,9, pero "los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas". Jesús es elevado para morir por el mundo y salvarlo; por eso ha tenido que padecer: "para que todo el que crea en él tenga vida eterna".

Jesús elevado, atrae a todos los hombres; es la luz verdadera que ilumina a todos. Hacia ese Jesús elevado en señal de oprobio nosotros levantamos nuestros ojos de la fe para tener vida eterna: reconocemos en él el amor salvador del Padre y el amor fiel y salvador del Hijo. Y, no obstante, siempre estamos tentados de preferir más las tinieblas que la luz; en esta doble atracción de la luz salvadora, pero denunciadora y de la tiniebla oscura, pero protectora, anda toda nuestra vida. ¡Caminemos hacia la luz! ¡Creamos en Dios, Amor! (1 Jo 4,16).

Camilo Valverde Mudarra 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 20:17
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