Martes, 17 de marzo de 2009

Domingo I Cuaresma. Ciclo B
Gn 9,8-15; Sal 79,2-3.15-19; 1 P 3,18-22; Mc 1,12-15

 

En aquel tiempo el Espíritu llevó a Jesús al desierto. Estuvo allí cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles lo servían.

Cuando arrestaron a Juan, Jesús se marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios; decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed la Buena Noticia.

 

 

La primera lectura es una perícopa del libro del Génesis. El yahvista sitúa, al final del diluvio, la promesa de Dios de mantener la vida y el ritmo de la naturaleza, pese a la maldad humana y, a la vez, este teólogo sacerdotal coloca ahí, con el mismo sentido, la alianza de Dios con Noé. Es la primera de las tres alianzas que jalonan su historia, la segunda es con Abraham y la tercera con el pueblo, en el Sinaí, cada una con signo diverso, marcan la sucesión de las épocas del mundo en su relación con Dios. El autor, al inicio de esta alianza, evoca su relato de la creación del hombre de Gén 1; el hombre es ahora Noé con su familia, sacados del caos acuático, como antes lo fue el mundo. El pecado acabó con aquella vida en el Edén Gn 1, y además provocó el diluvio (6.5-9.17) como castigo divino para aniquilar el desorden y violencia humana.

En una nueva acción creadora, al hombre se le repiten las mismas palabras: crecer, multiplicarse, llenar la tierra, dominarla. Ahora, Dios ordena, con toda energía, la confraternidad humana, como ley fundamental de la religión cósmica: "Si uno derrama la sangre de un hombre, otro derramará la suya". Este principio es fuente y razón de aquella circunstancia de la creación que el Génesis no se cansa de proclamar: "Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza". El cristiano, al momento, recuerda aquella frase del N.T., que se corresponde con ésta dialécticamente: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, en que os amáis los unos a los otros" (Jn 13,35). El mandato es respetar la vida en general, y, sobre todo, la vida humana ha de ser salvaguardada rigurosamente, bajo pena de la propia vida; la vida del otro vale lo mismo que la propia; y es Dios mismo quien la defiende, porque está hecha a su imagen en el mundo. La violencia hace emerger el caos, lo contrario de la creación.

La alianza es una promesa de Dios de que no habrá otro diluvio que destruya la tierra, ni la vida, en ninguna de sus formas. A la luz del precepto previo de respeto a la vida, esa promesa significa que Dios hace con ella un pacto de defensa; la ofensa contra la vida es ofensa contra Dios. En otras palabras, Dios afirma la vida y el orden natural, lo cual quiere decir que éstos son lugares teológicos en que la fe ha descubierto la acción creadora y salvadora de Dios. Ante las múltiples emergencias de lo caótico, el orden natural aparece como un verdadero don de Dios. La promesa tiene como señal el arco iris, una señal de orden natural en un pacto con la naturaleza. La señal "recuerda" al Dios del universo su promesa; para los que reciben la promesa es como un testigo: cada vez que se muestre el testigo, testifica que es Dios quien mantiene el orden del mundo. Esa precisa señal del arco hace referencia al agua diluvial: sostiene las cataratas de las aguas. Pero coincide que el término que designa el arco iris (geset) designa también el arco de la guerra, que en el simbolismo se transforma en arco de la paz.

Dios reafirma la estabilidad del mundo, la continuidad de la vida, el sometimiento del caos, para los justos como Noé, que representa a la humanidad, a quien se hace la promesa. La alianza significa ámbito de paz, de vida, de salvación de Dios, para los hijos, la fidelidad de Noé es el signo de la paz. Esta alianza se sitúa más allá de la sinaítica y de la abrahamítica, por su universalidad, por deshacer cualquier particularismo en la salvación de Dios, supera el reducto particular de salvación e incluye la humanidad entera y hasta el cosmos. Es promesa de salvación universal, no para un pueblo, sino para todos los hombres. El Dios creador y salvador está en todas las historias humanas de elección.

Este triunfo del Dios creador sobre las fuerzas caóticas se celebraba cada año en los pueblos orientales en la fiesta del Año Nuevo. Ya debe temerse ninguna batalla anual, la alianza es el triunfo de la vida sobre el caos y sus fuerzas. El arco, que, en sí es un término guerrero, puesto en manos del Señor ya no se usará para la guerra, sino que Dios lo cuelga de las nubes con fines pacíficos. En el futuro, la misericordia divina prevalecerá sobre su justicia en sus relaciones con la humanidad. Así la historia del hombre puede continuar.

Este mundo tampoco vive aquel estado paradisíaco de Gn 1. El caos de la violencia, de la muerte, del hambre, de la guerra... si no se remedian, serán el final de este mundo. Este es el miedo y la angustia del hombre. En medio de tanta oscuridad deben resonar la palabra de Dios: "...el diluvio no volverá a destruir la vida...". Dios no quiere que el hombre pase su vida bajo el terror de amenazas apocalípticas. El hombre debe vivir con la esperanza en un Dios que no quiere la destrucción del mundo. Dios quiere establecer un reino de paz aquí. Por eso el arco, símbolo de la guerra, se cuelga en el firmamento como símbolo de paz. Misión de todo hombre es buscar esta paz, porque tenemos derecho a ella; ser fiel al pacto divino consistirá en luchar, sin descanso, por implantar esta paz y exigir a los gobernantes nuestro derecho a la misma. Todo hombre debe luchar contra todas las fuerzas que intentan destruir nuestro planeta: guerras, terrorismo, armamento.

 

 

La segunda lectura pertenece a la primera carta de San Pedro. Ciertamente este texto es muy difícil, uno de los más oscuros de la Escritura, como decía ya Belarmino. La palabra griega «kérussein», que se encuentra en el v. 19 y que se suele traducir por «predicar», es mejor traducirla por «hacer una proclamación», puesto que se refiere a la «proclamación que Cristo hace de su victoria en su bajada a los infiernos» (Danielou, J.  Sacramentum futuri).

Este texto, inspirado probablemente en un antiguo himno bautismal que los primeros cristianos cantaban en el transcurso de la vigilia pascual, es un esquemático símbolo de fe: Cristo sufre, recibe vida por el Espíritu, proclama la victoria, llega al cielo y está sentado a la derecha de Dios. A lo que Pedro añade, probablemente basado en la apocalíptica judía tardía, un largo relato que no debemos interpretar en su literalidad y que rellena el hueco de espacio comprendido entre la muerte y la resurrección del Señor. El símbolo narra la exaltación de Cristo a través de la humillación. Una de las afirmaciones más unánimes de todo el Nuevo Testamento es que Cristo, siendo inocente, muere por los pecadores y su muerte tiene un valor soteriológico (1,18 s; 2,24 s.). El sufrimiento del inocente nos acarrea la vida, pues nos abre el camino hacia Dios (Rom 5,2; Ef 2,18...). La Iglesia testifica la exaltación de Jesús a la diestra del Padre (v. 24).

La bajada de Cristo a los infiernos requiere una explicación hermenéutica. Según la cultura de entonces, la muerte del hombre se describe como una bajada al mundo subterráneo, así se afirma su muerte real. La actividad de Cristo en este mundo subterráneo es la afirmación de que su poder redentor y soberano se extiende a todas las partes y a todos los hombres de todos los tiempos; y Cristo, por contraposición a Enoc, no anuncia la desgracia sino la salvación a todos. El paso a través del agua del diluvio es tipo de la salvación a través del agua del bautismo e implica el compromiso de seguir a Jesús a pesar de la oposición del mundo. El bautismo es prenda de nuestro triunfo, ya que nos hace partícipes de la resurrección de Cristo. La cosmología hebrea distinguía tres planos en la creación: el cielo, la tierra, el infierno. Cristo, entronizado como Señor merced a su Pascua, extiende simultáneamente su imperio a esos tres planos.

Belarmino explica: «Cristo en los infiernos predicó a todos los espíritus bien dispuestos; si son citados expresamente los que fueron incrédulos en tiempo de Noé, ello se debe a que, con relación a ellos, la duda de su salvación era mucho más grande». San Pedro establece una relación directa entre la salvación operada por el diluvio y la salvación realizada en el bautismo. En el v. 21 se dice literalmente que el bautismo es el «anticipo» del diluvio, es decir, la realidad figurada por él. Cada uno de nosotros es introducido, mediante su bautismo, en el tiempo del juicio y de la salvación inaugurados por Cristo; el paralelismo entre el diluvio y el bautismo es un tema predilecto de los Padres de la Iglesia; ellos conceden una especial significación a la paloma que interviene al final del diluvio; efectivamente, una paloma se encuentra en el momento del bautismo del Señor cuando el Espíritu de Dios toma plena posesión del Mesías en el principio de su ministerio; la paloma del diluvio lleva un ramo de olivo, símbolo de paz, de esa paz que es obra del Espíritu; en cuanto al olivo, es de él de donde se extrae el óleo, el óleo de las unciones. Muchos de los detalles del relato del diluvio orientan también hacia las realidades de la vida cristiana. Así se explica la abundante utilización que del diluvio hacen los Padres y la explicación que dan de todos sus detalles.

Dice San Pedro que "es preferible padecer por obrar el bien, si ésta es la voluntad de Dios, que por obrar el mal" (v. 17). E ilustra esta verdad con el ejemplo de Jesús, que ha de inspirar siempre la conducta del cristiano, pues Jesucristo, siendo inocente, murió por los pecadores y murió una sola vez y una vez para siempre; Jesús ofreció en su muerte un sacrificio de perenne actualidad y de valor infinito.

 

El Evangelio según San Marcos relata hoy que Jesús fue llevado al desierto durante cuarenta días, donde experimentó la tentación y los incentivos del Misterio del Mal. De igual manera que la tentación, el servicio que prestan los ángeles no se sitúa al final de los cuarenta días, sino que tiene lugar durante todo ese tiempo.

San Marcos es el único evangelista que titula su libro sobre Jesús "evangelio" y es San Pablo quien utiliza con más frecuencia la expresión, evangelio de Jesucristo. Este escrito de San Marcos se haya encuadrado en el ámbito de la predicación interna de la comunidad, es, ante todo el anuncio de Jesús; la idea nuclear es el misterio de Jesús-Mesías. Los contemporáneos de Jesús no habían podido entender, como era ya claro para los lectores del evangelio, que la persona de Jesús es el evangelio y que la obra de Marcos es evangelio.

Sin duda, estamos ante uno de los textos más sugerentes y grandiosos de todo el Nuevo Testamento y, a la vez, uno de los más comprometedores. Marcos es un autor muy parco en palabras; por ello, las que emplea son de las que entran e inciden hondo. San Marcos relata de forma muy sumaria la estancia de Cristo en el desierto, pero hace que, sobre este episodio, giren el bautismo y la inauguración del ministerio de Jesús; en efecto, es el único evangelista que ha conservado el bautismo de Jesús como el hecho inaugural del Evangelio, fiel en esto a la predicación apostólica primitiva (Act. 10,37); el rito se desarrolla a través de varios sucesos: la abertura de los cielos, la bajada del Espíritu y la voz celestial.

Los profetas, al relatar sus visiones describen que los cielos se rasgan para dejarlos ver (Ez 1,1; Ap 4,1); no es más que una imagen poética, que pertenece al género literario apocalíptico. La apertura de los cielos, por lo demás, no se produce sólo para mostrar los secretos de Dios, sino también, como, en Is 63,19 y Jn 1,51, para dar paso a Dios; en adelante, ya habrá comunicación entre el cielo y la tierra (es el sentido del desgarramiento del velo del Templo, Mc 15,38), y el predicador del Reino estará realmente habilitado, como los profetas, a hablar de Dios a los hombres.

En segundo lugar, el gesto de Yahvé que desparrama el Espíritu sobre su rebaño (Is 63,14) es la fuente de inspiración inevitable de la bajada del Espíritu sobre el Nuevo Moisés justamente en el momento en que sale del agua. El nuevo Éxodo (Is 63,11-12) anunciado por el Segundo Isaías  va a producirse y Jesús aparece como el instaurador y el pastor del nuevo pueblo.

Y, por último, Jesús en su bautismo es presentado como un pastor que conducirá a su pueblo en el Nuevo Éxodo, de modo que la estancia de Jesús en el desierto adquiere el significado de que el Éxodo es realmente una realidad en marcha; Jesús pasa cuarenta días en el desierto, lo mismo que el pueblo anduvo por él cuarenta años; es conducido a él por el Espíritu, lo mismo que el pueblo era conducido por la nube; es tentado en el desierto, lo mismo que lo fue el pueblo (Dt 8,1-4; Sal 94-95). Pero, como es el Mesías, Jesús es servido por los ángeles (Sal 91,10-12) y vence a las bestias salvajes (Dt 8,15; Sal 91,13).

Bautizarse significa fundamentalmente dejarse sumergir en el agua y, sobre todo, en la condición humana con la muerte, representada en el agua. Cuando Cristo se hace bautizar, acepta su condición humana con sus ambigüedades y sus sufrimientos, con la muerte como final. Mas la tentación vino inmediatamente a atacar a Cristo con el fin de ayudarle a comprobar, si su decisión era firme y profundamente incorporada a su vida. Significaba también que estaba capacitado para predicar el Reino de Dios; un reino que no se instaura, sino justamente en la fidelidad del hombre a sí mismo hasta la muerte.

De la lucha contra las fuerzas demoníacas se deduce que Jesús constituye el momento de la transformación del mundo; las continuas disputas con los adversarios manifiestan que el reino de Dios está presente y que se desarrolla a través de obstáculos. La etapa entre la resurrección y el retorno comporta para los discípulos sufrimientos y servicio. El Mesías es una persona que debe sufrir la tentación, superar peligros y correr riesgos. El sujeto y el objeto de la predicación es Jesús, la palabra es la presencia escondida que pronto se manifestará; el desierto y la presencia de las fieras es la tierra de Satanás, a la vez que es también el lugar donde se encuentra a Dios. Galilea y no Jerusalén es el lugar del evangelio.

El inciso "cuando arrestaron a Juan" es una indicación teológica más que temporal. Juan debía preparar el camino. Jesús lleva a término el reino de Dios. Este reino es una realidad que trasciende el mundo de los hombres. De ahí la invitación a convertirse y a creer en la Buena Noticia.

La llegada de Jesús supone para Marcos la llegada del tiempo final; no es un tiempo irreal, ni una quimera, es un periodo de prueba y de tentación, pero armónico y prodigioso, el tiempo de la esperanza de una tierra por estrenar, el tiempo del Reino de Dios que llega. Eso sí, deberemos cambiar de mentalidad y de comportamientos, deberemos dar crédito a la Buena Noticia, creer en ella. La fuerza del Espíritu, el bautismo y la tentación constituyen una realidad única. Vocación y prueba coinciden. El inicio del reino de Dios exige que se pase a través del desierto. En momentos de pesimismo el texto de Marcos es una invitación a la fe y a la penitencia que proviene del gozo de haber sido llamados al evangelio. El tiempo de Cuaresma es nuestro momento de desierto, de viaje interior; tiempo de detenerse, reflexionar, orar y ponerse en camino; renovarse y volver a nacer.

Camilo Valverde Mudarra 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 21:56
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