Domingo, 08 de marzo de 2009

Domingo II Adviento. Ciclo B
Is 40, 1-5.9-11; Sal 84, 9-14; 2P 3, 8-14; Mc 1, 1-8

 

Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el profeta Isaías: Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino. Una voz grita en el desierto: "Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos." Juan bautizaba en el desierto; predicaba que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados. Acudía la gente de Judea y de Jerusalén, confesaban sus pecados, y él los bautizaba en el Jordán. Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba: "Detrás de mí viene uno que puede más que yo, y yo no merezco ni atarle las sandalias. Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo."

 

 

         LA PRIMERA LECTURA del libro de Isaías propone la vigorosa profecía del profeta desconocido, que se designa con el nombre de Deuteroisaías; anuncia al pueblo exiliado en Babilonia la próxima vuelta a la tierra patria. Escribe lleno de energía, de entusiasmo y de ternura a la vez, al vislumbrar la posibilidad del regreso, gracias a la victoria de Ciro, que les permitirá terminar el exilio. Es el canto de la liberación con que se inicia el llamado "Libro de la Consolación" de un estilo y una visión teológica peculiares (cc. 40-55); abre una esperanza con rasgos mesiánico-escatológicos a un Israel atrapado en el desánimo e insensibilizado por la indiferencia.

         Es el gran poema de la vuelta del destierro (Is II), el comienzo del éxodo o liberación, situado en los últimos años del destierro de Babilonia. Presenta al rey persa como la figura suscitada por Dios para la restauración de Israel, como antes Babilonia lo había sido para su purificación. El texto expresa una exhortación épica a dejarse inundar de la alegría ante la inminente la salida de Babilonia; a fin de manifestarla con más eficacia, se apoya en el éxodo, la más antigua e importante de las tradiciones de la elección. El imperativo "consolaos, consolaos" repetido, en sentido urgente, sintetiza uno de los más expresivos dones mesiánicos. Israel llega a comprender finalmente que el auténtico consolador es Dios, idea recogida vivamente en la catequesis novotestamentaria. Dios, en su misericordia, impartiéndole su consuelo, responde al pueblo, que se siente abandonado al borde de la desesperación: "Bienaventurados los que lloran porque serán consolados" (Mt 5,5), dirá Jesucristo.

         En sentido de encarnación, Dios mismo inicia el camino de la caravana que se dirige a la tierra de las promesas; la naturaleza, al ser personificada, se entronca en la historia, como escenario de la obra de Dios; es Dios quien traza los caminos de la historia. En Babilonia, sus dioses y reyes eran llevados en procesión por el camino o calzada preparada para tal acontecimiento; estas procesiones constituían y eran manifestación visible del poder de sus dioses y reyes, sobre los dioses y gobernantes de los pueblos sometidos. También el Dios de Israel con su pueblo va a recorrer procesionalmente el camino que lleva hacia la libertad.

            Así mismo, la comunidad esenia de Qumrán, siguiendo la invitación de Isaías (su lectura preferida), de preparar los caminos del Señor, vive la mística del desierto; el ideal del desierto se hace tierra de encuentro; eliminando los obstáculos, Dios marcha delante de su pueblo: «Delante avanza Yahvé a la cabeza» (Miq 2,13). En la relectura de los evangelios, la voz, que resuena en el desierto, es la de Juan, que exhorta a preparar los caminos del Señor, Jesucristo, con la rectitud y la justicia: «Preparadle el camino al Señor...» (Mt 3,3). Camino, desierto... son términos más teológicos que geográficos e indican el final del sufrimiento y el retorno gozoso a la tierra.

         El hombre necesita frecuentemente, consuelo en este valle de lágrimas; desdichas, desgracias, angustias... acaecen a todas las horas, atrapan nuestras entrañas... Toda la vida humana es un destierro. Jesús es el consuelo que esperamos (Adviento). Él es la vía por la cual Nuestro Padre viene al encuentro del hombre y este se acerca a Él. Jesús es el Salvador, Liberador, Mensajero de consuelo; es el Buen Pastor que, con solícito amor, cuida de cada uno de sus hijos y hermanos.

 

            LA SEGUNDA LECTURA tomada de la segunda carta de Pedro trata básicamente del retraso de la parusía y venida del Señor; habiendo comprendido ya, los cristianos de este tiempo, que la vuelta del Señor no parecía que fuese un hecho tan inminente, como inicialmente se esperada, muchos preocupados por ello, comenzaron a inquietarse y a caer en escepticismos e ironías contra las que escribe el autor de esta epístola, que, según la mayoría de los exégetas, es de época posterior. Es posible que sea el texto más tardío, quizás el último de la Biblia, escrita por algún discípulo de Pedro, preocupado por cierta sensación de desconcierto que vivían los cristianos de su entorno.

         En este contexto, la carta, intentando calmar los ánimos, atribuye el retraso a la paciencia de Dios, que quiere dar a todos tiempo para la conversión y, al mismo tiempo, explicándolo mediante las expresiones, símbolos y creencias de la apocalíptica de la época, con un vocabulario que recuerda el del discurso escatológico del Evangelio, afirma que el día del Señor y el fin del mundo tendrán ciertamente su momento y lugar, pero se ignora el día y hora. El final del mundo tiene una razón clara: Dios instaurará un mundo nuevo, que no puede describirse, sino solamente afirmarse: "Un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia".

         Así pues, insiste en la idea expuesta por Jesucristo, hay que vivir de modo que cuando aquel día llegue, estemos preparados y en disposición. "Hacer todo lo posible para que venga pronto" significa, que se debe acomodar la vida en este mundo, a lo que será el Reino. Anima a mantenerse fiel en el tiempo de espera de la venida del Señor, y, sobre todo, a no desconfiar de su venida; parece que algunos, ante el retraso, propalaban que la segunda venida no tendría lugar.

La carta, invitando a vivir de acuerdo con la espera, refuerza la fe en la vuelta definitiva del Señor; exhorta a "apresurar la venida del Señor", que es una forma de afirmar que el creyente contribuye a hacer realidad y acercar la plenitud del Reino. En definitiva, todo conduce a la esperanza de "un cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia".

         El Señor va a venir con toda seguridad; además de llegar para cada uno individualmente de muchas maneras, sobre todo, en la muerte, llegará para todos. Su obra no está terminada y hemos de vivir con la esperanza y alegría de que se complete, cooperando para ello. El hecho de que se dilate nuestra vista es porque lo miramos desde nuestra perspectiva humana, pero en Dios las cosas responden a otra visión. Dios es eterno y su grandeza trasciende todas las medidas humanas, no siente la premura.

         Este pensamiento de la vida justa acelera la venida del Señor. Lejos de tener miedo a este fin, un cristiano habría de desearlo, pues se trata del triunfo total y definitivo del Señor Jesús. Cielos nuevos y tierra nueva en que habite la justicia, que se va preparando desde ahora mismo; el Señor viene, está viniendo y va a venir.

 

           

            San Marcos, se inicia directamente con la presentación de Juan Bautista, aquel que abre el camino a Jesús. Sorprende que Marcos  comience su «evangelio de Jesucristo» con las obras y palabras del Precursor; se debe a que él sintetiza todas las promesas del AT, que ahora pasan a Jesucristo, que es su última expresión y su cumplimiento. Es el único de los cuatro que empieza así y también el único que utiliza la palabra "evangelio" al comenzar su escrito.         

         "Evangelio", buena nueva, gran noticia, no indica sólo unos relatos sobre Jesús, sino más bien la proclamación del significado y entidad de Jesucristo. Por eso, señala los tres títulos que le atribuye en sus páginas: Jesús, persona concreta; Cristo, el Mesías en quien se cumplen las promesas; e Hijo de Dios, este título tiene claramente un sentido teológico muy profundo, el de referencia universal, es la presencia de Dios para todo hombre. Marcos lo utiliza con cierta sobriedad, sobre todo, en tres textos importantes: en el bautismo (1,11), en la transfiguración (9,7) y en la profesión de fe del centurión al pie de la cruz (15,39). La "alegre, nueva noticia" consiste en el engarce entre el Jesús de Nazaret y el Señor Resucitado, en el hecho de que el Hijo de Dios y su salvación se han manifestado en Jesús, que se entrega a los hombres, con su amor obstinado, derrotado, pero victorioso; la "alegre noticia" está en que Jesús de Nazaret, el crucificado, ha resucitado (16,6), es el Hijo de Dios, es el Señor. La alegre noticia, que nos llena de gozo y de esperanza, es Jesús de Nazaret, ese Jesús es el Mesías, es el Hijo de Dios; un Dios que ama al hombre y que se revela en el amor.

         San Marcos comienza su evangelio, presentado a Juan, a la luz de dos viejos textos proféticos, uno de Malaquías y otro de Isaías, sintetizados por el autor bajo el único nombre de Isaías, según los cuales Juan es mensajero y voz que precede a Jesús. Realiza esta función mediante su actividad bautismal y, sobre todo, oral, su predicación. Jesús es destacado de modo eminente, es un personaje, al que Juan no merece ni desatar las sandalias, imagen gráfica tomada del ámbito del derecho; el acto de desatar las sandalias era de uso jurídico y designaba el reconocimiento de la primacía y del derecho del desatante sobre el desatado; con este dicho San Juan está reconociendo el poder, la excelencia y el derecho de Jesús sobre él; hecho, que el propio Juan asienta por la diferencia existente entre su bautismo con el agua y de Jesús con Espíritu Santo.

         Se pude pensar en el Hijo de Dios, presentándolo desde los aspectos de la gloria y del poder, pero San Marcos, de acuerdo con la tesis central de su evangelio, lo concibe en el marco de la pobreza y del sufrimiento; no se limita a presentar a Jesús como Hijo de Dios. Quiere demostrar que la buena noticia es la llegada del Reino de Dios, expresa en el breve mensaje proclamado solemnemente por Jesús: “Se ha cumplido el tiempo y el Reino de Dios es inminente, arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Jesús es portador o comunicador de la buena noticia, el portador autorizado, por cuanto que es el Mesías y el Hijo de Dios.

         Juan es un profeta probablemente relacionado con los monjes ascetas de Qumrán, que presiente cercana la irrupción de Dios, para transformar el mundo y llama a convertirse y a prepararse y lo hace con palabras duras, su misma imagen ascética personal está cargada de severidad y dureza, en coherencia con su mensaje y su vida. La conversión que predica Juan consiste en la transformación moral por medio del arrepentimiento, una revolución espiritual mediante la renuncia, el abandono de la sociedad y el exilio al desierto. Él mismo daba ejemplo de lo que pedía, con su forma de vida, con su austeridad, reciedumbre y hábitos estrictos, a imitación formal del antiguo inconformismo de Elías; ellos son dos modelos de conversión, renuncia y desprendimiento de lo terreno, lo que implica salir de uno mismo, desechar los dictados relativistas y hedonistas de la sociedad mundana y vivir como enseña Jesucristo en el Evangelio.

         Juan llama a la penitencia, que requiere el cambio de la mente y del corazón; hacer penitencia conduce a sumergirse en el futuro de Dios, que esta viniendo; impele a dejar atrás el hombre viejo y el mundo viejo. Esto es lo que simbolizaba el bautismo de Juan. El Precursor viene a preparar el camino de la venida del Señor, que va a nacer dentro de nosotros.

 

                                               Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:01
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