Martes, 18 de noviembre de 2008

Solemnidad de Todos los Santos. Ciclo A
Ap 7,2 - 4,9-14; Sal 23,1-6; 1 Jn 3,1-3; Mt 5, 1-12


«
En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y Él se puso a hablar enseñándolos:
Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.

Bienaventurados los sufridos, porque ellos heredarán la Tierra.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.

Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.

Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Bienaventurados los perseguidos por ser justos, porque de ellos es el Reino de los Cielos

Bienaventurados seréis, cuando os injurien, persigan, y calumnien por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».


 

Lectura de libro del Apocalipsis: 

 

 

    «Yo, Juan, vi a otro ángel que subía del oriente llevando el sello de Dios Vivo. Gritó con voz potente a los cuatro ángeles encargados de dañar la tierra y el mar, diciéndoles: No dañéis la tierra ni el mar, ni los árboles hasta que marquemos en la frente a los siervos de nuestro Dios.

    Oí también el número de los marcados, ciento cuarenta y cuatro mil, de todas las tribus de Israel. Después vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero, vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos. Y gritaban con voz potente: La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero! …»

 

          San Juan escribe el Apocalipsis, que significa "revelación", hacia los años 94-96, en unos tiempos, en verdad, adversos para los cristianos; la persecución de Nerón, que comienza con el incendio de Roma, hacia el año 64, se extendió por el Imperio en tiempos de Domiciano. El Apocalipsis es, pues, un libro de clandestinidad, de lo que resulta en parte la dificultad de su interpretación, y, a su vez, un texto de exhortación y consuelo para los mártires, que necesitan ánimo y gran "paciencia"; la paciencia vive de la esperanza, de una esperanza invencible, que es algo muy distinto de la simple resignación. Es el libro de la resistencia cristiana.

          El Vidente de Patmos, observando los hechos, revela el verdadero sentido de las persecuciones de la iglesia en el decurso de la historia e interpreta los signos de los tiempos a la luz del Día del Señor. De ahí que su exhortación tenga vigencia en la actualidad. El autor, que no se interesa por la Geografía, sino por descifrar el sentido de la historia, se queda con la visión que tenían sus contemporáneos de la Tierra; supone que es una gran superficie cuadrada, de cuyos ángulos proceden los vientos que recibe el hombre (cf. descripción de Za 6,1-7). Como cree que Dios es el Señor y Creador de todo, piensa que estos malos vientos no actúan al margen de la voluntad divina y están controlados por cuatro ángeles, que obedecen a un quinto, que surge por el Oriente -donde nace la luz y se suponía que procede la vida y la salvación-, para que no suelten los malos vientos hasta que sean marcados con un sello todos los siervos de Dios. Se sabe que, desde antiguo, era costumbre del dueño marcar con su nombre o con una señal personal sus pertenencias; así se hacía con los esclavos y con los soldados. El sello de Dios en la frente de los que le sirven es como una promesa: Dios protegerá a los suyos en medio de la tribulación; todo esto lo ha visto el Vidente, como si estuviera fuera del mundo y pudiera abarcarlo con una mirada; ha podido oír también el número de los marcados con el sello del Dios vivo. Se trata de un número simbólico.

          El hombre moderno ya no percibe el simbolismo de los números; una cultura cuantitativa y el abuso de las estadísticas y presupuestos los han "deshechizado". Pero la cifra de 144.000 no es un recuento de feligreses practicantes, sino la combinación de dos números perfectos, el 12 y el 1.000. Indica la salvación universal, una multitud incontable, de todos los pueblos, razas y lenguas. El número 12 significaba la "totalidad", y el número 1.000 "muchedumbre". Israel es el pueblo de Dios. La "totalidad (=12) de cada tribu sería 12.000 miembros y la "totalidad" de Israel (con sus 12 tribus) sería 144.000 miembros, una "muchedumbre" (=1.000). De ahí que este número signifique simplemente la totalidad de los elegidos y no una cantidad numérica determinada y conocida por nosotros. El vidente intenta decir que Dios protege a todos y a cada uno de sus elegidos. En medio de esta concreta opresión y constante amenaza, este creyente supera la anécdota del momento y se abre a la esperanza, al profundo misterio de la historia y escucha la palabra de Dios que lo interpreta. Sólo ve y oye de esta manera quien espera contra toda esperanza humana, movido por las alas de la esperanza cristiana.

          Mirando más allá de la historia, en su visión da un salto y, dejando atrás todas las luchas y persecuciones, muestra el triunfo del pueblo de Dios. Una muchedumbre incontable, de todas las razas, lenguas y naciones, con palmas en las manos celebra la victoria; esta hermosa utopía indica que el ideal de la humanidad es la superación de todas las fronteras y de todas las discriminaciones, un pueblo festivo en el reino de la paz y de la libertad. En este punto, cabe afirmar que una sociedad sin clases es también el sueño de todo cristiano, seguidor de Jesucristo.

          La victoria y la salvación que se celebra se debe al Cordero y a Dios, a quienes la muchedumbre incontable y los ángeles tributan "todo honor y toda gloria". Es como una gran doxología y una liturgia celestial que la iglesia militante, todavía en la tierra, anticipa en sus celebraciones eucarísticas. Aunque todos han sido salvados por Dios y por la sangre del Cordero, Dios no ha ahorrado a ninguno de sus elegidos el pasar por la lucha y las tribulaciones de la historia. Y esto es lo que hace mayor el gozo de la victoria final.

          El Apocalipsis del Nuevo Testamento describe los avatares de la historia de la salvación desde la primera venida de Cristo hasta la segunda. En la lucha entablada entre Cristo y Satán, Cristo ya ha vencido; pero el poder del adversario sigue desplegándose sobre la Iglesia. La "bestia feroz" que sale del mar, el Imperio, y la gran "prostituta", Roma, son el instrumento de Satán para llevar su persecución sobre la Iglesia. Es la hora de la prueba. Junto a la amargura del presente, el autor va presentando cuadros apocalípticos del final de los tiempos, que traen paz y serenidad a los atribulados, a la vez que sirven de acicate para continuar luchando en este mundo en la batalla de la fe. Al final, Dios vencerá por medio de Cristo, que debe actualizar el plan de salvación contenido en el libro de los siete sellos (5,7, 9).

 

 

SALMO RESPONSORIAL:

     «Del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe y todos sus habitantes. Él la fundó sobre los mares, Él la afianzó sobre los ríos. ¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? El hombre de manos inocentes y puro corazón. Ése recibirá la bendición del Señor, le hará justicia el Dios de salvación».

 

 Lectura de la primera carta del apóstol San Juan:

 

      «Queridos hermanos: Ved qué grande amor nos ha tenido el Padre, al hacer que nos llamemos hijos de Dios, pues, en efecto lo somos. Si el mundo no nos conoce es porque no lo ha  conocido a Él. Queridísimos, desde ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal cual es. El que tiene esta esperanza en Él, se purifica, como Él es puro».


            Su comunidad cristiana está en crisis;  no habiendo comprendido el Nuevo Mandamiento y no concediendo importancia al amor al prójimo, algunos miembros importantes, negando que Jesús sea el Hijo de Dios, la han abandonado. La convivencia se resiente y, ante ello, San Juan les envía esta carta. El amor a Dios y al prójimo son el núcleo central de todo el escrito, el amor dominante en sus líneas va apareciendo continuamente; en verdead, ha entendido muy bien la esencia del cristianismo y la transmite.

          Así, insiste en el profundo misterio del amor de Dios que nos ha hecho auténticos hijos suyos. No "de adopción", sino verdaderos hijos, participantes del ser divino. Y ese ser es amor (1 Jn 4,8). Si Dios nos ama, somos de otro modo, el mundo y nosotros mismos cambiamos; no se puede pensar en un amor de Dios que no transforme, Dios nos cambia al amarnos. El autor destaca con entusiasmo el insondable amor del Padre que ha dado a los cristianos el nombre de "hijos de Dios". Seguidamente y con gran alborozo, subraya la realidad que significa tal nombre. Pues no se trata simplemente de un título honorífico, sino de un hecho de salvación; Dios, que dijo "hágase la luz", y la luz fue hecha, dijo también que somos sus hijos, ¡y lo somos! Engendrado por Dios en el bautismo, el hombre renace para una vida divina (Jn 1,12; 3,5). Este hombre participa en cierto sentido analógico, pero realmente, del modo de ser o naturaleza de Dios.

          Juan habla aquí del mundo que rechaza la salvación de Dios, y ese mundo no conoce a Dios y a su Hijo, ni puede entonces conocer y amar a los hijos de Dios (cfr. 16,2), a los que viven la vida divina que trae Jesús, para los que creen en Él. Ese mundo es el que se mueve en "los bajos instintos, en los egoísmos insaciables y la arrogancia del dinero" (1Jn 2,16). Es lo contrapuesto al amor verdadero.

A pesar de que esta filiación divina del cristiano, es ya una realidad, todavía es una realidad escondida e incipiente; ni los mismos hijos de Dios saben ahora y tienen clara experiencia de lo que realmente son. Cuando se manifieste plenamente y llegue a pleno desarrollo lo que son, los hijos de Dios se sorprenderán y verán que son semejantes a Dios. Entonces los hijos de Dios serán alzados a la altura de los ojos del Padre y lo verán como él mismo los ve.

          Esta esperanza de encontrarnos cara a cara con el Padre y de ser semejantes al Padre es la verdadera motivación cristiana de la santidad (Mt 5,48; Hb 12,14). Es la esperanza que nos anima a seguir el ejemplo del "Primogénito entre muchos hermanos", Jesús (cfr 2,6), y a entrar por el camino de las bienaventuranzas. Ser hijos de Dios es "haber nacido de Dios". El aceptar a Jesucristo nos hace capaces de ser hijos de Dios. El cristiano es hijo de Dios en cuanto participa de la filiación divina de Jesús. Es don amoroso del Padre. Es una realidad que nos transformará. San Pablo habla de una nueva creación. Será algo grande. La primera creación es poco, comparada con esta, no la conocemos porque aún no ha llegado. Con todo, este final ilumina nuestro presente. Es la esperanza que nos ayuda a caminar. El fundamento es el amor, cumplir el Mandamiento Nuevo; amar a Dios y amar al prójimo.

 

 

            El santo evangelio, según San Mateo, pone hoy, en consideración, las Bienaventuranzas, síntesis del mensaje cristiano. La liturgia presenta, con las Bienaventuranzas, el proyecto de vida, para vivir la santidad de Dios.

          Exegéticamente, el género bienaventuranza ya existe en el N.T., no es exclusivo de los evangelios. En la Biblia, se hallan numerosos ejemplos de bienaventuranzas; sólo en los Salmos hay más de veinte (cf. Sal 4O,2; 127,1 etc.). El Apocalipsis de Juan ritma su texto con siete bienaventuranzas (cf. 1,3; 14,13; 16,15; 19,9; 2O,6; 22,7; 22,14).

          La perícopa se inicia en un entorno excepcional; probablemente, en la intención del autor, el monte no está en la geografía de Palestina, sino que piensa en el Sinaí, el monte por excelencia en la tradición judía, donde tuvo lugar la constitución del pueblo de Dios. El monte es en la Biblia lugar de retiro, sitio de la proximidad de Dios. Es en la cima de los montes, donde se realizan casi siempre las grandes decisiones de Dios sobre su pueblo en el Antiguo Testamento. Al presentar a Jesús subiendo al monte, Mateo señala que va a tener lugar el acto fundacional del nuevo pueblo de Dios, con Jesús, como nuevo Moisés. Jesús va a elegir a los doce apóstoles, para que su obra pueda perdurar después de su muerte; con ello, indican los evangelistas que la elección de Jesús, "a los que quiso" (Mc 3,13), viene de Dios. El sermón constitucional del nuevo pueblo no expone principios abstractos, sino que recoge hechos y situaciones concretas de la vida de sus miembros.

          Estas ocho bienaventuranzas de San Mateo en el Sermón de la Montaña son literariamente un modelo de construcción; la primera y la última contienen la misma promesa y la cuarta y la octava versan sobre la justicia. Cuatro presentan situaciones de conflicto: pobreza, llanto, sufrimiento, hambre-sed y persecución, y tres, acciones positivas: misericordia, limpieza de corazón, esfuerzo por la paz. No pretenden ser exhaustivas, pero, sí, muestran una gama de circunstancias de indigencia y de compromiso por el prójimo, en que se patentiza el rostro de Dios. La novena, al acentuar la misma persecución por causa del Evangelio, manifiesta el gozo de Dios. Acomodar la vida a la enseñanza del Evangelio es el camino de santidad que Dios espera de nosotros.

          Jesucristo expresa unas situaciones de sufrimiento físico que el discípulo se ve obligado a padecer por causa de establecer la justicia, es decir, la nueva sociedad del Reino de Dios; no cae vencido por ellas, sino que las sufre con gozo. Al que vive así el realismo de la vida, Jesús lo declara bienaventurado. No son, pues, las situaciones el objeto de la bienaventuranza de Jesús, sino las personas que las superan, las que, por ejemplo, aceptan vivir el mal de la pobreza. Esto es lo que significa la formulación "pobres de espíritu" de Mateo. El comienzo del acto constitucional del nuevo pueblo de Dios es un canto a las personas que sufren por intentar hacer posible el Reino de Dios. Es un canto hermoso y maravilloso por su sencillez, que ciertamente conforta en toda su hondura, a quien sabe de sufrimiento por difundir el amor evangélico y trabajar por la justicia y la paz.

          Las bienaventuranzas no son propiamente una enseñanza, sino una proclamación del manifiesto cristiano. Jesús declara dichosos a los pobres voluntarios, los misericordiosos, los hambrientos, los que lloran, ansían la justicia, aman la paz y sufren persecución por seguir a Jesús. Son dichosos todos los trabajadores comprometidos en la consecución del orden social que emana del Evangelio. A todos ellos, Jesús les abre un futuro y una esperanza en el Reino de Dios. Las bienaventuranzas no son una compensación fantaseada para hacer que la gente se resigne más fácilmente ante las frustraciones de la realidad; no son un consuelo por las privaciones de la vida, no son un estímulo para encajar acciones injustas; no son un freno al cambio activo de la realidad. Son más bien la voluntad inconformista y decidida de transformar la realidad. Jesús, en esta catequesis, habla de discípulos activos que, frente a concretas injusticias, adoptan actitudes justas. Y por adoptarlas, son bienaventurados, no desgraciados o ilusos, porque sólo Dios puede hacer justicia y quien los llama dichosos. Mientras Lucas se refiere al hambre corporal, Mateo nos habla del hambre y sed de Justicia. Ciertamente que la "justicia" es aquí el cumplimiento de la voluntad de Dios o de la palabra de Dios, que es el alimento de la verdadera vida; pero los que sienten hambre de esta justicia no pueden estar satisfechos con las injusticias sociales. Por otra parte, cuando se manifieste toda la justicia de Dios, no quedará sin cumplir cualquier otra justicia.

          Mateo escribe su evangelio como proyecto ambicioso y arriesgado de discípulo; es el negarse a sí mismo en renuncia al egoísmo y en estar a disposición de los demás, que hoy, en este texto, expresa en formas típicas la negación de sí mismo, las ocho recogidas en este texto están en la línea de lo que significa ser discípulo de Jesús, y discípulo sólo se es en la medida en que se haga algo por los demás y por cambiar el orden existente.

          El hombre busca la felicidad. Sentirse feliz significa experimentar la vida verdadera por estar viviéndola con intensidad y compromiso; es sentirse uno mismo, persona que ocupa su puesto en la historia y lo llena. Lograrlo es difícil, y, por ello, viene la frustración, el vacío y la soledad; precisamente la dicha no abunda sobre la tierra. En las bienaventuranzas, Jesús propone su camino, para que el hombre alcance la verdadera felicidad, la verdadera vida. Es evidente, sólo con leerlas superficialmente, que no son precisamente el camino que ha elegido esta sociedad de la posesión y del consumo.

            Jesús predica los valores humanos y cristianos verdaderos, los únicos que pueden llenar el corazón humano. Quienes los acojan y practiquen serán sus discípulos; los destinatarios de sus palabras son todos los hombres, al exponer unos ideales de vida que conectan perfectamente con las profundas ilusiones humanas.

 

                                                           Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 18:50
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