Domingo, 16 de noviembre de 2008

Domingo XXXI  T. Ordinario. Ciclo A
Mal 1,14 – 2,2-10; Sal 130, 1-3; Rm 6, 3-9; Jn 14, 1-6

 

«No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas estancias, si no, os lo hubiera dicho; voy a preparaos un lugar. Y, cuando me vaya y os haya preparado un lugar, volveré otra vez y os tomaré conmigo, para que, donde yo estoy, estéis también vosotros; ya sabéis el camino, para ir a donde yo voy. Tomás dijo: Señor no sabemos adonde vas, ¿cómo vamos a saber el camino? Jesús le dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie va al Padre sino por mí”.


 

          Al coincidir este Domingo con la conmemoración de todos LOS FIELES DIFUNTOS  -2 NOVIEMBRE-, hacemos una síntesis de las lecturas de ambas fiestas en nuestro comentario.

 

Lectura del Profeta Malaquías:

 

     «Yo soy el Rey soberano, dice el Señor de los ejércitos; mi nombre es temido entre las naciones…

    ¿No tenemos todos un solo Padre? ¿No nos creó el mismo Señor? ¿Por qué, pues, el hombre despoja a su prójimo profanando la alianza de nuestros padres?»

 

 

          Malaquías, «mi mensajero», es el nombre que se da al último profeta, autor anónimo;  vivió en el siglo v, después de la reconstrucción del Templo y poco antes de la reforma de Esdras.

          Las esperanzas del pueblo se derrumban, pues nada ha cambiado; el primitivo fervor religioso de los repatriados se había enfriado al no ver cumplidas las profecías sobre los tiempos mesiánicos; en su nombre, el profeta ataca con dureza al clero, al que le achaca la decadencia moral y política, porque no ofrece sacrificios con manos puras, la corrupción religiosa campea; pero eso no disculpa a los fieles de su laxismo. Clero y fieles se han liberado del profetismo refugiándose en el culto, de lo cual, quiere Malaquías sacar al pueblo. La reforma había durado muy poco. Toda su corrupción y los privilegios que acaparan se convierten en motivo especial de maldición divina, de la que sólo podrán escapar, si corrigen su conducta negligente. Esta generación de sacerdotes vive en desacuerdo con la Ley de Dios y descuida su enseñanza al pueblo. Su pereza es la causa de que el pueblo desconozca la Ley y se aparte del camino recto, de la religión agradable a Dios. De esta manera invalidan con su conducta la alianza especial que hizo el Señor con la tribu de Leví, la tribu sacerdotal.

          Yahvé es el Creador y Padre de Israel, quien le dio la Alianza y lo formó como una comunidad sociológica y religiosa, cuyos miembros deben tratarse como hermanos. La fidelidad a Dios es el fundamento del respeto y el amor entre los israelitas. La explotación del hombre por el hombre, la arbitrariedad y la injusticia, es una profanación de la Alianza y lleva consigo el desprestigio de quienes no la respetan.

          La búsqueda de sus intereses y sus conveniencias es un abuso cultual y un claro daño a toda la comunidad. La parcialidad en presentar el mensaje divino hace vil y despreciable a la "casta sacerdotal". Emplea un argumento de tipo proverbial: si el hijo debe honrar al padre, Israel tiene que honrar a Yahvé. El pueblo, sobre todo el más pobre y marginado por ser el preferido de Jesús, ha de juzgarlos. Liturgia y moral no pueden ir separadas.

          El oráculo sigue la línea universalista de los profetas, según la cual los gentiles entrarán en la comunidad judía en los tiempos mesiánicos, momento en que se ofrecerá un sacrificio que será el cumplimiento y la perfección de los ritos mosaicos. Lógicamente, la tradición cristiana ha visto en este texto un vaticinio del sacrificio eucarístico.

 

SALMO RESPONSORIAL:

    «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad. Sino que acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre.
   Guarda mi alma en la paz, junto a ti, Señor. Espere Israel en el Señor, ahora y por siempre».


Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos

      «Hermanos: Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo; fuimos incorporados a su muerte. Por el bautismo, fuimos sepultados con él en la muerte, para que, así como Cristo fue despertado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros tengamos una vida nueva. Por tanto, si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él, pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él, porque su morir fue un morir al pecado de una vez para siempre y su vivir es un vivir para Dios.

     Lo mismo vosotros consideraos muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor Nuestro». 

 

 

          El Apóstol, en su carta a los Romanos, expone que el medio de la justificación divina es el bautismo, que confluye en la fe del hombre y la justicia de Dios.

          Este texto, uno de más conocidos de la carta, muestra lo que el bautismo significa para el cristiano y explica que el hombre ha recibido la salvación de Jesucristo. El bautismo por inmersión que supone el sumergirse en el agua y salir de ella, expresa muy bien el signo de este rito; la inmersión en las aguas bautismales significa la sepultura del que muere, como Cristo (cf. 2 Cor 5,14), y se incorpora así a Cristo; y el resurgir de aquellas aguas significa esa nueva vida del Cuerpo de Cristo, de los que constituyen ese Pueblo de Dios, que vive en una nueva esfera de vida, que ya no terminará. La muerte no será más que la definitiva sacramentalización (significación) de esa separación del pecado que hemos intentado en nuestra vida y de ese vivir para Dios. Esta unión con Jesucristo comporta un cambio en el modo de vivir. El que se ha unido con Jesucristo, ciertamente querrá vivir sin pecado. La unión con Jesucristo lleva a vivir con Él más allá de la muerte. El cristiano cree que Jesús ha resucitado y vive para siempre, por lo mismo, cree también, que el que se sumerge en la muerte, vivirá también con Él por siempre.

          San Pablo está lejísimos de interpretar la Resurrección sólo como un suceso concreto que afecta únicamente a Jesús, como premio de su pasión y Muerte. Más bien se fija en la transformación que comporta a los hombres que participan en ella. La unión de Cristo y el cristiano se da en el bautismo y en la fe, sobre todo, en aquel modelo de bautismo de adultos, en el que la relación fe-sacramento es más clara que en el de niños. A partir de ahí, el bautizado se entronca con el Señor Resucitado, igual que Cristo se ha hecho uno con el cristiano en su condición humana; arrastrado hacia su destino glorioso, queda cristificado, totalmente incrustado en su resurrección. Esta condición nueva es descrita en esta epístola, con las imágenes de vida y libertad; especialmente, en el paso "muerte a vida" intenta visualizar la transformación que se produce; lo cual indica la profundidad de la idea. Supera con mucho los límites de una ética o una moral, para colocarse en el plano del ser, que San Pablo describirá otras veces con expresiones del tipo, "nueva creatura" y "hombre nuevo".

          La muerte física no es un castigo externo fijado por Dios, al pecado del hombre, sino un accidente que la mentalidad judía atribuye al pecado (Gn 3,3-19; Ez 18,23-32; 33,11; Si 25,24; Sb 1,13; 2,23-24). Continuador de ese concepto judío, San Pablo enlaza la muerte natural y la muerte espiritual con el pecado del hombre. Ese vínculo se explica por la soledad humana, pues estando solitaria, al enfrentarse a su futuro, se recluyó en el pecado, de modo que se encerró fatalmente también en la muerte, y, únicamente, una iniciativa de Dios y, por ello, una consiguiente conversión a Dios puede librarlo de ese fatal desenlace. En este sentido, se comprende la relación de San Pablo del pecado con la muerte.

          Ahora bien, Jesucristo es el primero que, cuando reflexiona sobre la muerte, no la relaciona con el pecado, pues el pecado supone una decisión personal, un acto de la voluntad del hombre de vivir por sí mismo; muy al contrario, Jesús la ve ligada a la fidelidad absoluta y adhesión completa al Padre, con la confianza de que Dios lo liberará y salvará. Así, la muerte de Jesús elimina el nexo que, hasta entonces, se había establecido entre muerte y pecado, de manera que su muerte es, en efecto, la que desliga y libera del pecado, puesto que descubre un hombre capaz de escapar y de ser liberado de la muerte y de resucitar simplemente, porque se pone en manos de su Padre. Así, la muerte no es un accidente en el plano divino de la difusión de la vida, sino precisamente aquello por lo que Dios entrega su vida al hombre.

          Ciertamente, que el cristiano sigue abocado a la muerte física, pero tiene la posibilidad, gracias al bautismo, de entrar en la muerte como un Dios, puede vencer la muerte espiritual del pecado, que es precisamente alcanzar a Dios en el desprendimiento de nosotros mismos, puesto que no vive más que para dar; el cristiano participa en la vida de Dios, incluso abocado a la muerte; tiene una vida nueva, en que la muerte es un hecho pasado; el que ha muerto está liberado del pecado (v. 7; cf. Col 3,3; Rm 6,10-11). El cristiano marcha sumergido en el proceso que le conduce a la resurrección; penetra cada vez más en una vida divina por el desprendimiento de sí mismo y por el amor, característica de la vida de Dios. 

 

 
           
El Evangelio, según San Juan, expone hoy que el Maestro, animando, ante su inminente subida al Padre, a los Apóstoles, les promete morada para vivir con Él, en su casa.
          En la casa de mi Padre hay muchas estancias”;
esta descripción del cielo como un lugar de muchas estancias es una imagen común entre los judíos de aquel tiempo, pero cobra un nuevo sentido, al relacionar estas estancias con la casa del Padre. Así, Jesús exhorta a los discípulos todos a dejar la turbación y vivir en la esperanza de ocupar, en la casa del Padre, una morada, que Él va delante a disponerla para ellos (cf. 4,34; 5,19-40; 17,4). El lugar preparado no es tanto un espacio, como una existencia con Jesús en el Padre.

          Después de invitarlos a creer en Dios y en Jesucristo, a robustecer y conservar su fe, en comunión con Jesús y con el Padre, seguros de que gozarán de su resurrección, les pide que sigan el camino que ya conocen y no marrarlo. La imagen bíblica del camino señala el norte de la existencia fundamentada en Dios: “Seguid el camino que os señala el Señor vuestro Dios, así seréis felices y tendréis larga vida en las moradas que poseeréis” (Dt 5,33).

          La pregunta de Tomás en su malentendido viene a recordar que Jesús es el Camino que conduce al Padre, y la Verdad y la Vida. La fe en Jesús hace que, quien cree en Él esté ya, ahora y aquí, en comunión con el Hijo y con el Padre, hasta ese momento en que sea plena y definitiva. Para emprender el camino hacia la casa del Padre, hay que seguir a Jesús. El salmo 43,3  ha dicho que sólo la luz y la verdad llevan al lugar donde Dios reside. Jesús es la luz (6,12; 9,5) y la verdad (8,32; 18,37-38) que nos guía. En definitiva, Jesús es el camino hoy y siempre, porque es la verdad y la vida ya que los que creen en él como el Hombre (19,5) que revela al Padre, reciben el don de la vida para siempre (3,16). Los cristianos reciben ahora ese don por la fe, y lo tendrán en plenitud y para siempre al final de los tiempos, después de haberlo pregustado en la Eucaristía.

          La celebración litúrgica, hoy, lleva nuestro pensamiento a la eternidad, a la perspectiva del "nuevo cielo" y de la "nueva tierra" (Apocalipsis 21,1), "morada de Dios entre los hombres", donde cesarán las lágrimas y el duelo y la muerte no existirán más, pues los gritos y el trabajo, serán ya sólo parte del pasado. Esta es ya la realidad vivida por la inmensa multitud de los santos que en el 
cielo gozan de la presencia de Dios. Su gloria nos llena de esperanza y nos inunda de alegría, porque: "En la casa de mi padre hay muchas moradas... voy a preparaos el lugar" (Jn 14,2). En esta certeza, radica la serenidad del cristiano frente a la muerte, gracias, no a una apática resignación al hecho, sino al convencimiento de que la muerte no es el final del destino humano. La muerte ha sido vencida por la Vida. La perspectiva última, para el cristiano, que vive su fe en gracia de Dios, es la vida, la vida eterna, por la participación plena e indefectible, en la misma vida infinita de Dios. 
          La conmemoración de todos los fieles difuntos nos lleva a meditar sobre el suceso misterioso y desconcertante de la muerte. Sin duda, para el cristiano, la muerte, ciertamente es un hecho negativo, ante el que nuestra naturaleza se rebela; sin embargo, sabemos que es un valor, porque Cristo ha sabido hacer de ella un acto de ofrecimiento, de amor, de rescate y de liberación del pecado y del morir mismo; aceptándola cristianamente la vence y para siempre. 
          Hoy pedimos, para nuestros hermanos difuntos su liberación de todo mal, de culpa y de sufrimiento. Es la esperanza inspirada por la indestructible palabra de Jesucristo y por el trascendente mensaje de la Sagrada Escritura. El cristianismo es victoria final y cierta sobre toda forma de mal, sobre el pecado y, "en el ultimó día", sobre la muerte. Por la fe y la gracia de Dios, sabemos con certeza que entramos en la vida y en la bienaventuranza y que nuestra alma asumirá de nuevo, un día, aquel cuerpo que ha sido deshecho por la muerte, para que también participe, de alguna forma, en la bienaventurada visión del paraíso. "El Señor es mi luz y mi vida. Habitaré en la casa del Señor todos los días de mi vida" (Sal 26-27,14). 


                                                                         Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 19:45
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios