Lunes, 29 de septiembre de 2008

Domingo XXVI T. Ordinario. Ciclo A
Ez 18, 25-28; Sal 24, 4-9; Flp 2, 1-11; Mt 21, 28-32

 

«En aquel tiempo dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo: ¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos; se acercó al primero y le dijo: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». El le contestó: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le respondió: «Voy, señor». Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Ellos le contestaron: El primero.

Jesús les dijo: En verdad os digo quee los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas lo creyeron. Pero vosotros, aun después de ver esto, no os habéis arrepentido ni creído en él».

 

 

Lectura del Profeta Ezequiel:

 

     «Esto dice el Señor: Decís que no es justo el proceder del Señor. Escuchad, casa de Israel: ¿es injusto mi proceder, o no es vuestro proceder el que es injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Si recapacita y se arrepiente de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

 

En la Biblia, este capítulo de Ezequiel es de gran significación. La idea de comunidad y de asamblea del pueblo era un hecho de enorme importancia en la mentalidad semítica: el pueblo se salva o perece. El año 597, el Profeta, sacerdote y cortesano del rey Joaquín, perteneciente a la clase alta de Jerusalén, fue deportado a Babilonia, con toda su familia, con los nobles y artesanos y todos los hombres aptos para la guerra. Los judíos, allí, se agruparon en sus juderías y soportaban las burlas de los babilonios, para los que la destrucción de Jerusalén, en el 586, era una victoria de sus dioses sobre Yahvé (36,20); "junto a los canales de Babilonia", los cautivos tuvieron que reflexionar sobre sus castigos y expresar su dolor con salmos llenos de añoranza por la patria perdida. Ahí, en la derrota, Ezequiel, que significa "Dios fuerte", inició su misión de iluminar la desgracia de su pueblo.

Según la teología tradicional judía, el castigo y sufrimiento del presente se deben al pecado del pasado, cometido por ellos o por algún antepasado. Es la misma idea teológica de la responsabilidad colectiva que señalan los amigos de Job, los dirigentes judíos ante el ciego de nacimiento y de muchos predicadores recientes. En Babilonia, los desterrados decían este refrán: "Los padres comieron agraces y los hijos tuvieron dentera". El Israel desterrado está pagando los delitos de generaciones, de los cuales no se siente culpable. Lo siente como algo injusto; ellos no han de cargar con las penas de los otros. Y, sin duda, contemplando, desolados, la destrucción de la ciudad y el templo, se quedan sin perspectivas de futuro.

El profeta, al oír los lamentos y quejas de los cautivos, les inculca, que se equivocan, que Dios no castiga por los pecados ajenos, que así está escrito en el A.T.: "No morirán los padres por culpa de los hijos, ni los hijos por culpa de los padres. Cada cual morirá por su pecado" (Dt 24,16). En el profetismo tardío, se inicia, sobre todo con Jeremías (cf. 31,30), una gran corriente de individualismo religioso; así, Ezequiel desarrolla ampliamente la nueva visión: El individuo es el responsable de su propio destino. Sin desdecir el principio de responsabilidad colectiva, Ezequiel expone el concepto de la responsabilidad personal, que implica una novedad teológica revolucionaria, cuyo sentido explica con esta frase: "Os juzgaré a cada uno, según su proceder" (18,30). El hombre es siempre dueño de sus actos y destino, podrá escoger entre el bien y el mal, entre la muerte y la vida, en uso de su arbitrio (cf. el breve decálogo de Ez 18,5ss.). Se rompe así atadura al pasado, pues el Señor no desea la muerte de nadie, pero, para alcanzar la vida, se precisan, no actos aislados, sino una actitud firme y decidida. Y así es en efecto, por los errores de unos miembros, no se debe condenar con juicios categóricos y rotundos, a una institución entera.

La libertad invita a la toma de decisiones personales. Tiene Ezequiel el mérito de haber orientado al hombre hacia sus responsabilidades y su libertad, no sin antes haberle invitado a superar las pruebas que presenta la vida; está comprobado que sólo a través de experiencias dramáticas, de la angustia y de la inquietud, los hombres llegan a conocer, de un modo progresivo, el valor auténtico de su deber y libertad. El ejercicio de la libertad es preciso actualizarlo continuamente, si se desea escapar al fatalismo.

Dios es justo y siempre proporciona la posibilidad de la penitencia y del perdón al pecador arrepentido, porque no busca la muerte del pecador, sino que busca que se convierta y viva. Sin embargo, Dios respeta la libertad del hombre, mientras exhorta al justo a no pecar y oferta al pecador la oportunidad de conversión y salvación. La justicia de Dios se revela desde un aspecto superior al que tenía antes del exilio. Cada uno, él solo, debe dar su respuesta última a Dios; el hombre presenta su conducta ante Dios en solitario (cf. Mc 14.) La solución al problema de fe del israelita del exilio es simplemente aceptar agradecido el don de la alianza. La única forma de salvar la vida es cumplir los "preceptos y mandatos", activar la vivencia de la Palabra Divina en la vida diaria.

 

 

SALMO RESPONSORIAL:


     «Señor, enséñame tus caminos, instrúyeme, en tus sendas, haz que camine con lealtad; enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador, y todo el día te estoy esperando. Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas; no te acuerdes de los pecados ni de las maldades de mi juventud; acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.

     El Señor es bueno y es recto y enseña el camino a los pecadores; hace caminar a los humildes con rectitud, enseña su camino a los humildes».

 

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses

 

    «Si queréis darme el consuelo de Cristo y aliviarme con vuestro amor, si nos une el mismo Espíritu y tenéis entrañas compasivas, dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.

    No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús».

 

San Pablo, encarcelado y juzgado por ser cristiano, sigue en prisión, quizás en Éfeso, a espera de la libertad o de la muerte. Al escribir la carta, la sentencia aún está pendiente. Parece que la iglesia de Filipos sufría graves divisiones a causa de rivalidades personales. De ahí, que El Apóstol les inste con vehemencia a la humildad y a posponer sus propios intereses por el bien común; en esta cita de Pablo sobre el vaciarse de Jesucristo, muchos ven, por el estilo, un himno cristiano antiguo, retocado y adaptado al caso: “Los creyentes deben ser humildes y totalmente desinteresados, como Jesús, que renunció absolutamente a todo”.

El Apóstol les pide que, en unidad y armonía, vivan la humildad, fundamento de la concordia, mediante la participación del consuelo de Cristo y de los dones del Espíritu y por el camino del servicio. Cristo Jesús, que, siendo Dios, se hace hombre, porque quiere abrirse al hombre, les da su ejemplo. Esta pedagogía existencial de Cristo muestra, al cristiano, el camino de su propia dinámica. Jesús ha llegado al despojo total, rechaza todos los honores, rehuye el éxito y el poder y se anonada, vosotros, pues, tenéis que dejar vuestras diferencias y egoísmos, si sois seguidores de Jesús, que no busca la gloria a la que tiene derecho por su "condición divina", sino que toma la condición social de esclavo, hasta la muerte y, precisamente, de cruz.

El punto culminante del texto es la concesión a Jesús del "Nombre-sobre-todo-nombre", que hace referencia a Yahvé; en el A.T. el nombre indicaba lo que era la persona, aquí, pues, se dice que Cristo es lo mismo que Yahvé. Este nombre es la confesión más primitiva de la fe cristiana: “Jesucristo es SEÑOR”.

San Pablo recuerda a los filipenses todos los vínculos humanos y cristianos que le unen a esa comunidad y les pide con insistencia que le hagan un favor. Es una gran alegría para él, que aprendan a vivir unidos de verdad, que tengan un mismo sentir, que manifestando los mismos sentimientos de Cristo, vivan el Evangelio y se dejen empapar de sus enseñanzas, de su misericordia, de su humildad, de espíritu de servicio y de su obediencia al Padre hasta la muerte; quiere un acuerdo profundo en las actitudes, obras y afectos.

 


            El santo evangelio según San Mateo expone hoy la segunda parábola sobre la viña, dirigida a "los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo", quienes se cierran al Evangelio en nombre de la justicia. Un hombre que tenía dos hijos y aquella mañana los manda a trabajar en los viñedos.

Los dos hijos tipifican la doble estructura social que caracterizaba al pueblo de Israel: los "justos" y los "pecadores", ambos son considerados hijos y objeto del amor del Padre, pero los dos tienen también necesidad de perdón. La parábola presenta dos formas de ser totalmente opuestas. El que es considerado pecador, da una respuesta displicente: "no quiero", muestra clara de su desobediencia, uno de los deberes más importantes para con los padres y así lo entienden los oyentes de Jesús; pero, luego, se arrepiente y cumple la voluntad de su padre. El otro, arquetipo de los que se creen "justos", acepta, pero no va; representa a los que dicen y no hacen, a los que no obedecen.Toda la parábola se centra en el hacer o el no hacer, que es lo que, en definitiva, va a valorar Dios.

Se dibuja la propia situación de Jesús, que se ve rechazado por los notables del pueblo, quienes deberían haberlo aceptado desde el principio. A todos esos que se escandalizan de su conducta, les hacer ver que los pecadores, cuando hacen penitencia y se arrepienten, andan más cerca de la salvación, que aquellos otros tan religiosos y reputados, que se creen justos (Mt 9,10-13); manifiesta el amor de Dios a los que, siendo despreciados de todos, saben hacer penitencia y obedecer los mandatos de Dios con más ardor y entusiasmo, que los orgullosos y los que se bastan a sí mismos. Los pecadores, ciertamente, han transgredido la voluntad de Dios, pero se han arrepentido, como el hijo pródigo, mientras que los creídos piadosos, servidores de Dios, se olvidan de la misericordia y la caridad con el prójimo. La parábola es, pues, una apología de la actitud de Cristo hacia los pecadores.

Dios no rechaza a nadie. Su plan de salvación es universal. Ni siquiera los escribas y las autoridades judías son excluidas, pero su comportamiento con el Mesías los ha privado de su función de mediación. Israel es el pueblo que oficialmente ha dicho que sí a Dios, pero que a la hora de la verdad no hace lo que Dios quiere, no acepta el Evangelio de Jesús. Israel no entiende que trabajar en la viña significa practicar el amor y el servicio a todo hombre y sobre todo a los pobres y no la seguridad de la Ley. El sometimiento a la Ley, les ha llevado a desechar el Evangelio, a no penetrar en la palabra y sentir de Cristo.

Jesucristo habla aquí de la entrada en su Reino; y pone el ejemplo del Bautista aceptado por las prostitutas y rechazado por los jerarcas sacerdotales. Los que no creyeron seriamente a Juan siguen sufriendo la dureza mental, que les impide convertirse incluso después "de ver esto", es decir, la novedad que, en la obra de Jesús, llegan a captar los considerados pecadores. Jesús habla de lo que le está pasando a él mismo: Dios, hecho Hombre, que viene a los suyos y los suyos, los creyentes en su Padre, gentes muy religiosas, lo van a condenar y llevar a la muerte y una muerte de cruz.

Los cristianos también se encuentran aquí implicados. El acceso al Reino sólo tiene una puerta que es Jesucristo, sólo se entra en la medida en que los que, en principio, dicen "no", después, recapacitan y dan un "sí" eficiente, sin dilación ni repulsa. Son muchos los hijos que dijeron "no voy" y están trabajando para el Reino. Jesús reprocha las maneras de esos que se quedan en sólo buenas palabras y elogia en cambio las de aquellos, que terminan cumpliendo la voluntad de Dios; distingue entre las buenas obras y las buenas palabras. Sucede que unos caminan con las buenas palabras y otros, con las buenas obras, que unos ejercen los rezos y otros el amor al prójimo, que unos dicen «Señor, Señor» y otros obedecen los preceptos del Padre. La fe no consiste en saber mucho y más que los demás, ni en conocer las teorías teológicas, ni explicar y analizar las verdades del corpus canónico de la Iglesia..., sino en aceptar la Palabra de Dios y llevar una vida coherente con el Evangelio, en un entronque definitivo con sus enseñanzas de amor y entrega al Padre y al hermano.

                                                                               Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:27
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