Lunes, 15 de septiembre de 2008

Domingo XXI T. Ordinario. Ciclo A
Is 22,19-23; Sal 137,1-3.6-8; Rm 11,33-36; Mt 16,13-20

 

«En aquel tiempo llegó Jesús a la región de Cesarea de Felipo y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomando la palabra, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo.

Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y el poder del infierno no podrá contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra, atado quedará en el cielo y lo que desates en la tierra, desatado será en el cielo. Y les mandó que no dijeran a nadie que él era el Cristo, Mesías».

 

 

 

Lectura del Profeta Isaías:

 

«Así dice el Señor a Sobna, mayordomo de palacio: Te echaré de tu puesto, te destituiré de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliacín, hijo de Elcías: le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén, para el pueblo de Judá.

Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá. Lo hincaré como un clavo en sitio firme, dará un trono glorioso a la casa paterna».

 

 

Este Oráculo contra la arrogancia de Sobná, mayordomo de palacio, exponiendo la  causa, sus pecados, y sus consecuencias, el castigo divino, presenta la poderosa palabra divina, que, a través del profeta, amonesta al funcionario, junto al sepulcro aún no acabado.

Poco se sabe de este personaje. Aquí aparece en la corte, como una especie de virrey, mientras que en II Reyes 18,18, el mayordomo se llama Eliacín y Sobná es un  secretario de estado. Este mayordomo parece que, con soberbia y abuso, se ha construido un palacio y un mausoleo excavado en la roca.

Hacia el año 700 a. C., el pequeño reino de Judá se hallaba comprometido políticamente por las dos grandes potencias beligerantes de la época: Egipto y Asiria. Aunque el piadoso rey Ezequías (716-687), aconsejado por el profeta Isaías, confiaba más en Dios, que en las alianzas con los pueblos vecinos y en las intrigas de Egipto contra los asirios, había en Jerusalén un partido que buscaba la guerra contra los dominadores del Norte. Entre estos últimos, se encontraba sin duda el primer ministro o mayordomo de  Ezequías, Sobna, que, oponiéndose a Asiria contra las orientaciones de Eliacín y los consejos del profeta, dirigió su política a favor de los egipcios.

Isaías critica a Sobna y lo anatematiza, sobre todo porque, confiando más en su política que en el poder salvador de Dios, fomenta las alianzas con los extranjeros y favorece la guerra, y porque se confería el "poder de las llaves", es decir, el administrar el tesoro real y regular el acceso del pueblo ante el rey, perjudicando, con sus decretos, al pobre pueblo. El hecho de haberse labrado un sepulcro constituiría ya el colmo de una actitud y conducta megalómana y altanera. El Señor no perdona su arrogancia y lo arroja del puesto. Lo sustituyó Eliacín en la administración del rey Joaquín; su poder va a ser tierno y amoroso como el de un padre; e igual que la clavija, fijada en tierra, sujeta toda la tienda, así el mayordomo fiel sostendrá al pueblo, pero sin oprimirlo ni sangrarlo en su propio provecho. Pero, Eliacín cayó por su nepotismo, como se dobla un clavo en la pared, del que se cuelgan demasiados cacharros; es que el poder corrompe; al uno le llevó al militarismo, al otro, al nepotismo. El  mayordomo indigno era la vergüenza de su amo, el digno sólo le reportará honor.

El profeta denuncia a Jerusalén por buscar su seguridad fuera de Dios y no percibir los signos que le muestran la necesaria conversión y la vuelta al buen camino; la ciudad se había entregado a locas evasiones, que les hicieron perder el significado de su fe. El profeta llama al pueblo a una fe absoluta. “Si no obedeces los mandatos del Señor, tu Dios, morirás sin remedio” (Dt 30,15-20). Es el Señor quien elige y hace cesar, quien concede y quita todo poder, quien ejecuta el rito de la  investidura. Aunque cualquier ser humano pueda ocupar un cargo en la institución de Dios, el Señor, dueño de esa institución, puede deponer al inepto. El "funcionario" está para servir, no para aprovecharse y labrarse sepulcros suntuosos. La fe es distintivo característico de los «creyentes»; es la vida en el Absoluto, un contacto vivo y constante, que ilumina la existencia humana, como dice San Juan: «El que obra conforme a la verdad se acerca a la vida» (Jn 3,21).

El texto se abre a la idea mesiánica: sólo el Mesías cumplirá plenamente la exigencia de su elección. Él será el mayordomo de la casa del Padre, él poseerá autoridad para abrir y cerrar, para admitir y expulsar. Monta y mantiene la gran tienda, que cobija en el camino hasta la morada definitiva. Él se sentará en el trono como rey y juez. Lleva su misión en servicio de los hombres: ésa es su gloria. Y no necesitará labrarse ningún mausoleo, porque la gloria de su sepulcro es haber quedado vacío.

 

SALMO RESPONSORIAL:


     «Te doy gracias, Señor, de todo corazón; delante de los ángeles tañeré para ti…

      Cuando te invoqué me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos».

 

Lectura de la carta de San Pablo a los Romanos:

 

     «¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero para que él le devuelva?

     El es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén».

 

 

El Apóstol presenta la historia de la Humanidad, como una carrera entre judíos y paganos. Unos obedecen primero, pero después desobedecen; los otros, que no obedecían, terminaron obedeciendo (cf. Mt 21,28-32). Pero, por encima de todo ello, está la misericordia de Dios, que permite al hombre pasar por el pecado, a fin de que conociendo la vanidad de su propia voluntad, se abra a la gracia del amor divino, única salida posible para la situación humana.

Estos versículos finales de los tres capítulos precedentes son la reacción conclusiva de alabanza a la misericordia y generosidad de Dios, a la insondable sabiduría divina; ofrecen un bellísimo modelo de oración de acción de gracias. Por unos caminos inescrutables, Dios conducirá a Israel a la salvación prometida. No son doctrinales e ideológicos, sino una exclamación ante Dios, un acto de adoración, de reconocimiento y aceptación del proceder divino, muy diferente del humano, incomprensible desde nuestras categorías terrenales, que nos impiden entender por qué ha de salvar a Israel o al pecador, pero lo aceptamos agradecidos, damos gracias y reconocemos un plan de Dios que nos afecta. El misterio de la salvación está por encima de toda sabiduría humana, excede todo conocimiento humano. A Dios, nadie puede exigirle nada, su generosidad es insondable, pues da antes de recibir nada y salva simplemente, porque quiere y es bueno. Dios excede el conocimiento y la voluntad humana; es un misterio de gracia. En la historia de la salvación Dios es el que tiene la iniciativa; todo el universo se mueve según el designio y la divina misericordia. Así que es preciso dar a Dios todo el honor y toda la gloria por los siglos.

Dios es un misterio insondable que nos sobrepasa y, al mismo tiempo nos penetra por todas partes. Jesús expresa la grandeza de Dios en respuesta al joven rico que le llama "Maestro bueno": "¿Por qué me llamas bueno? No hay nadie bueno más que Dios" (Mc 10,18). Dios tiene una grandeza de bondad: a su lado nadie es realmente bueno. Pero, este sentido de admiración y respeto es sanamente saludable. "A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo Único, que está en el seno del Padre, es quien lo ha dado a conocer" (Jn 1,18). "Yo soy el camino y la verdad y la vida”. “Nadie va al Padre, sino por mí”. “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre” (Jn 14,6-9). El amor de Dios es para nosotros como un abismo, hasta el punto de que resulta imposible valorarlo en toda su profundidad y su naturaleza.

 

 

EL EVANGELIO, según San Mateo, relata hoy el diálogo de Jesús, que pregunta a sus discípulos sobre su identidad.

El hecho sucede al noreste de Galilea, llamada de los paganos, porque, sin ser tierra extranjera, en la región viven muchos de ellos. El autor estructura el texto, desde el comienzo en la intimidad de Jesús con sus discípulos; representa una novedad importante en la técnica de composición de Mateo, la forma literaria coloquial. La conversación gira en torno a la identidad de Jesús, que tiene su punto central en las palabras de Jesús y Pedro. Es la segunda vez que Pedro aparece como protagonista. La primera se halla en Mt 14,22-33, en que son los demás discípulos los que lo reconocen; en esta segunda, Pedro expresa el reconocimiento de Jesús y ello le reporta la felicitación del Maestro, porque en él se ha manifestado la revelación divina, y la afirmación de su primado: Tú me llamas el Mesías; yo digo que tú eres la Piedra. El relato presenta un doble intercambio de títulos entre Jesús y Pedro. Este le aplica el de Mesías; aquél, atribuyéndole el de Piedra, le confiere los poderes mesiánicos de las llaves. Pedro rehúsa llamarlo Siervo Paciente, y Jesús replica asignándole el título de Piedra de escándalo.

El Maestro les pregunta qué han oído de Él y de su misión. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, responde Simón; quiere conocer qué han comprendido sus discípulos y qué piensan de Él. El discípulo que el evangelista va pergeñando muestra su condición en la respuesta a la pregunta. La superioridad de Pedro no estriba en la respuesta en sí, que, también, la dan los demás discípulos, cuando Jesús camina sobre las aguas: “Verdaderamente, Tú eres el hijo de Dios” (Mt 14,22-33), reside más bien en la garantía de solidez que le confiere respecto a los demás. Mateo distingue al discípulo de la gente en el reconocimiento de Jesús, como también lo hace en el capítulo de las parábolas.

El reconocimiento de Simón adquiere la condición de fundamento sólido; y ello es la causa de que Jesús le dé el sobrenombre de Pedro, patente en el  juego de palabras: Pedro-piedra. En la afirmación de la identidad divina de Jesús por el hijo de Jonás, se levanta el pueblo creyente; el edificio construido ofrece totales garantías, expresadas con la imagen de la frase "el poder del infierno no prevalecerá contra ella", es inexpugnable a la destrucción y a la muerte. Consistencia que Jesús ha resaltado con esta otra imagen: "Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa; pero no cayó, porque estaba construida sobre un verdadero cimiento de piedra" (Mt 7,25). El término "infierno" no es la traducción más adecuada del "hades" griego; en la mitología clásica el hades es la mansión de los muertos, equivalente al "sheol" de los judíos. Las "puertas del infierno" significan el poder de la destrucción. Jesús promete que su iglesia sobrevivirá, no obstante las fuerzas de la destrucción y de la muerte.

Mateo centra su interés en el tema cristológico, y también en la Iglesia. Al colocar la escena en territorio de paganos, no propiamente judío, recalca la existencia de un Nuevo Pueblo de dimensiones universales y que no va a seguir la doctrina farisea y saducea (cfr. Mt 16,12). Escribe en perspectiva de una nueva realidad religiosa, que, en Mateo y por primera vez en los evangelios, recibe, el nombre de Iglesia de Jesús, que designa la comunidad de creyentes, de discípulos de Jesús. El término griego significa pueblo, asamblea, congregación. El autor hace constar explícitamente su pertenencia a Cristo, "mi Iglesia", y su perenne estabilidad. La Iglesia es una casa construida sobre roca, aunque se apoya en la fragilidad de los hombres. Es, pues, una estabilidad atormentada, inquieta; su destino es como el de Cristo: un camino en la contradicción. Y no son solamente enemigos externos los que la acosan, también dentro de la Iglesia habrá siempre pecadores; de ahí que la Iglesia tiene necesidad de "atar y desatar"; continúa el pecado y por lo mismo ha de continuar el perdón. Es en el ámbito cristológico y en el eclesial, donde se han de entender estas palabras de Jesús a Pedro; por lo demás, afines a las pronunciadas en otros dos textos célebres: Lc 22,31ss y Jn 21,15-17.

El evangelio de Mateo muestra gran interés por Pedro, lo que confiere un significado particular a esta perícopa. Se define la función de Pedro con tres metáforas: la piedra, las llaves, atar y desatar. La primera expresión la explica Mateo en (7,24-27): Pedro es la roca que mantiene firme a la Iglesia, es el centro que fundamenta la unidad de la comunidad. La segunda metáfora es aún más clara: “dar las llaves” significa confiarle una autoridad verdadera y plena. Y la tercera, “atar y desatar” tiene el sentido de permitir y prohibir, de rechazar y perdonar. Así pues, el texto atribuye a Pedro títulos y prerrogativas, que, en la Biblia, se atribuyen al Mesías, con lo que indica que la autoridad de Pedro es vicaria; él es imagen de otro, de Jesucristo, que es el verdadero Señor de la Iglesia; y, precisamente, por ello, su autoridad es plena e indiscutible.

No obstante, hay que señalar todavía dos aspectos aparentemente en contraste: la fe de Pedro y su incomprensión del misterio de Jesús: el poder confiado a Pedro y el reproche que le hace Jesús. El tema es de fondo, todo el fragmento está envuelto en la contraposición entre debilidad y gracia, expresada también en los otros dos textos citados; por una parte, la fragilidad, la debilidad de Pedro; por otra, su carácter de cimiento, su consistencia referencial. Los evangelistas subrayan intencionadamente este contraste, para acentuar que por gracia, en virtud de una elección divina y no por dones naturales, es Pedro la piedra angular sobre la que Jesús funda la Iglesia.

Todos han respondido a la primera pregunta, según lo que han oído a la gente; pero a la segunda, responde únicamente Pedro, según lo que ha sido revelado por el Padre. Y es que nadie puede penetrar en el misterio de la persona de Jesús, sin la revelación del Padre. El interrogante que Jesús hace sigue latente para los hombres de todos los tiempos; es una pregunta atemporal y siempre actual; la respuesta dará la medida del discípulo. Pedro personifica la confesión cristiana de la fe, pero, "no procede de la carne ni de la sangre", no proviene de la lógica y de la razón humana, únicamente de la revelación del Padre, con el que tiene esa unión esencial: "Mi Padre y Yo somos uno". El hombre es radicalmente incapaz de acceder al dominio misterioso de Dios.

El que Mateo añada a la respuesta, las palabras "Hijo de Dios vivo", que no se hallan en los textos paralelos, es probable que sea aquí una anticipación de lo que sólo será un hecho después de la resurrección: la fe en la divinidad de Jesús y el reconocimiento de que es el Señor. El conocimiento que Pedro tenía de Jesús no superaría con mucho la opinión de la gente; las palabras de Jesús y la promesa del primado deben situarse igualmente en un momento posterior a la experiencia pascual de la Resurrección. En general, Mateo se interesa más por una ordenación temática que cronológica.

¡Tú eres el Hijo de Dios! La Iglesia tiene en Pedro su fuerza, su autoridad; la autoridad de confesar quién es Jesús y, en cuanto tal confesor, es refrendado por el mismo Dios. 

 

 

 

                                                        Camilo Valverde Mudarra

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 18:41
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