Mi?rcoles, 10 de septiembre de 2008

Domingo XVII T. Ordinario. Ciclo A
1R 3,5.7-12; Sal 118,57-130; Rm 8,28-30; Mt 13,44-52


 

«En aquel tiempo, dijo Jesús: se parece a un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo esconde y, lleno de alegría, va vende todo lo que tiene y compra el campo. El Reino de los Cielos se parece al comerciante de perlas finas, que al encontrar una de gran valor, va vende todo lo que tiene y la compra. El Reino de los Cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y echan los buenos en cestos y los malos los tiran».

 

 

Lectura del libro primero de los Reyes:

 

        «En aquellos días, el Señor se apareció en sueños a Salomón y le dijo: Pídeme lo que quieras. Respondió Salomón: Señor Dios mío, tú has hecho que tu siervo suceda a David, mi padre, en el trono, aunque yo soy un muchacho y no sé desenvolverme. Tu siervo se encuentra en medio de tu pueblo, un pueblo inmenso, incontable, innumerable. Da a tu siervo un corazón dócil, para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien, pues ¿quién sería capaz de gobernar a este pueblo tan numeroso? Al Señor le agradó que Salomón hubiera pedido aquello y Dios le dijo: Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas ni la vida de tus enemigos, sino que pediste discernimiento para escuchar y gobernar, te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente, como no lo ha habido antes ni lo habrá después de ti».

 

El texto relata el diálogo entre Dios y Salomón. Su finalidad es legitimar el reinado de Salomón en Israel. Es importante reseñar la armónica conjunción entre la petición del rey y la concesión divina.

Salomón pide sólo lo que agrada a Dios. Ello significa que reconoce su impotencia por su inmadura juventud y que, al sentirse incapaz de gobernar, necesita ayuda y apertura para captar la compleja realidad y la busca con responsabilidad, para su misión. Pide "un corazón sabio e inteligente", serenidad ante los sinsabores y tinieblas de la existencia y confianza profunda en los hombres y en Dios. Sólo así, el poder político podrá ser reflejo del poder divino, sólo así, será un "servidor".

La petición de Salomón sirve de ejemplo, para todos los hombres públicos. No pide dominio, triunfos ni riquezas, sino algo sencillo, pero muy difícil: sabiduría y conocimiento, para distinguir el bien y el mal; lucidez para ver la verdad en provecho de su pueblo. En saber escuchar a su gente, consistió la gran sabiduría de este monarca.

No obstante, el reinado de Salomón, desde la consideración histórica, no fue tan modélico, dejó mucho que desear. El pueblo lo ensalzó en la idealización de un rey sabio, gran sucesor de David, gran gobernante y administrador del reino, pero son muy notorios, los errores y tropiezos, las sombras en su vida. En efecto, consiguió la sucesión al trono por los manejos femeninos e intrigas de su madre, que logró engatusar a David y a la casta sacerdotal. Y luego, como rey, oprimió al mísero pueblo con impuestos desorbitados, para sus empresas militares y grandes construcciones; se ocupó de la gloria de su reinado, no del pueblo. Salomón no fue un rey ejemplar.

A pesar de ello, el autor bíblico le concede un puesto muy importante en la historia de Israel. Le dedica, en el relato, gran amplitud y magnifica su reinado como testimonio efectivo de la fidelidad divina a las promesas dinásticas hechas a David (II Sam 7). En apoyo de esta idea teológica, el autor, incluso, trata de ocultar los fracasos de Salomón.

Sin duda, la dirección política o religiosa de un pueblo es una misión de envergadura y de suma importancia, se entiende que el rey se sienta impotente. Pero la impotencia debe ser sincera, nunca hipócrita, para provocar entusiasta indulgencia. El pueblo está harto, cansado de promesas falsas y engaños electorales, quiere esfuerzo en la tarea y auténtico servicio en el bien común y no en sus mezquinos intereses. Gobernar es impulsar la cooperación, la ayuda sincera, sin mirar el color político o la ideología; es un servicio, no un privilegio; es indispensable escuchar al pueblo, ver y oír atento la compleja realidad política y religiosa de la gente, velar por sus auténticos intereses y darles respuesta. Es detectar la verdad, ir con la verdad y trabajar y confiar en el hombre; ser servidor de la verdad y no cacique.

“Da a tu siervo un corazón dócil”, significa la actitud de escuchar; creyente es el que oye y practica la palabra de Dios. Por esto, cada lectura de la misa acaba con un grito de atención: "Palabra de Dios". Jesús, decía: "El que tenga oídos, que oiga" (Mt 13,9-43), llamaba a escuchar, a reflexionar sobre la palabra oída, a dejar que penetrase en el corazón, para realizar su acción iluminadora y transformadora, como la semilla, como la levadura. Pero es difícil escuchar, pues, todo viene de la "palabra plantada en vosotros, capaz de salvar vuestras almas" (St 1,21).

Dios concede a Salomón el don de juicio y gobierno y le añade además la riqueza y la gloria que él no había pedido. Así, Jesús dirá luego: «Buscad primero el Reino y su justicia y todo todo lo demás se os dará por añadidura» (Mt 6,33). La promesa de una larga vida, sin embargo, la condiciona Dios a la fidelidad en en el cumplimiento de los mandamientos.

 

SALMO RESPONSORIAL
 

       «Mi porción es el Señor, he resuelto guardar tus palabras. Más estimo yo los preceptos de tu boca, que miles de monedas de oro y plata.Que tu voluntad me consuele, según la promesa hecha a tu siervo; cuando me alcance tu compasión, viviré, y mis delicias serán tu voluntad».

 

Lectura de la carta San Pablo a los Romanos:

 

      « Hermanos: Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien: a los que ha llamado conforme a su designio. A los que había escogido, Dios los predestinó a ser imagen de su Hijo para que él fuera el primogénito de muchos hermanos. A los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que justificó, los glorificó».

 

En este capítulo de Romanos, fluye un racimo ascendente de ideas y sentimientos que culminan la exposición del Apóstol y constituyen un punto esencial de la literatura paulina. La clave es más emocional y cristológica, que discursiva y teológica.

El cristiano está llamado por Dios, su vocación es vivir el hecho salvífico, iniciado por Cristo en el proceso de su muerte y resurrección; ha dar vida a los hermanos, entre los que Jesús es el primogénito. Esta es la predestinación de la que habla Pablo, a eso nos ha destinado y por eso nos ha justificado; la justificación es liberación del pecado y creación de una nueva forma de existencia. El Espíritu hace posible que el cristiano llame a Dios, Padre, lo que significa que el cristiano no es un huérfano en un universo fatalista; vive un espacio existencial insospechado, porque el amor de un Padre, que es Dios, lo circunda. Quienes aman a Dios entran en un proceso vital, que tiene como garantía al mismo Señor.

San Pablo habla de la salvación amplia y universal; no la reduce sólo a los cristianos, los elegidos de Dios. Su perspectiva no es escatológica, sino intramundana; piensa en la construcción, aquí y ahora, de una nueva sociedad. Afirma que la justificación está ya realizada y, con ella, la glorificación. De hecho, el creer en Jesús es vivir su Vida Nueva y ello fundado en la amistad e intimidad con Dios. En esa glorificación, mana también la esperanza, certeza y seguridad en la vida del hombre inserta en Jesucristo y en el amor a Dios. "A los que aman a Dios todo les sirve para el bien". Estas palabras brotan de la fe, el creyente está seguro de que nada lo puede apartar de Cristo, que tanto nos ama. La fe siempre es fuente de alegría íntima, de estabilidad interior, de seguridad profunda. Hoy que tantos hay sumidos en contrariedad e inestabilidad pueden saberse cimentados sobre la roca (Mt 7,25-35) en Cristo, fuente de consuelo y gozo.

El final del texto apunta la divinización y gloria del cristiano: "Dios lo ha conocido", es decir, lo ha amado; "lo ha destinado a ser imagen de su Hijo", al tomar la iniciativa de esta transformación; la respuesta es la fe activa, que produce la gracia de la "justificación", que es participar en su propia vida y, por consiguiente, en la gloria que nos ha dado.

 

 

EL EVANGELIO, según San Mateo, relata hoy, en un lenguaje puramente figurativo, tres parábolas que recogen imágenes apocalípticas populares de las costumbres y hábitos de la época de Jesús. El proceder con el tesoro encontrado refleja la legislación hebrea del momento; si, en efecto, el hombre lo hubiera declarado inmediatamente, habría sido para el propietario del terreno.

Jesús con estas parábolas, interpela a los discípulos, que son los que escuchan el sermón de la montaña y lo ponen en práctica; son quienes han tomado opción por el Reino de los cielos. Les hace una reflexión sobre la "actitud ejemplar" que han de procurar al descubrir el Reino; los invita a distinguir su valor supremo dentro de una escala de valores. Las dos primeras parábolas, coincidentes en el mismo trasfondo, indican que, el que encuentra algo valioso, va y vende cuanto tiene para conseguirlo. La tercera, que añade su explicación, trata de pesca y de selección del pescado; expresa la misma idea que la parábola de la cizaña y su aplicación escatológica de que, igual que el hombre separa lo bueno de lo malo, el Juez Supremo lo hará también con los justos y los impíos; y eso no es el discípulo quién ha de determinarlo, es competencia exclusiva de Dios. La parábola no tiene, pues, sentido conminatorio, sino disuasivo; no busca amenazar con un castigo, sino mover al discípulo a actuar con rectitud. En el Pueblo de Dios puede crecer la cizaña y aparecer peces desechables que obstaculicen la utopía del Reino. Los peces malos tal vez sean personas éticamente buenas, como eran los fariseos, perfectos e intachables cumplidores de la ley de conciencia, pero son fundamentalistas, cizaña y malos peces. Aquí, la división en buenos y malos no es de naturaleza ética, sino religiosa.

Al final, les pregunta: ¿Habéis entendido todo esto? Y Mateo, señalando que los discípulos son los que entienden a Jesús, da la respuesta. La enseñanza finaliza con una observación sobre la tarea y función del discípulo en cuanto persona experta en la interpretación de la Biblia, por lo que el término letrado designa, en efecto, al discípulo; muy probablemente, ello oculta una crítica a los sabios y entendidos judíos. En la referencia a lo antiguo, se adivina fácilmente que es la tradición; y lo nuevo, el descubrimiento de Jesús y la comprensión de la perspectiva abierta por su palabra y su obra.

Estas parábolas exhortan al discípulo de Jesús a adoptar una escala de valores, le muestran cuál debe ser su condición y calidad de actuación. “Vosotros, ante todo, buscad el Reino de Dios (Mt 6,33), ahí está el valor primordial, para todo el que quiera seguir a Jesús; el que lo encuentra, corre lleno de alegría, lo deja todo y se queda con Él.

El Reino es el regalo más increíble del amor del Padre, es lo único que trasmite la verdadera alegría, la alegría que vale más que la vida. El amor del Padre, que se nos da en Jesús, es el mayor tesoro del cristiano; el hallazgo lo llena de alegría, corre, da todo lo que tiene y lo acoge de modo que nada ni nadie pueda apartarlo del amor del Padre manifestado en Cristo Jesús. Sólo Dios y su Reino pueden sostener la verdadera alegría. Santa Teresa, que sabía mucho de alegría, escribió: “Quien a Dios tiene / Nada le falta/ Sólo Dios basta”. Sólo Él, porque es la causa de nuestra vida; la unión con Dios mediante Jesucristo es el centro del Reino en esta tierra y en el cielo.
         Jesús proclamó en Galilea la llegada del reinado de Dios, en efecto, el contenido de su Evangelio. Enseñó tal misterio en el lenguaje de la gente, con hermosas parábolas, que trasmitían, a través del símil y comparación, “el Reino se parece a” “es semejante a” o “sucede como”, la idea del Reino. El Maestro indica que no es una posesión, una propiedad adquirida, sino un encuentro que obliga a una decisión, a enrolarse decididamente en una dinámica y comenzar a vivir una vida nueva. Es la Buena Noticia que trae. Entrar en el reinado de Dios es tomar parte en la historia de salvación. Se trata de una vida insospechada, que no se alcanza por méritos y trabajos, sino, sólo, por un encuentro y adquisición verdaderamente gratuitos. De ahí, la gran alegría, porque es inapreciable, no tiene precio; un bien que no se puede comprar ni producir, es realmente lo que vale.

El hombre busca el tesoro de su vida, no sabe dónde está, ni tan siquiera si existe, sólo sabe que lo necesita, que siente la inquietud en su interior: "Donde está tu tesoro allí está tu corazón". Busca incesantemente, anda desorientado y errático, se agarra al dinero, al poder, a la fama, a la droga, etc., pero el verdadero tesoro no está en esas cosas, sino el mismo Dios. Escondido en nuestro mundo, cubierto por la carne crucificada de Jesús de Nazaret, oculto entre los pobres, identificado con ellos, está el tesoro ansiado. Es ahí donde Dios se ofrece a los que lo buscan. Dios mismo se hace el encontradizo en el oprimido, en el desechado, aquí en medio de nosotros, en el hermano necesitado, en Jesucristo. Ahí está el tesoro escondido que da sentido a su vida, es el amor de Jesús, el tesoro del hombre.

 

Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 22:06
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios