Domingo, 07 de septiembre de 2008

Solemnidad de San Pedro y San Pablo

 

29 de junio de 2008

He 12,1-11; Sal 33,2-9; Tim 4,6-8.17-18;  Mt 16,13-19.

 

 

“En aquel tiempo, llegó Jesús a la región de Cesarea de Filipo y preguntó a sus discípulos: ¿Quién dice la gente que es el Hijo del Hombre? Ellos contestaron: Unos, que Juan Bautista, otros, que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas. El les preguntó: Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Simón Pedro tomó la palabra y dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios Vivo.

Jesús le respondió: ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Juan!, porque eso no te lo ha revelado la  carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Yo te digo: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos y lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo y lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo”.

 

 

Lectura de los Hechos de los Apóstoles:

 

     En aquellos días, el rey Herodes se puso a perseguir a algunos miembros de la Iglesia. Hizo decapitar a Santiago, hermano de Juan. Al ver que esto agradaba a los judíos, mandó detener a Pedro. Era la semana de Pascua. Mandó prenderlo y meterlo en la cárcel, encargando su custodia a cuatro piquetes de cuatro soldados cada uno: tenía intención de ejecutarlo en público, pasadas las fiestas de Pascua. Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba insistentemente a Dios por él.

     La noche antes de que lo sacara Herodes estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado a ellos con cadenas. Los centinelas hacían guardia a la puerta de la cárcel. De repente se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocó a Pedro en el hombro, lo despertó y le dijo: Date prisa, levántate…Pues era verdad: el Señor ha enviado a su ángel…

 

El libro de los Hechos dedica los doce primeros capítulos a los sermones y actos de San Pedro y continúa luego con la obra de San Pablo. En esta perícopa, San Lucas cuenta que Dios libró a San Pedro de la expectación de los judíos y de la política de Herodes. Todo este relato de la liberación de Pedro se desarrolla entre lo maravilloso de la leyenda y la sobria realidad de la historia.

Herodes Agripa I, dependiente y sumiso al Imperio Romano, por congraciarse con los judíos y, en especial, con los fariseos, había emprendido una escalada represiva contra el naciente cristianismo; primero persigue a los cristianos helenizantes que seguían al protomártir Esteban, después manda decapitar al Apóstol Santiago, dato este que desdice, sin lugar a dudas, el título de evangelizador de España que le otorga una tradición tardía; y, por fin, encarcela a Pedro, para ejecutarlo en público ante la algazara del pueblo. Según la costumbre romana, Pedro ha sido encadenado a sus dos guardianes, que responderán con su propia vida de la seguridad del reo. Por ley, los soldados responsables de la custodia de un reo, si lo dejan escapar tienen que sufrir la pena del fugitivo (cfr. 16,27; 27,42). Este siniestro reyezuelo que persigue a la Iglesia naciente recuerda a su abuelo que persiguió a Jesús recién nacido. 

El texto narra la experiencia salvífica de Pedro, milagrosamente liberado de las cadenas del sanguinario rey, por un ángel del Señor, que se presenta y lo saca. Esta intervención liberadora recuerda la salida de Egipto, y, a la vez, la Pasión y Resurrección de Jesús. Precisamente tiene lugar en los días de Pascua y de noche; el ángel del Señor, igual que, en la primera Pascua, sacó al pueblo de la opresión, aquí vino a desencadenar a Pedro, que  huye de Jerusalén e inicia su éxodo hacia los paganos.

La pequeña comunidad cristiana de Jerusalén está reunida entre tanto en casa de María, la madre de Marcos, el evangelista, en donde Jesús había celebrado la Cena con sus discípulos. Así la oración acompaña a Pedro en su angustia durante toda aquella noche, al que no supo velar en Getsemaní.

La liberación de Pedro se inscribe entre las intervenciones salvíficas por las que Dios ha liberado a los suyos de la mano de los perseguidores. Dios conduce la historia de la Iglesia como dirigió la historia de Israel. En manos de Dios, la vida es siempre historia de salvación. El primer Pontífice vive en sí mismo la experiencia del pueblo escogido, que prefigura el nuevo y auténtico pueblo de Dios; el representante de Cristo recorre el mismo camino del Maestro, persecución y salvación son los signos confluyentes del cristiano.

Esa libertad de Pedro significa la liberación de la Iglesia; ambos se desprenden y salen de la opresión del judaísmo y del legalismo, decididos a consagrarse así a la misión salvadora. Al librarse de la prisión judía, Pedro deja y escapa de toda prisión humana, de toda coyunda que ata el anuncio evangélico en el reducto de un pueblo, de una clase, de una época, para libre y voluntario proclamar al mundo los dones del Reino de Jesucristo.

 

 

SALMO RESPONSORIAL:
 

     El ángel del Señor librará a los que temen a Dios. Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre.


Lectura de la segunda carta de San Pablo a Timoteo:

      Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida.

     El Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. El me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. ¡A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén!

 

Este texto, por su tensa y emotiva claridad exige poco comentario. El Apóstol, tras haber terminado su combate con éxito, firme en la fe, ve inminente su hora. Ha predicado y llevado el Evangelio a las naciones gentiles; ahora, al final, cargado de cadenas como un criminal, está en la cárcel de Roma (1,8.16); nadie ha salido en su defensa ante el tribunal que le juzgaba; ha tenido que presentarse ante el Cesar y todos lo han abandonado, no ha encontrado ni un solo testigo. Siente que su muerte le ronda ya cercana y escribe a su hermano e hijo en tono de testamento.

Estando a punto de ser sacrificado, Pablo, lleno de satisfacción por haber cumplido el encargo del Señor, ve el pasado y el presente con total confianza en el amor del Padre, Dios. Acaba de tener una amarga experiencia. Pablo entiende su muerte próxima, como un sacrificio de libación, que ofrece a Dios y en el que va a ser derramada su sangre (Fil 2,17). Ese caer de la sangre es lo que se llama rito sagrado de libación en el que, después de probar un líquido, se derrama sobre el altar, sobre la víctima o la tierra. En los sacrificios judíos y paganos se practicaban libaciones de agua, vino y aceite (cfr. Ex 29,40; Num 28,7). Pablo acepta serena y confiadamente la muerte, en la certeza de que se vive y se muere siempre para el Señor (Rom 14,8).

Habiendo escrito muy poco de los sacrificios rituales, se refiere al sacrificio existencial de su vida como coronación de su actividad apostólica. Está dispuesto a hacer el sacrificio total. Toda la vida de Pablo ha sido un sacrificio, ya no le queda sino la liberación. Mediante las imágenes recurrentes del atletismo, explica su entrega plena y total a la proclamación del Evangelio, con la vista en la meta que ya tiene a su alcance. Se ha esforzado y ha conseguido mantener viva y encendida la antorcha de la fe. Y vencedor, espera recibir la corona del triunfo eterno, la corona de justicia de manos del Señor (cfr. Ap 2,10). Esta corona es para él una gracia sorprendente; pero, para no ser malentendido por sus lectores y para que no piensen que su caso es único o excepcional, Pablo advierte que hay una corona para cada uno de cuantos viven en esperanza y salen al encuentro del Señor que ha de venir. Da la gloria a quien la merece, al Señor (cfr. Rom 9,5; Gal 1,5; Fil 4,20), pues el triunfo de Pablo es el triunfo del Señor, cuya fuerza se ha manifestado en medio de la debilidad y los apuros de quien le ha servido.

No hay que avergonzarse de ir a parar a la cárcel; el anuncio del evangelio lleva consigo dolor y sufrimiento. El que se proponga vivir como buen cristiano será perseguido. Urge a Timoteo a que se entregue generosamente al cumplimiento del deber que le impone la vocación recibida. Pablo ha vivido en su carne lo que había recomendado a los demás: hay que tener los sentimientos de Cristo.

 

 

Día del Papa:

 

         La Iglesia celebra este domingo el Día del Papa al coincidir con la festividad de San Pedro y San Pablo. Todos los católicos del mundo nos unimos a esta celebración, porque el Romano Pontífice es, dice el Concilio Vaticano II, "el principio y fundamento perpetuo y visible de unidad, tanto de los obispos como de los fieles" (LG 23).

Jesús edificó sobre la Roca de Pedro la Iglesia con todos los obispos de Roma y por eso vemos en el Santo Padre la imagen más cercana, más segura y más querida de Cristo, Buen Pastor. Roguemos por las intenciones de Su Santidad y pidamos por él.

 

 

EL EVANGELIO según San Mateo, expone hoy la conversación de Jesús con sus discípulos, en que Pedro recibe la proclamación de su primado.

La escena tiene lugar en la región noreste de Galilea de los paganos, que es parcialmente una tierra extranjera; con ello, Mateo recalca la existencia de un Nuevo Pueblo de dimensiones universales y se desliga de la doctrina de fariseos y saduceos. Saliendo de Betsaida y remontando el valle del Jordán, el Maestro se retira con los "doce" a la región de Cesárea de Felipe, al pie del monte Hermón; quiere disponer de tiempo y de un lugar tranquilo, para iniciar a sus discípulos en el misterio de sí mismo.

El texto está estructurado conjuntamente por Jesús y sus discípulos. El Maestro comienza preguntando qué han oído de Él y de su misión. “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”, dice Simón; quiere conocer qué han comprendido sus discípulos y qué piensan de Él. El discípulo que el evangelista va pergeñando muestra su condición en la respuesta a la pregunta sobre Jesús. La superioridad de Pedro no estriba en la respuesta en sí, que, también, la dan los demás discípulos, cuando Jesús camina sobre las aguas: “Verdaderamente, Tú eres el hijo de Dios” (Mt 14,22-33), reside más bien en la garantía de solidez que le confiere respecto a los demás. Mateo distingue al discípulo de la gente en el reconocimiento de Jesús, como también lo hace en el capítulo de las parábolas.

Nadie puede penetrar en el misterio de la persona de Jesús, sin la revelación del Padre. El interrogante que Jesús hace sigue latente para todos los hombres de todos los tiempos; es una pregunta atemporal y siempre actual; la respuesta dará la medida del discípulo. Pedro personifica la confesión cristiana de la fe, pero, "no procede de la carne ni de la sangre", no proviene de la lógica y de la razón humana, únicamente de la revelación del Padre, con el que tiene esa unión esencial: "Mi Padre y Yo somos uno". El hombre es radicalmente incapaz de acceder al dominio misterioso de Dios. El que Mateo añada a la respuesta, las palabras "Hijo de Dios vivo", es probable que sea aquí una anticipación de lo que sólo será un hecho después de la resurrección: la fe en la divinidad de Jesús y el reconocimiento de que es el Señor. El conocimiento que Pedro tenía de Jesús no superaría con mucho la opinión de la gente; las palabras de Jesús y la promesa del primado deben situarse igualmente en un momento posterior a la Resurrección. En general, Mateo se interesa más por una ordenación temática que cronológica.

El reconocimiento de Simón adquiere la condición de fundamento o cimiento sólido, y a ello, debe su sobrenombre de Pedro. Se percibe el juego de palabras del texto griego y también del castellano: Pedro-piedra. Sobre este cimiento, consistente en el reconocimiento de la identidad divina de Jesús, se levanta el pueblo creyente; en su sólido cimiento, el edificio ofrece total seguridad, expresada en la imagen de la frase "el poder del infierno no prevalecerá contra ella"; las "puertas del infierno" son, para los judíos, el poder de la muerte, que retiene sin vida a los difuntos, el poder de la destrucción. Jesús asegura que su iglesia resistirá toda la fuerza de la destrucción y de la muerte. Es inexpugnable a la destrucción y a la muerte, imagen de consistencia, que Jesús ha expresado también en Mt 7, 25: "Vinieron las lluvias, se desbordaron los ríos y los vientos soplaron violentamente contra la casa; pero no cayó, porque…". La Iglesia en su perenne estabilidad es una casa construida sobre roca, aunque se apoya en la fragilidad de los hombres. El destino de la Iglesia es, como el de Cristo, un camino en la contradicción; y no solamente por los enemigos externos, sino por los de dentro de la Iglesia; siempre habrá pecadores; por eso, tiene que "atar y desatar"; hay pecado y debe haber perdón.

En la perícopa laten dos aspectos aparentemente en contraste: la fe de Pedro y su incomprensión del misterio de Jesús, la autoridad que le confía y el reproche que le hace Jesús. Es una cuestión de fondo, hasta el punto de que esa forma de contraste entre debilidad y gracia está presente también en otros textos: (“He rogado por ti para que no desfallezca tu fe… No cantará el gallo… Agonía de Getsemaní… En el patio, a la lumbre, las negaciones de Pedro” Lc 22. Y “Tú sabes que te amo. Cuando seas viejo otro te ceñirá: profetiza la muerte con que glorificará a Dios”, Jn 21). Evidencian el mismo contraste, por una parte, la debilidad de Pedro; por otra, su carácter de punto de referencia. Los evangelistas subrayan intencionadamente este contraste para acentuar que por gracia, en virtud de una elección divina y no por dones naturales, es Pedro la roca sobre la cual funda Cristo la Iglesia.

Mateo que muestra gran atención a Pedro, define su función con tres metáforas: la piedra, las llaves, atar y desatar. La primera, evoca el texto: “El prudente construye sobre roca” (Mt 7,24-27); Pedro es la roca que mantiene firme la Iglesia, el cimiento que constituye su unidad. La segunda, es clara, dar las llaves significa confiar un poder y autoridad verdadera y plena. La tercera, atar y desatar, tiene el sentido de permitir y prohibir, de perdonar y rechazar. En definitiva, se le atribuyen a Pedro títulos y prerrogativas que, en la Biblia pertenecen al Mesías. Es, pues, concederle poder y autoridad vicarios; es imagen de Cristo, que es el verdadero Señor de la Iglesia, por lo que es un poder pleno e indiscutible. En San Mateo, el interés central es Cristo, y, de ahí, también la Iglesia. Las palabras que Jesús dirige a Pedro se insertan en el motivo cristológico y en el motivo eclesial.

Mateo presenta en perspectiva una nueva realidad religiosa, que recibe en este texto el nombre de Iglesia de Jesús. Es la primera vez que el término Iglesia aparece en el evangelio con el significado de asamblea, congregación. El Nuevo Pueblo de Dios al margen del viejo, que se entronca en la fe y encuentro con Jesucristo y que tiene en Pedro su roca y su fuerza, refrendado por el mismo Dios. Mateo presenta un Pedro incuestionable e imprescindible.

 

 

Camilo Valverde Mudarra

 


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 18:36
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