Lunes, 10 de marzo de 2008

V Domingo de Cuaresma. Ciclo A

Ez 37,12-14; Sal 129,1-8; Rom 8,8-11; Jn 11,1-45

 

 

En aquel tiempo, estando enfermo Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellos.  Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo: Señor, tu amigo está enfermo. Jesús, al oírlo, dijo: Esta enfermedad no es de muerte, sino para gloria de Dios, a fin de que el Hijo de Dios sea glorificado por ella…

Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Al enterarse  Marta que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa. Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero ya sé que Dios, te concederá lo que le pidas. Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. Marta respondió: Sé que resucitará en la resurrección del último día. Jesús le dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto? Ella le contestó: Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que ha venido al mundo…

Y gritó con voz potente: Lázaro, ven afuera.

 

 

Lectura del Profeta Ezequiel:

Esto dice el Señor: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y, cuando abra vuestros sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo mío, sabréis que soy el Señor: os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra y sabréis que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

 

 

El pueblo de Dios está desterrado en Babilonia, lejos de su tierra y, privado de libertad y de su vida, que daban sentido a su historia, la relación con Dios ha muerto. Dios apartará la losa, para que el pueblo se levante, se organice y salga vitalizado por el Espíritu del Señor. Será un nuevo éxodo, una nueva elección.

Una lectura cristiana del texto insinúa ya la comunidad del Espíritu Santo. Esta comunión con Dios, manifiesta en Jesús, hará a los creyentes entrar en la inmortalidad.

Ezequiel, desterrado con los desterrados, ve con sus propios ojos la situación lamentable de su pueblo que yace en las tinieblas de la muerte como un montón de huesos, sin esperanza. Ha tenido la visión de unos huesos secos e informes que toman carne, se organizan y reviven y, al mismo tiempo, ruah-viento-espíritu, soplo animador por los cuatro costados, vida por doquier. Huesos y espíritu, muerte y vida es el eje central de la visión, de la parábola y de la teología de este pasaje ezequiano.

Un trueno, un terremoto, una teofanía y, en el valle de la muerte, se presenta la vida: Yahvé; los huesos se ensamblan, nacen tendones, la carne los cubre, su piel se pone tersa... El soplo de Yahvé, la acción del espíritu-aliento-vida divina llega y aquellos cadáveres "reviven, se ponen de pie", se convierten en seres vivos y divinos a la vez.

A la visión sigue la parábola: "Huesos calcinados" es la metáfora desalentadora que cunde por entre los exiliados. Ellos son "esperanzas desvanecidas; hombres perdidos". Y es que la desesperación roe la raíz de la existencia. Son como sepulcros cuatriduanos que huelen. Saldrán de su sepulcro babilónico, del país de la muerte, para establecerse en la tierra de la vida, por obra de la infusión "de mi espíritu en vosotros". Volverán a existir como seres vivos-divinos, volverán a ser personas libres, libres entre sí y con Dios. Los conceptos de la vida y muerte sobrepasan en mucho nuestros angostos moldes fisiológicos.

Esta enseñanza de Ezequiel apunta a la liberación del destierro y no a la resurrección de los muertos en el sentido que nosotros entendemos hoy. Ezequiel ha creado una imagen de huesos y espíritu, de muerte y vida; ha establecido la victoria de la vida sobre la muerte, que es la esencia del mensaje pascual. El cristiano, al leer esta página, puede ver en ella el símbolo perenne de la resurrección particular y universal.

Para captar el significado del texto es preciso leer los vs. 1-14 de este capítulo. Con gran fantasía el autor nos describe la dramática visión de los huesos calcinados y desparramados por el valle que, gracias al aliento, espíritu divino, van adquiriendo vida. Los vs 11-14 constituyen la interpretación de esta visión. El desánimo cunde entre los desterrados: "...nuestros crímenes y nuestros pecados cargan sobre nosotros y por ellos nos consumimos; el destierro es el campo de batalla en el que la esperanza, huesos calcinados, yace por tierra. Pero, Dios quiere la vida, la esperanza del pueblo. Así el profeta es designado vigía, que, desde lo alto de la torre, espía el mensaje de Dios que trae el aliento. Dios los libera de la desesperación obrando una nueva creación.

La sociedad atenazada se ve perdida y sin esperanza: el paro aumenta cada día, el hambre rueda por las calles, muchas familias no llegan a fin de mes, el malestar social late y cunde la desilusión... La gente necesita ilusión; se hace urgente el aliento, soluciones de consuelo que la saquen de la depresión y de la grave crisis. Esta lectura infunde esperanza, con su visión del triunfo de la vida sobre la muerte, de la alegría sobre la tristeza, de la esperanza contra la desesperación. Sirve de reflexión y de impulso a actuar en consecuencia. Dios trae la libertad y la vida a su pueblo, que se alzará, y saldrá, y caminará, Dios mismo será su guía y su fortaleza, porque infundirá su mismo espíritu vivificante.

Ezequiel habla de liberación de todo lo que mortifica a los hombres. En la Pascua de Cristo se abre el acceso a la verdadera vida y los hombres entran en comunión con Dios definitivamente. La victoria de la vida sobre la muerte es el mensaje de la Pascua".

 

 

SALMO RESPONSORIAL:

Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz: estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuentas de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes respeto. Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora… Porque del Señor viene la misericordia,
la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos.

 

 

Lectura de la carta San Pablo a los Romanos:

 

Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros. El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

 

 

Esta perícopa pertenece a una sección, en que el Apóstol expone la acción relevante que supone la presencia de Jesús en el mundo; los que viven en Cristo están "en el Espíritu", y aquellos que siguen en la vieja situación solidaria con Adán, hecha de cerrazón de Dios y de egoísmos, que están "en la carne", no tienen el Espíritu de Dios, el modo de ser de Dios. La presencia de Dios es una fuerza vital que incide en el hombre (intervención de Dios) y lo transforma en un ser inmortal, al superar la muerte.

La antropología paulina es de esperanza. Vivimos en carne, pero "no estamos en la carne". Somos carne, cuerpo y alma en su debilidad y dimensión pecadora, pero trasformados, vivificados por el Espíritu de Cristo, que es de Dios. Y este Espíritu, que resucita los muertos, impele su energía vivificante en los que creen en Jesucristo. El creyente, pues, tiene a Dios y vive la esperanza; y, por ello, el cuerpo no será definitivamente destruido, sino vivificado y transfigurado.

La vida del cristiano, hijo de Dios está conformada por el Espíritu. Existir "en la carne" es negación del espíritu, es materialismo, limitación de perspectivas y reducción y recorte por el egoísmo. Vivir  "en el espíritu" es andar motivado por el Espíritu de Jesús y radicado en Cristo. Es estar plenificados gozosamente en su resurrección. 

"El hombre que está en la carne" padece la opresión del pecado del mundo, sometido a sí mismo bajo las consecuencias del pecado: la muerte y una concupiscencia desenfrenada que lo esclaviza; así ha perdido su armonía interior y no tiene en su vida la "gloria de Dios" (cf. 3,23). En la Biblia en general y las epístolas de San Pablo, no existe esa antropología maniquea que divide y enfrenta el espíritu a la carne en un combate de dos fuerzas antagónicas e irreconciliables, como si el espíritu fuera siempre bueno y la carne, siempre totalmente mala, como si el cuerpo fuera el enemigo del alma. Para el Apóstol, todo el hombre es "carne" y "está en la carne", cuando se encuentra desposeído de la gracia de Dios. "Carne", pues, no significa aquí una parte constitutiva del hombre, el cuerpo, sino una dimensión de la existencia humana.

"El hombre que está en el espíritu" es el hombre que ha sido salvado por Cristo y ha recibido el espíritu de Dios que da la vida. El espíritu de Dios se llama también espíritu de Cristo, porque habita plenamente en Él y de su plenitud participan todos los cristianos. No apunta que el cuerpo haya de morir sin remedio, como consecuencia del pecado, mientras que el alma goza de la inmortalidad por la gracia y la justicia que nos viene de Dios por medio de Cristo, sino que afirma que la manera de ser del hombre, según la "carne", ha sido liquidada en aquellos que viven en y con Cristo y acomodan su vida a la de Cristo; están muertos para el pecado y ahora viven y practican la justicia de Dios (cf. 7,4ss; 6,11; 3,21-31; 5,1.21). El mismo espíritu de Dios que actuó en la resurrección de Cristo habita ya en el creyente, por lo que espera que actúe de nuevo en su resurrección y no sólo en la resurrección futura, sino también ahora alentando la vida por la justicia de Dios.

La promesa de vida se vigoriza en Cristo, en el Espíritu. El Espíritu de vida ya "habita en nosotros". El anuncio del Profeta ya ha empezado a cumplirse. Por el Espíritu en nosotros, la condición carnal queda superada y la condición mortal queda vencida. Ya no vivimos según la carne, que es ley del pecado, ya no tememos la muerte, porque el Espíritu «vivificará nuestros cuerpos mortales», abiertos y llenos de toda esperanza.

 

 

El EVANGELIO según San Juan pone hoy en consideración la resurrección de Lázaro.

Jesucristo hace realidad la metáfora de Ezequiel. Cristo pasó por la vida haciendo el bien, curando enfermos, abriendo ojos, labios y oídos y resucitando muertos. Ahuyentó la muerte; toda clase de muerte, porque es la Vida y la Resurrección.

Ante la tumba que manda abrir, escribe una página universal de plástica inmortal: Vida y Muerte laten enfrentadas en el sepulcro de Lázaro. Un signo admirable que centraliza la danza interminable de la muerte y la vida. Jesús nimbado de poder divino destaca majestuoso en su serenidad y seguridad; en sus gestos humanos cercanos y sensibles es el amigo que se emociona y llora con las hermanas del muerto. Es el Hijo del hombre que se define "Yo soy", por tres veces lo hace en estos Domingos de Cuaresma, como lo hace una decena de ocasiones en el IV evangelio. Es el Mesías, el Cristo, que domina la muerte y descorre la losa de los sepulcros; el que sólo pide la fe, creer en Él: “Quien cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, para siempre”.

          La exégesis del cuarto evangelio requiere la correcta comprensión de la peculiar técnica de composición del autor, que se mueve en la yuxtaposición de un doble plano, el externo y el profundo. El desconocimiento de este elemento conduce a la simplicidad, a una consideración errónea al interpretar las páginas de este evangelista. El plano primero reside en la dimensión empírica de los acontecimientos, es el de los interlocutores de Jesús. El plano profundo se halla en el significado que los hechos encierran en sí. La significación nunca está en lo empírico ni verbal; se descubre, al verbalizarlo mediante el esfuerzo del intérprete. El cuarto evangelio discurre normalmente en el nivel profundo de la simbología; la narración representa la labor interpretativa y verbalizadora de Juan sobre el significado de las palabras y actos de Jesús. No reproduce el lenguaje material expresado por Jesús, ni el mismo nivel de los interlocutores; quiere esto decir, que Jesús nunca habló como lo hace en el cuarto evangelio y, sin embargo, el contenido es auténtico y profundamente verdad todo lo que Él "dice" por boca del evangelista. Para entender, pues, un texto de Juan una metodología correcta consiste en separar los dos niveles de lenguaje que se entrelazan.

 

La resurrección de Lázaro preludia en el cuarto evangelio los sucesos de la Pasión, porque este “signo” es la causa última de que el Sanedrín decida la condena a muerte de Cristo. Añádese a ello la transcendental significación teológica que contiene en diferentes planos y que, en definitiva, señala al mismo Maestro como la resurrección y la vida, pues su caminar no es de muerte sino de glorificación. Quien cree en Él y ama al prójimo, pasa de la muerte a la vida, de modo que la resurrección de Lázaro es un signo de la de Jesucristo. La luz de pascua ilumina los pasos de Jesús que, en su realidad histórica, abarca primero la tiniebla inexplicable del dolor humano.

 El cuarto evangelista llama “signos” a los milagros, porque se trata de actos simbólicos, indicadores que inducen a encontrar, bajo el hecho narrado, una enseñanza más profunda. Son recursos estilísticos, medios empleados para establecer la entidad auténtica de Jesús: Es el maestro, el pan vivo bajado del cielo, la luz, la vid, el buen pastor, la verdad, el camino, el siervo de dolor, la resurrección, la vida. Están agrupados del capítulo 2 al 12 con el nombre de “Libro de los signos”. Junto a los siete signos ha puesto siete discursos que forman la raíz teológica del evangelio y cada uno explica una idea esencial. El conjunto se establece en una estructura constante: hecho narrado y precisión discursiva, a fin de ir aclarando el significado de cada signo en el discurso.

El relato pretende anunciar y divulgar la divinidad del que dio la buena noticia del Evangelio. S. Juan, por medio del texto literario, proclama que Jesucristo es la Resurrección y la Vida. Es preciso conectar este pasaje con la exposición de la unción de Betania cercana a Jerusalén. Cristo camina hacia la muerte, pero Él es la vida, si muere resucitará; volverá a la vida. Cristo no muere, es Dios. Y esta es la finalidad fundamental que late en el texto.

El tema de la resurrección tiene antecedentes bíblicos: la que llevan a cabo Elías (1 Re 17,17-24) y Eliseo (2 Re 4,29-37). Por otra parte, recordemos la resurrección de la hija de Jairo (Mc 5,22-43), que muestra un gran paralelismo con esta y la del joven de Naím (Lc 7,11-16). El objetivo teológico de estos relatos es mostrar la divinidad de Cristo, presentar a Jesús como el triunfador de la muerte.

En el texto de la resurrección de Lázaro, que tiene reminiscencias con la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro, se percibe la confesión de fe en el resucitado y la afirmación de que, por la fe, se participa en la vida de Cristo.

Las hermanas tienen gran confianza en sus dotes curativas, no van más allá y por ello afirman que de haber estado Jesús allí el hermano no hubiese fallecido. De nuevo, se percibe el símbolo; la dilación de tres días que pasan antes de llegar, es un recurso literario que hace sutil referencia a la muerte y resurrección de Jesús, resucitado al tercer día: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero yo sé que Dios te concederá todo lo que le pidas”. Jesús le dijo: “Tu hermano resucitará” (Jn 11,21-23). Su fe es incipiente. No han captado toda la realidad de Cristo.

La fe de Marta se concreta aún deficiente e inmadura. Afirma su creencia en la fuerza de la oración de su amigo Jesús y que cura y puede curar a los enfermos por intercesión; y esto mismo refleja María en sus palabras, al echarse a los pies del Señor (v.32). Debía ser este, sin duda, el sentimiento que sugerirían las expresiones entrecortadas por el llanto que habrían proferido las hermanas en esos días de duelo. No viven en la profundidad de la fe. Aunque Cristo no esté materialmente presente, Cristo “está”.

Le dice Marta que cree que Dios le concederá cuanto pida, pero no que está hablando con Él-Dios; no cree en la resurrección de su hermano, pues, al afirmarlo el Señor, ella lleva su pensamiento a la resurrección final, “al último día”.

Son dos esferas distintas de concepción: Marta, María y los discípulos se mueven en un plano natural y humano: la enfermedad y la muerte ya irreversible, ya huele (v.39); y Jesús, en uno superior, el teológico, vivirá.

Y, lo mismo que la samaritana llega a saber poco a poco por el propio Jesús, que se halla ante el Mesías, también Marta oirá de Él mismo quién es y, tras titubeos, dirá que cree que es el Mesías y que sabe que es el Hijo de Dios cuya venida esperaba el mundo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá. Y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre. Y es esta la otra ocasión en que solemne y tajante declara abiertamente su identidad: Yo soy la resurrección y la vida. ¿Crees esto? A esta pregunta directa, Marta afirma su fe y confiesa la divinidad de Jesús: “Tú eres”, eres “el Mesías y eres “el Hijo de Dios”. Su esperanza se ha robustecido y su fe ha sido confirmada. La respuesta sintetiza la cristología del Evangelio.

Esta proclamación de su fe en el reconocimiento de Cristo es el culmen de la revelación. El evangelista Juan pone, en boca de una mujer, la profesión de fe que Mateo hace decir a Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios Vivo (Mt 16,16).

Jesucristo es la Resurrección. En el A.T., se dice que Dios es la Vida, así también, Jesús como es Dios, tiene el poder de resucitar. Vida que ofrece Dios en el mismo momento de acoger la fe. El que cree y acepta la fe ha pasado de la muerte a la vida (Jn 5,24). La vida se inicia ya, aquí y ahora. El evangelio de San Juan hace presente el regalo de Dios en el ahora; el fruto de la fe y de la Palabra es actual. Esta fe es la que quiere Jesús comunicar a la turba que expectante presencia el prodigio.

Es un signo que demuestra el poder eficaz de la fe; la fe es la posesión de la vida eterna ya en el momento presente. Su enseñanza, que se muestra concentrada en la conversación con Marta, reside en que los discípulos, los creyentes, se hallan tan íntimamente unidos a Cristo que ni la muerte puede separarlos. El significado del hecho no se halla condicionado por la historicidad de lo ocurrido en Betania, pero, por otra parte, es imprescindible remitir a las resurrecciones enumeradas por los Sinópticos (Mc 5,15ss; Lc 7,11ss.); y es que Juan no habría recordado la historia, si no hubiese creído que había tenido lugar, precisamente, porque su convicción más profunda es que el Verbo se hizo hombre y manifestó su gloria en sucesos históricos. No se trata, por tanto, de una simple alegoría inventada en función de una enseñanza.

Marta, al saber que Jesús se acercaba a Betania, salió corriendo a su encuentro, mientras María se quedó en casa atendiendo a los visitantes que habían acudido a testimoniarles su pésame: Los judíos que estaban en casa de María y la consolaban… (Jn 11,31). Estas visitas de duelo eran muy corrientes en las costumbres judías, como muestra de caridad, de dolor y de amistad. El periodo de luto estricto se dilataba durante siete días: “Cuando llegaron a la era de Atad, al otro lado del Jordán, hicieron una grande y dolorosa lamentación y José guardó por su padre un luto de siete días” (Gn 50,10); durante siete días hubo luto en su pueblo” (Jdt 16,24). De acuerdo con las prácticas rabínicas, tres días se dedicaban al llanto y los otros al luto. El rito se observaba puntualmente: volvían al sepulcro, se sentaban en tierra quitándose el calzado y se mantenía la cabeza velada.

El Maestro te llama. Jesucristo manda recado a María, y, cuando las visitas la vieron salir, creyeron que su fuerte dolor la llevaba al sepulcro y la acompañaron. Ella, al llegar a Jesús, se abalanzó a sus pies llorando, los judíos visitantes lloraban y la emoción se contagió y conmovió hondamente a Cristo; aquí, muestra claramente su plena humanidad y su divinidad. Jesús, al verla llorar y que los judíos que la acompañaban también lloraban, se estremeció y, profundamente emocionado, dijo: “¿Dónde lo habéis puesto?” Le contestaron: “Ven a verlo, Señor”. Jesús se echó a llorar, por lo que los judíos decían: “Mirad cuánto lo quería” (Jn 11,33-36).

Resulta conmovedor leer que las lágrimas de María motivan las lágrimas de Jesús y deducir que el hombre y la mujer, el ser humano, pueden “forzar” a Dios con su dolor, con su pena revestida de fe que logra conmover el impulso celestial para que actúe salvíficamente en el plano terrenal. La emoción y las lágrimas de Jesús, legítimas por su amigo Lázaro, son el abrazo redentor que Cristo quiere mostrar en ese momento por todos los sufrimientos y aflicciones que envuelven el diario vivir y ha de soportar el cristiano.

La tardanza de Jesús, expresión dramática de amor al amigo, pudo ser forzosa, habría de dar un rodeo, para burlar el cerco mortal que sus adversarios le habían tendido. Para Juan el amor constituye la esencia misma de Dios (cf. 1 Jn 4. 8); el amor es la gloria de Dios. El desafío a la muerte que supone el ir a ver a Lázaro es el timbre de gloria que manifiesta quién es Jesús. Así, se entiende que la enfermedad de Lázaro no es para muerte, sino para manifestar palpablemente la gloria de Dios, el amor que Dios tiene revelado a través de su Hijo (cf. v. 42). La visita a Lázaro es la ocasión de la glorificación de Jesús, va a propiciar la posibilidad de amar desafiando a la muerte. De ahí que en el cuarto evangelio la glorificación vaya unida a la muerte; más aún, en la muerte consiste precisamente la glorificación.  Pero el relato está montado por Juan como la más adecuada ilustración de esa paradoja entre la vida y la muerte. Jesús espera a que su amigo enfermo haya muerto realmente, quiere revelar así su imperio sobre la muerte en el momento en que la muerte se va a apoderar de Él. Es en sí, paradójico también, que el devolver la vida a un muerto precipite su propia muerte.

La resurrección de Lázaro es la señal más portentosa y la explicación visible de lo que Jesús es para los que creen en Él. Juan sitúa narración en un contexto polémico. Por eso, no se trata simplemente de un milagro, sino de una demostración pública y solemne de la verdad de Jesús y en un momento crítico y definitivo. No es casualidad, que el mismo día que el Hijo de Dios manifiesta su poder supremo, como autor de la vida, los incrédulos decidan su muerte y tomen las medidas para apresarlo y asesinarlo.

El relato en su clave simbólica muestra que Lázaro es símbolo de Jesús. Y lo que es más importante para el hombre: Lázaro es símbolo de la destrucción del destino inexorable y de la fatalidad; el hombre no es ya un ser para la muerte. El texto no niega la realidad; sencillamente ahonda en ella y amplía su alcance allí donde parece tener un límite: la muerte. El texto no niega la muerte, sencillamente afirma que la muerte no es el límite de la realidad humana. El símbolo es una verdad en Jesús: El es la resurrección y la vida. "¿Tú crees esto?", y, con  Marta, respondemos: "¡Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo!".

 

                                                   Camilo Valverde Mudarra


Publicado por CamiloVMUDARRA @ 19:33
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios