Europa como las Autonomías no interesan a la gente; el desencanto europeísta reclama volver la mirada a una argamasa de valores que pueda dar sentido a la UE. Europa, «justo en esta hora de negativas y fracaso, parece haberse vaciado por dentro; la polémica constitucional ha levantado el hacha de guerra entre quienes ven en ella una especie de complot papista contrario al principio de laicidad y aquellos otros que sospechan que, tras la deriva, se oculta la cerrazón de «una nueva clase de eurolaicos que cabalgan sobre una ola de cristofobia». Un aplastante número de personas de los veinticinco estados miembros han exigido con su firma la mención explícita del cristianismo en la futura Constitución Europea; se sigue creyendo correctamente que en las tradiciones religiosas hay recursos importantes, no siempre aprovechados, para resolver los conflictos mundiales; tiende a recurrir a su propia tradición religiosa, aunque sólo sea, porque no conoce las posibilidades análogas que ofrecen las tradiciones de los vecinos; tanto laicos como cristianos tienen un patrimonio común de derechos fundamentales, dotados del mismo contenido, aunque distintos en sus fundamentos. Porque, efectivamente, los derechos del hombre no comienzan con la Revolución Francesa, sino que hunden sus raíces en aquella mezcla de cristianismo y hebraísmo que configura el rostro económico y social de Europa. Los temores a que una inclusión de los valores cristianos pudiera producir una solapada invasión de criterios confesionales, o que la inclusión de criterios laicos entre los valores del preámbulo produzca una ofensiva judicial destinada a borrar los jirones religiosos que la Historia ha depositado en la sensibilidad europea, danzan en el ambiente. Ni una ni otra referencia tendrían la fuerza de alterar los trazos comunes del modelo europeo sobre el factor religioso, que puede sintetizarse como el rechazo simultáneo del indeferentismo religioso y la teocracia. Es decir, una versión actualizada en clave laica del dualismo cristiano, como se ha dicho, «un modelo de cooperación formal integrado por dos factores: el principio de igual libertad de todas las confesiones y el de la medida distinción entre el orden político y el orden de las conciencias».
Sin duda, nuestra configuración genética hunde sus raíces en las esencias del cristianismo, que, desde San Pedro a Juan Pablo II, ha conformado nuestra íntima creencia personal con la enseñanza del Maestro de Nazaret; el hombre occidental vive impregnado fundamentalmente de su fe cristiana.
El cristianismo vivo y presente ha informado toda la cultura y la civilización de Occidente; sin su visión existencial no se entiende la arquitectura, la música (sobre todo la clásica), la pintura, la literatura o la poesía. «No cabe eliminar -dice el constitucionalista J. H. Weiler- el cristianismo de la Historia de Europa, como no se pueden eliminar las cruces de los cementerios». La convicción religiosa ha calado y configurado el alma humana de modo indeleble por todo el mundo, como dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y predicad el Evangelio hasta los confines de la tierra (Mt 28,18). Se ha querido extirpar esta fe como un veneno, este esfuerzo laicista siempre resulta vano por la fuerza intrínseca de la palabra sustancial de Jesucristo. En Europa, no se basa solamente en una «herencia histórica», que justamente también los es, sino una vivencia arraigada en el tejido social lo que explica la enorme convocatoria y el entusiasmo que suscitaba la figura de S. S. Juan Pablo II, allá donde iba. Es cierta la opinión de W. Brandmuller, al señalar que los últimos desastres desde la Primera Gran Guerra, a los campos de exterminio alemanes y al Archipiélago Gulag, son el resultado de la ruptura de Europa con sus orígenes en Jerusalén, Atenas y Roma. Jerusalén significa la conexión del género humano con el Creador, Padre Amantísimo, del que ha recibido la vida, el perdón y la redención eterna. Atenas supone el bagaje intelectual de la cultura europea y Roma, la fuente del derecho que mana las más importantes directrices del ordenamiento jurídico.
Habría que conciliar la posición laica belga-francesa, con las justas aspiraciones italianas, checas, polacas o irlandesas. Se han propuesto soluciones eclécticas que defienden simultáneamente una referencia dual al patrimonio judeocristiano y a los valores laicos y liberales. Es una formulación de compromiso de contenidos mínimos en la necesidad de poner de manifiesto la particular y extraordinaria relevancia que en la construcción cultural de Europa tiene la tradición cristiana. La Historia no se puede negar ni tergiversar. Asistimos hoy, con sorpresa, a una maliciosa e ignorante manipulación y acomodo de los hechos históricos. El pensamiento cristiano, en Europa, existe hace ya miles de años, pese a aquellos que quieren borrarlo, silenciarlo y destruirlo. Los derechos humanos se proclaman en las páginas de la Biblia y su aplicación y defensa la emprende el cristianismo en un tiempo muy anterior a la Revolución Francesa. Ya Isaías, en el s. VIII a. C., clamaba: «Aprended a hacer el bien, perseguid la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17), y el Evangelio enseña: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14,27); Amaos unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,12-13); más aún, amad a vuestros enemigos, haced el bien (Lc 6,35); Amad la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8,32).
Un enorme montón de firmas, exactamente 1.066.256, se han allegado a la puerta del Parlamento de Estrasburgo con la exigencia de proclamar y reconocer el cristianismo europeo. No se ha visto jamás una movilización mayor. El socialdemócrata Gerhard Schróder, ha señalado su conveniencia, frente a la obcecada y tendenciosa postura de Bélgica y Francia de que no se haga «ninguna referencia religiosa específica», a pesar de que la mayoría de países piden, en carta conjunta, la afirmación del cristianismo.
Camilo Valverde Mudarra
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Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Lcdo. en Ciencias Bíblicas y poeta.
Sin duda, nuestra configuración genética hunde sus raíces en las esencias del cristianismo, que, desde San Pedro a Juan Pablo II, ha conformado nuestra íntima creencia personal con la enseñanza del Maestro de Nazaret; el hombre occidental vive impregnado fundamentalmente de su fe cristiana.
El cristianismo vivo y presente ha informado toda la cultura y la civilización de Occidente; sin su visión existencial no se entiende la arquitectura, la música (sobre todo la clásica), la pintura, la literatura o la poesía. «No cabe eliminar -dice el constitucionalista J. H. Weiler- el cristianismo de la Historia de Europa, como no se pueden eliminar las cruces de los cementerios». La convicción religiosa ha calado y configurado el alma humana de modo indeleble por todo el mundo, como dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y predicad el Evangelio hasta los confines de la tierra (Mt 28,18). Se ha querido extirpar esta fe como un veneno, este esfuerzo laicista siempre resulta vano por la fuerza intrínseca de la palabra sustancial de Jesucristo. En Europa, no se basa solamente en una «herencia histórica», que justamente también los es, sino una vivencia arraigada en el tejido social lo que explica la enorme convocatoria y el entusiasmo que suscitaba la figura de S. S. Juan Pablo II, allá donde iba. Es cierta la opinión de W. Brandmuller, al señalar que los últimos desastres desde la Primera Gran Guerra, a los campos de exterminio alemanes y al Archipiélago Gulag, son el resultado de la ruptura de Europa con sus orígenes en Jerusalén, Atenas y Roma. Jerusalén significa la conexión del género humano con el Creador, Padre Amantísimo, del que ha recibido la vida, el perdón y la redención eterna. Atenas supone el bagaje intelectual de la cultura europea y Roma, la fuente del derecho que mana las más importantes directrices del ordenamiento jurídico.
Habría que conciliar la posición laica belga-francesa, con las justas aspiraciones italianas, checas, polacas o irlandesas. Se han propuesto soluciones eclécticas que defienden simultáneamente una referencia dual al patrimonio judeocristiano y a los valores laicos y liberales. Es una formulación de compromiso de contenidos mínimos en la necesidad de poner de manifiesto la particular y extraordinaria relevancia que en la construcción cultural de Europa tiene la tradición cristiana. La Historia no se puede negar ni tergiversar. Asistimos hoy, con sorpresa, a una maliciosa e ignorante manipulación y acomodo de los hechos históricos. El pensamiento cristiano, en Europa, existe hace ya miles de años, pese a aquellos que quieren borrarlo, silenciarlo y destruirlo. Los derechos humanos se proclaman en las páginas de la Biblia y su aplicación y defensa la emprende el cristianismo en un tiempo muy anterior a la Revolución Francesa. Ya Isaías, en el s. VIII a. C., clamaba: «Aprended a hacer el bien, perseguid la justicia, socorred al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda» (Is 1,17), y el Evangelio enseña: La paz os dejo, mi paz os doy (Jn 14,27); Amaos unos a otros, como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos (Jn 15,12-13); más aún, amad a vuestros enemigos, haced el bien (Lc 6,35); Amad la verdad y la verdad os hará libres (Jn 8,32).
Un enorme montón de firmas, exactamente 1.066.256, se han allegado a la puerta del Parlamento de Estrasburgo con la exigencia de proclamar y reconocer el cristianismo europeo. No se ha visto jamás una movilización mayor. El socialdemócrata Gerhard Schróder, ha señalado su conveniencia, frente a la obcecada y tendenciosa postura de Bélgica y Francia de que no se haga «ninguna referencia religiosa específica», a pesar de que la mayoría de países piden, en carta conjunta, la afirmación del cristianismo.
Camilo Valverde Mudarra
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Catedrático de Lengua y Literatura Españolas,
Lcdo. en Ciencias Bíblicas y poeta.

