Martes, 25 de diciembre de 2007
SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DEL SE?OR. Ciclo A
Is 62,11-12; Sal 96,1-6.11-12; Tit 3,4-7; Lc 2,15-20.



Cuando los ?ngeles los dejaron, los pastores se dec?an unos a otros: Vamos a Bel?n, a ver eso que nos ha comunicado el Se?or.
Fueron corriendo y encontraron a Mar?a y a Jos? y al ni?o reclinado en el pesebre. Habi?ndolo visto, contaron lo que se les hab?a dicho de aquel ni?o. Todos los que lo o?an se admiraban de lo que dec?an los pastores. Y Mar?a, por su parte, guardaba todas estas cosas, medit?ndolas en su coraz?n. Los pastores se volvieron dando gloria y alabando a Dios por lo que hab?an visto y o?do, como se les hab?a dicho.



La gente que busca salvaci?n, estalla de gozo por el anuncio que llena toda la tierra: llega el Dios salvador. ?Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad?. El mensajero la siente ya presente y ve un pueblo santo, buscado, redimido, surgir de un pueblo manchado e irredento (Is 60,15).

El Profeta Isa?as anuncia: ?El Se?or hace o?r esto hasta el conf?n de la tierra: Decid a la hija de Si?n: Mira a tu salvador que llega, el premio de su victoria lo acompa?a, la recompensa lo precede?.

El profeta hace su anuncio, para levantar la esperanza del pueblo; est? convencido de que Yahv? quiere y puede salvar a su gente. De ah? que, no ceje de gritar hasta que amanezca la salvaci?n precedida por la aurora de la justicia.
Este cap?tulo del tercer Isa?as vuelve al tema de las relaciones de esposo y esposa, entre Dios y Jerusal?n. Yahv? dar? a Jerusal?n su brillo universal. El Se?or mismo es el que pronuncia el nombre, el que da un nuevo impulso a Israel, decir el nombre es llegar a la esencia de la persona (Ex 3,13). Por eso mismo, por la obra del Se?or, los pueblos vendr?n a Israel. Es el milagro del Se?or.
Las relaciones que se instauran entre Dios e Israel adquieren los tonos m?s fuertes del coraz?n humano, lo m?s profundo de la persona: el amor. Muchas veces en la Escritura se oyen estos acentos (cf. Ez 16). La amargura de la viudez desaparecer? y la irrisi?n del abandono ya no tendr? lugar, porque el se?or toma a su cargo a la esposa infiel y abandonada. Son palabras de honda consolaci?n, dichas al coraz?n del creyente. El hombre es incluido en el plan de Dios, brilla la luz y la esperanza, porque el amor es intenso y da la vida.
?Qu? maravilla! Dios nos ama y se ha unido ?ntimamente en desposorio, con nosotros. El creyente nunca est? solo y abandonado: va siempre acompa?ado y amado.


El Salmo responsorial canta: ?Hoy brillar? una luz sobre nosotros, porque nos ha nacido el Se?or. El Se?or reina, la tierra goza, se alegran las islas innumerables. Los cielos pregonan su justicia y todos los pueblos contemplan su gloria?.

San Pablo a Tito le escribe: ?Ha aparecido la Bondad de Dios y su Amor al hombre. No por las obras de justicia que hayamos hecho nosotros, sino que, por su propia misericordia, nos ha salvado con el ba?o del segundo nacimiento y con la renovaci?n por el Esp?ritu Santo; Dios lo derram? copiosamente sobre nosotros por medio de Jesucristo nuestro Salvador.
As?, justificados por su gracia, somos, en esperanza, herederos de la vida eterna?.


Hace hincapi? el Ap?stol en la bondad de Dios y su amor por todos nosotros. No han de olvidar que, apenas hace nada, ellos y los otros eran paganos. La diferencia del cristiano con un pagano es que la bondad de Dios se ha manifestado al primero y sigue todav?a velada para el segundo. Pero el cristiano, siendo sensible al amor de Dios para con los hombres, no puede despreciar a aquellos ni a nadie. La manifestaci?n de la bondad de Dios ha sido absolutamente gratuita: no son las obras de justicia, sino la gracia de Dios la que hace que hayamos llegado a ser cristianos (Tt 3,5).
Magn?fica y hermosa tesis de universalismo, consecuencia l?gica de la condici?n humana del Hijo de Dios. Cristo revela la humanidad de Dios y la divinidad del Hombre: ?Apareci? la benignidad y la humanidad de Nuestro Salvador" (Tt 3,4). Es el primer misterio que nos trae la Navidad. La divinidad de Dios es, pues, su libertad de ser en s? y para s? mismo, y, al mismo tiempo, con nosotros y para nosotros. La libertad de afirmarse y de darse; de poseerse plenamente, y de hacerse Ni?o.


El evangelio de San Lucas nos propone la revelaci?n de un mensaje especial?simo del ?ngel del Se?or a los pastores. Una antigua tradici?n los identifica con los pobres de la tierra, los que viven alejados de los pueblos y no pueden cumplir reglamentos de la ley ceremonial de los jud?os.
La escena tiene lugar en Bel?n, ciudad del rey David, que fue pastor, llamado por Dios de entre el reba?o; as? como Abraham y los patriarcas, que tambi?n eran pastores, oyeron la llamada de Dios y recibieron su visita. Relatos m?s o menos parecidos se han contado en otros pueblos del Oriente Antiguo. Estos pastores, pues, no son simplemente los pobres y alejados, sino m?s bien aqu?llos que est?n prontos a o?r la voz de Dios y a constituir su nuevo pueblo en este mundo.
Ciertamente, los pastores atentos escuchan la palabra del ?ngel, sin dilaci?n, corren a ver el signo y encuentran al ni?o recostado en el pesebre. Lo aut?nticamente maravilloso reside en que el anuncio les convence, y, aceptando el evangelio, creen que ha nacido el Salvador y alaban a Dios por ello. Nosotros, tambi?n, podemos ver en este misterio, con ojos de cristianos, un ni?o, envuelto en los pa?ales, indefenso, una criaturita, pero en ?l, el Cristo, Mes?as, que se hace hombre, predica el amor y Siervo de Yahv?, muere ajusticiado. Es el doble signo, el de Bel?n y el del Calvario. En ?l, se descorre el velo de la palabra de la epifan?a radical de Dios que anuncia: Os ha nacido el Salvador, id y ved, el Mes?as de la esperanza de Israel, el Se?or de todo el cosmos. La fe lleva a responder con convencimiento y firmeza, como los pastores, que eran quiz? los m?s peque?os de la tierra, y a creer como Abraham, con la luz de la verdad de Dios. Como ellos, el cristiano debe confiar en la palabra del ?ngel, creyendo en el Evangelio; ir y encontrar al ni?o y recibirlo con alborozo, en su nacimiento; y, pues, es el Salvador, alabar y glorificar a Dios. La historia ha comenzado en Dios, que nos ha puesto en camino hacia el ni?o del pesebre; desde el ni?o y su evangelio, todo conduce hacia Dios, en su obra salvadora.
El relato de los pastores, ofrece dos posturas. Una la de los curiosos, que se admiran por lo extra?o del suceso. Otra la de Mar?a, que conserva todas estas cosas, las medita en su interior y reconoce la presencia de Dios en el enigma de su hijo envuelto entre pa?ales, reclinado en un pesebre; las guardaba y conservaba en su coraz?n (cf. v.51; Gn 37,11; Dn 7,28). El coraz?n, como un tesoro, se manifiesta en el caso de los pastores en que no cesan de alabar a Dios y proclamar su gloria. Tambi?n nosotros como los pastores y Mar?a, corremos a ver, lo adoramos y manifestamos su llegada y su palabra evang?lica. Tras la celestial revelaci?n, los pastores salen hacia Bel?n, all?, se les confirma el mensaje anunciado y cuentan lo sucedido y c?mo han sido conducidos hasta el reci?n nacido, el Mes?as-Ni?o. La indicaci?n de que encontraron a Jes?s en el portal los convierte en mensajeros de alegr?a.
Resalta, en ello, el impulso evangelizador que proviene de la contemplaci?n de las maravillas de Dios: los pastores cuentan a todos, lo que han visto y o?do, y hacen que la gente se admire tambi?n de la obra de Dios. Esta expansi?n del anuncio gozoso es, al mismo tiempo, alabanza de Dios por la obra que ha realizado. La Iglesia, del mismo modo, que Mar?a, "conservando todas estas cosas", por su car?cter prof?tico y revelador, las cuenta y manifiesta, para que sean permanentemente meditadas, hechas presentes y llevadas en el coraz?n.
San Lucas presenta la figura de Mar?a, la madre, en actitud contemplativa, frente a la exultaci?n gozosa de los pastores. Por Mar?a, comprendemos que, a pesar de la gran manifestaci?n de Dios, el hombre est? siempre delante del misterio, realidad que debe acoger con el respetuoso silencio de la fe. La acci?n de Dios, la Palabra de Dios, obliga a meditar para disponerse a lo que Dios quiere y espera. Nuestra realidad humana no puede intuir todo en un momento, por esto, necesitamos reflexi?n, oraci?n.
Mar?a, en su intimidad con Dios, se sent?a inclinada a la meditaci?n de la Palabra de Divina, a?n siendo la Madre de Dios, la llena de gracia. Mar?a iba avanzando en la fe, una fe, prototipo de la fe de la Iglesia, en medio de las actitudes humanas aut?nticas, como es la meditaci?n de la Palabra del Evangelio.
Y la Virgen Mar?a, curiosamente, aprende de los pastores, de Nicodemo, de los sucesos. Y es que as? es la Palabra y el misterio de Dios; todo y todos, cualquier hecho y criatura son trasmisores de un anuncio, de un mensaje de Dios y son instrumento imprescindible para la historia humana.
El amor al pr?jimo no significa s?lo ni principalmente salir en su ayuda cuando necesita de nosotros, ca?do, pobre u oprimido. El Mandamiento del amor implica propiamente reconocer al pr?jimo en s? mismo, en lo que es: necesario para nosotros. Entonces, cuando se encuentre necesitado, no le daremos solamente una "muestra" de generosidad, sino, nuestra persona, en el ahora y en toda ocasi?n.
Mar?a am? as?, con ese amor total, integro; por esto los pastores y los que la aman, sus hijos devotos, encuentran en su amor el mejor acicate, para amar a Dios y al pr?jimo; para seguir los pasos de Jes?s, para ir llenos de amor: ?En esto reconocer?n que sois disc?pulos m?os?. Ese es el distintivo que identifica el ser cristianos.

Camilo Valverde Mudarra
Publicado por CamiloVMUDARRA @ 19:23
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