S?bado, 18 de febrero de 2006
SED PERFECTOS
Camilo Valverde Mudarra


El amor a Dios y a Jesucristo

El objeto primero del amor es Dios, de quien procede todo bien. Este es el mandamiento principal: "Armar?s al Se?or, tu Dios, con todo tu coraz?n, con toda tu alma y con todas tus fuerzas" (Dt 6,5; Mt 12,28-30.33). Hay que amarlo con el coraz?n, no s?lo con los labios, como hac?an los fariseos: "Muy bien profetiz? Isa?as de vosotros, hip?critas, seg?n est? escrito: `Este pueblo me honra con los labios, pero su coraz?n esta lejos de m?" (Mc 7,6), "Ya s? bien que no am?is a Dios" (Jn 5,42). "Pag?is el diezmo... y olvid?is el amor" (Lc 11,42). No tienen a Dios por Padre, por eso no lo aman (Jn 8,42).
El amor a Dios es una consecuencia del amor que ?l nos tiene. "Lo amamos, porque ?l nos am? primero" (1 Jn 4,19). San Juan de la Cruz dice: "Dios nos arna para que lo amemos mediante el amor que nos tiene" (Cta.32). "Amar Dios al alma es meterla en cierta manera en s? mismo igual?ndola consigo y as? ama el alma en s? consigo, con el mismo amor con que ?l se ama (CB 32,6). El amor a Dios es, por tanto, un don que ?l nos regala y que Jesucristo le pide para sus disc?pulos: "Les he manifestado tu nombre para que el amor que t? me tienes est? en ellos y yo en ellos" (In 17,26). Mediante el amor el hombre entra en comuni?n con Dios y se hace uno con ?l, como a?ade San Juan de la Cruz: "La cosa amada se hace una cosa con el amante y as? hace Dios con quien lo ama" (Cta. l l).
El amor que exige Jesucristo est? por encima de la propia familia: "El que ama a su padre, o a su madre, a sus hijos o a sus hijas, m?s que a m?, no es digno de m?" (Mt 10,37; Lc 14,26). Quiere que lo amemos incluso por encima de nuestra propia vida: "El que ama su vida, la perder? y el que desprecia su vida en este mundo, la guardar? para la vida eterna" (Jn 2,25). El se nos da por entero, pero exige, en reciprocidad, la misma radical entrega. Hay que dejarlo todo por ?l, no s?lo los bienes de este mundo, el dinero, el Dios Mamm?n, incompatible con el Dios de la Biblia, sino la misma familia (Mc 10,7), hay que negarse a si mismo y cargar con la cruz por amor a ?l, que carg? con todas las cruces del mundo (Lc 9, 23).
La Magdalena, la disc?pula amada, es modelo de amor a Jesucristo: lo sigui? en entrega absoluta durante su vida p?blica (Lc 8,2), que lo llor? en la cruz (Jn 19,25), que fue la m?s madrugadora para ir al sepulcro (Jn 20,1) y la primera a la que Cristo se aparece y constituye en el primer testigo de la resurrecci?n y en ap?stol de los mismos ap?stoles (Jn 20,11-18). Modelo de amor es el disc?pulo amado (In 13,23) que lo sigui? hasta el calvario (Jn 18,15) y fue el primero, antes que Pedro, en llegar al sepulcro tras el anuncio de la Magdalena (Jn 20,4). Es tambi?n un ejemplo de amor la pecadora arrepentida (Lc 7,36-50) que lo am? mucho m?s, m?s que nadie, porque le hab?a perdonado mucho, pues a m?s pecado, m?s perd?n y a m?s perd?n, m?s amor: "A quien se le perdona mucho, ama mucho y al que se le perdona poco, ama poco" (Lc 7,47). Seguramente, el modelo m?s grande es Pedro que ama a Jes?s m?s que los dem?s disc?pulos y as? lo profesa por tres veces (Jn 21,15-17). El sobrenombre de "roca" que te impone Jesucristo (Mt 16,18), es el s?mbolo de su amor firme, total e inconmovible hac?a ?l.
El amor a Jesucristo se demuestra cumpliendo sus mandamientos: "Si me am?is, guardar?is mis mandamientos" (Jn 14,15.21), haciendo de sus ense?anzas norma de vida (Jn 14,23), para permanecer en su amor, igual que ?l cumple los mandatos de su Padre y permanece en su amor (Jn 15,9-10). El que ama a Jesucristo es amado por Dios y se convierte en santuario de la Trinidad Augusta (Jn 14,23).

El amor fraterno

El amor fraterno ha de ser practicado por el hombre, como una obligaci?n impuesta por la misma naturaleza del amor participativo de Dios; el amarse es una consecuencia de su origen y del conocimiento de Dios: "El que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios; el que no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor" (1 Jn 4,7-8).
Sin amor a los hombres, no hay amor a Dios; y ese amor fraterno, se realiza desde el amor a Dios; as?, dice San Juan de la Cruz: "quien a su pr?jimo no ama, a Dios aborrece" (A 176). El fundamento de nuestro amor es, al mismo tiempo, el amor que Dios nos tiene: "Si Dios nos ha amado tambi?n nosotros debemos amarnos unos a otros" (1 Jn 4,11), y el amor que nosotros debemos tenerle:- "Hemos recibido de este mandato: el que ama a Dios, ame tambi?n a su hermano" (1 Jn 4,2 l).

El amor-comuni?n

Este es el mandamiento de Jes?s: "Amaos los unos a los otros como yo os he amado" (Jn 15,12-17). Es su mandamiento nuevo. Y es nuevo, porque nadie, hasta Jes?s, hab?a llegado tan lejos en la formulaci6n del amor, por su motivaci?n y por sus exigencias. Nos amamos porque ?l nos ha amado y debernos amarnos como ?l nos ha amado. El mandamiento nuevo es la s?ntesis de todo el evangelio. El amor es un don del Padre que nos trae el Hijo para que se lo devolvamos al Padre a trav?s de sus hijos, nuestros hermanos. La vida cristiana exige pensar en los dem?s y en Dios hasta olvidarse de uno mismo.
San Juan nos da una metaf?sica del amor que avanza de la siguiente manera: Dios es amor. Por tanto, todo lo que lleva el sello del amor presencializa al mismo Dios (1 Jn 4,8). Dios ama al Hijo (In 335; 10,17). El Hijo nos ama a nosotros con ese mismo amor (Jn 13,1; 15,9). El Padre nos ama tambi?n porque nosotros amamos al Hijo (Jn 16,27). Y como una consecuencia de estos amores, surge el amor fraterno (Jn 15,12). La comuni?n con Cristo, mediante el amor, es el fundamento de la comuni?n con los hermanos, tambi?n en el amor. El que ama a Dios tiene que amar a los hijos de Dios (1 Jn 5,1).
Seg?n esto, la novedad del mandamiento nuevo radica en la nueva vida conseguida por el amor. Por eso, San Juan insiste en el amor-comuni?n. El amar nos unifica a unos y a otros, como unifica al Padre y al Hijo (Jn 17,23-26). El amor cristiano se presenta como una derivaci?n de la fe. Vivir seg?n la fe (caminar en la verdad) es vivir en el amor fraterno (caminar en el amor).
San Juan lo ve todo en el plano de la uni?n con Cristo, en el ?mbito de la vida nueva. Para entender el mandamiento nuevo, hay, que tener en cuenta la dicotom?a de los dos mundos que ?l distingue: el inundo de arriba y el mundo de abajo. El mandamiento nuevo se centra y tiene sus exigencias en el mundo de arriba, en el nacimiento nuevo. Este amor-comuni?n no se extiende al mundo de abajo, no es un amor universal, sino un amor puramente cristiano referido a los hermanos en la fe, a los que tienen tambi?n el nacimiento nuevo mediante su uni?n con Cristo.
Pero, en este mundo de arriba, el amor tiene unos postulados absolutos y las mismas dimensiones que tiene el amor de Cristo. Tenemos que amarnos como ?l nos am?, hasta morir unos por otros. Esa es la situaci?n l?mite del cristiano con referencia a los dem?s cristianos. "Hemos conocido el amor por el ha dado su vida por nosotros y nosotros debemos dar tambi?n la vida por nuestros hermanos" (1 Jn 3,16).
Esta disponibilidad a dar la vida por los hermanos es una fuerza que el cristiano posee por estar unido a Jesucristo y vivir en su amor. La apertura del amor queda as? limitada al mundo de arriba. De una manera negativa, San Juan advierte a los cristianos que no amen al mundo de abajo, ni las cosas que hay en ?l. Porque "si alguno ama el mundo, el amor del Padre no est? en ?l" (1 Jn 2, 15).
De todo ello se deduce que el amor fraterno cristiano difiere esencialmente del amor fraterno mundano, porque el cristiano parte de un principio sobrenatural: pertenece a una familia de creyentes, en la que est? integrado en plenitud, hasta dar su vida por los dem?s miembros.
Estas motivaciones del amor conducen al c?rculo de los cristianos, de los que viven en el mundo nuevo y as? podemos hablar del exclusivismo que San Juan pone en el amor. Es verdad que San habla tambi?n del amor universal, pues el "mundo", con su complejidad de significado, al que tambi?n hay que amar, significa, a veces, el campo enemigo. Pero este amor desinteresado, que se impone sin motivaci?n alguna, es tan reducido que pr?cticamente queda eclipsado por el amor-comuni?n.
En todo caso, cuando San Juan habla del amor-comuni?n, est? hablando de la fuerza vital que sostiene e impulsa la marcha religiosa del cristianismo, de la vida interior de la Iglesia. La Iglesia se mantiene viva por el amor y en el amor. Los cristianos han de ser todo amor. El amor a los hermanos es su raz?n de ser, su carn? de identidad: "En esto conocer?n que sois disc?pulos m?os, en que os am?is unos a otros" (Jn l3,35).
San Juan habla de una manera positiva y no restrictiva; no excluye nunca el otro amor, el amor a los que no tienen comuni?n con los cristianos. Por otra parte, este amor, motivado desde la fe, se abre a la universalidad, pues el mandamiento nuevo se promulga en una perspectiva escatol?gica. Jesucristo lo proclama, como su testamento, en un discurso que se refiere ?ntegramente al mundo futuro, en el que hay cabida para todos los hombres, al que todos est?n llamados y en el que todos deben realmente entrar. La universalidad del amor est? impl?cita en que Cristo muri? "por los pecados, del mundo entero" (1 Jn 2,2).
Hay que decir, por fin, que para San Juan la se?al inequ?voca de la posesi?n inmediata de la vida eterna est? en el ejercicio del amor: "Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida en que amamos a los hermanos; el que no ama permanece en la muerte" (l Jn 3,14; Jn 13,35). Esta misma idea la repite bajo el s?mbolo de 1a luz y de las tinieblas. Unas veces en lenguaje positivo: El que ama a sus hermanos permanece en la luz" (1 Jn 2,10) y otras de manera negativa: "El que odia a su hermano est? en las tinieblas" (1 Jn 2,11). El que no ama no es disc?pulo de Cristo, pues un cristiano que no ama es un contrasentido imposible.

La verdad y la mentira

La verdad est? en Dios, es el mismo Dios, es la Palabra de Dios (Jn 17,17), es Jesucristo (Jn 14,6), es un don divino que Dios ha hecho al hombre en Jesucristo (Jn 1,14.17). Para estar en la verdad, hay que vivir- en comuni?n. El testimonio un?nime, en unidad de fe, de los cristianos, es el "testimonio de la verdad". S?lo desde la uni?n fraterna se practica la religiosidad "en esp?ritu y en verdad" (Jn 4,23), es decir, en Jesucristo, templo verdadero de Dios, en el que se celebra el culto cuyo maestro de ceremonias es el Esp?ritu Santo. El culto puramente externo es un acto falso.
La mentira es la negaci?n de esta realidad y comienza por quitar a Dios del medio, pues lo hace mentiroso, al negar el testimonio de Dios que nos manifiesta que Jes?s es su Hijo (1 Jn 5,10) "El mentiroso es el que niega que Jes?s es el Cristo" (1 In 2,2?). La mentira es una vileza, nace del Diablo que es "el padre de la mentira" (Jn 8,44).
Con el dualismo verdad-mentira San Juan expresa las dos posturas espirituales del hombre. Vivir en la verdad es estar en comuni?n con Dios y con los hombres, ser de Dios (Jn 7,17), pertenecer al mundo de arriba (Jn 3,3-7),ser del Esp?ritu Santo (Jn 3,6). Vivir en la mentira es ponerse de espaldas a Dios y a los hombres, poseer una vida terrena (Jn 3,31), vivir en el mundo de abajo (Jn 8,23), ser del Diablo (Jn 8,44).
La verdad genera en el cristiano un esp?ritu no de esclavitud, sino de libertad. Los que siguen a Cristo no son esclavos, sino hijos, y, por tanto, tienen la libertad de los hijos; son amigos de Jesucristo (Jn 15,15) y los amigos se mueven siempre en un clima de absoluta libertad y confianza. "La verdad nos hace libres" (Jn 8,32). El derecho a la libertad es el primer requisito moral del hombre en la sociedad civil y lo es tambi?n en la Iglesia, en la que los cristianos pueden moverse a sus anchas, sin sentirse coartados, como se sienten los hijos en la casa del padre, en el hogar familiar.

La confianza y el juicio

El cristiano vive sin miedo alguno: "No est?is angustiados ni teng?is miedo" (Jn 14,27). Cuando el amor ha llegado a la perfecci?n, se ha eliminado todo temor: "El temor supone castigo y el que teme no es perfecto en el amor" (1 Jn 4,18). La confianza en Dios hay que tenerla hasta el final, hasta el d?a del juicio: "La perfecci?n del amor en nosotros est? en que tengamos confianza en el d?a del juicio" (1 Jn 4,17). A Dios, no hay que temerlo, hay que amarlo.
El juicio es un encuentro con el amor, es un juicio de amor y sobre el amor, el amor misericordioso del Padre.
La vida del cristiano se escribe en un clima de paz, Jesucristo nos dej? la paz (Jn 14,27; 20,19.20.27), el don mesi?nico por excelencia (Is 9,6), el conjunto de todos los bienes deseables. La paz es el mensaje constante de Cristo (Ap 1,4; 2 Jn 3). El cristiano, que ha llegado a la perfecci?n, se siente en posesi?n de la paz en Cristo Jes?s (Jn 16,33). La paz es un don din?mico, en cuyo desarrollo los cristianos est?n comprometidos. Los que poseen la paz son un testimonio de la paz, obradores de paz, llamados eternamente "hijos de Dios" (Mt 5,9).
La pac?fica comuni?n con Cristo engendra en el hombre una alegr?a perenne: "Os he dicho estas cosas para que mi alegr?a est? dentro de vosotros y vuestra alegr?a sea completa" (Jn 15,11). "No est?is tristes" (Jn 16,6). Podr? haber momentos de tristeza (Jn 16,20), pero si esa tristeza se hace habitual se convierte en un pecado contra la fe, excepto si es la consecuencia de una grave y cr?nica enfermedad f?sica y ps?quica. Jesucristo triunfante goza ya de la plenitud de la alegr?a (Jn 17,13). Nuestra alegr?a es una posesi?n anticipada de esa misma felicidad de Cristo (Jn 15,11). Una alegr?a que nada ni nadie nos podr? arrebatar (Jn 16, 22).
Publicado por CamiloVMUDARRA @ 19:27
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